Debajo del puente está oscuro, del río asciende una niebla espesa. Lo veo acercarse confiado. No es la primera vez que nos encontramos.
––Llegas puntual.
Me mira y asiente.
––Supongo que has
conseguido más datos.
––Supones bien. Los he conseguido.
Está más serio que de
costumbre. Sin darle tiempo para pensar paso al ataque.
––¿Recuerdas lo que
hablamos? Lo he confirmado. Ella atraviesa todas las tardes este puente. Sola,
cuando no pasa nadie.
Veo cierta reticencia en
el gesto.
––Tranquilo. Sabes que es
lo mejor. Tú ya no la quieres. ¿Qué otra cosa puedes hacer?
Me vuelvo y le enseño el
camino de ascenso. Unos escalones hechos en la tierra ocultos tras los matojos.
––Ese es un buen
escondrijo. Desde allí te será muy fácil. ¿Cómo has pensado hacerlo?
De nuevo le veo vacilar. Busca
mi apoyo para seguir con su plan. Un plan que no es suyo. Un plan que no ha
nacido de él. Un plan que no se le habría ocurrido a su cerebro de mosquito.
––No sé. Hay tantas
maneras de quitar la vida…
––Recuerda. Fue ella la
que te dejó. La que traicionó tu confianza. La que se burló en tu cara cuando
trataste de contarle tus miedos. La que te arrojó de vuestra casa para abrirle
la puerta a un extraño.
Veo como le cambia el
gesto. Aprieta los labios, contrae el ceño y se pasa la mano por la frente. Los
ojos, apenas una raya, miran con determinación hacia el camino.
––Escucha. Alguien viene. No pierdas más tiempo.
Sin dudarlo comienza a
subir los escalones fangosos, después de un par de resbalones consigue llegar a
los matorrales. Desde allí, acecha como un animal a su presa.
Ella se acerca confiada.
Al otro lado está su nuevo amor. Ya era hora de que tuviera algo de suerte en
la vida. Años de sacrificios, de apoyar a ese memo que no sabía hacer nada sin
ella. Maldito idiota. Un inútil. Cuando le dijo que se fuera se quedó embobado
lagrimeando y pidiendo por favor que no lo echara. ¡Que espectáculo tan
patético! Incluso cree que mojó los pantalones cuando le abofeteó. Con qué
ganas le habría tirado escaleras abajo.
En ese momento siente el
tirón de pelo y unos dedos aferrándose a su garganta. Sin poder oponer
resistencia cae hacia atrás. Situación que él aprovecha para descargar un golpe
con todas sus fuerzas. Al primero le siguen una sucesión de puñetazos. La
golpea en la cabeza, en la frente, en la cara.
––Ya te tengo donde yo
quería, zorra. Dime ahora que no me quieres. Vuelve a decirme que no te importo
lo más mínimo.
Sin dejar de increparla comienza a patearle con furia la cabeza. Descarga en ella su rabia, sus años de
frustración, de sometimiento.
Con
cada patada se va sintiendo mejor. Es un gozo escuchar sus gritos, los gemidos
de dolor. El crujir de los huesos. Verla encogida, hecha un amasijo
sanguinolento, los brazos alzados en un gesto inútil para protegerse.
En
su danza macabra tropieza con una roca que levanta con ambas manos.
––¡Mírame, quiero verte la cara! Quiero que me mires antes de aplastarte el cráneo. No puedes detenerme. Recuerdas que de pequeño no me dejabas jugar con piedras, mamá.


















