Lo más doloroso no es la ausencia, ni la búsqueda a trompicones de la presencia perdida, ni el golpe en el estómago cuando le asalta el recuerdo, ni el estupor que produce saber que no volverá a oír su voz, ni a ver su sonrisa, que no volverá a sentir sus caricias bruscas y cálidas.
Qué curioso que las manos diestras para
cualquier oficio, espléndidas para cualquier trabajo por fino que fuera, se
tornaran torpes a la hora de acariciar, de intentar transmitir afecto, ternura.
Incluso cuando palpaba a su perro era con palmadas secas, ásperas. El animal
aguantaba con resignación pestañeando al ritmo de los golpes. Le miraba como
diciendo, te comprendo, sé lo que sientes, mientras restregaba la cabeza contra
sus piernas con un cuidado infinito, como queriendo enseñarle la forma de hacerlo.
Nunca se apartaba de su lado desde el
día en que siendo un cachorro, travieso como el que más, se comió una
bombilla. Con el espanto en los ojos, sin poder emitir ningún sonido y los
cristales atascados en la garganta buscó ayuda desesperadamente, y esa vez sí,
las manos que palpaban con rudeza su lomo en expresión de afecto fueron diestro
artífice para, tras percatarse de la situación, abrir el hocico del perrillo
asustado y extraer un cristal grande que tenía atravesado en la garganta, con
una limpieza absoluta, sin hacerle ni un rasguño.
Qué alivio, cómo saltaba el cachorro a
su alrededor haciendo mil fiestas, lamiéndole loco, expresando con ladridos
cortos y alegres su gratitud.
Desde entonces fueron inseparables, allí
dónde estuviera el uno estaba el otro. Cuando le sentía fatigado o triste, se
pegaba a sus piernas como una sombra, él de vez en cuando lo acariciaba
distraído, casi, casi, con suavidad, en cambio revoloteaba a su alrededor como
las aspas de un molino cuando le sabía alegre, comunicador.
Al despuntar el alba Antonio salía a
recoger la fruta tentadora que colgaba de los árboles. Dependiendo de la época
del año volvía con un gran cesto de mimbre lleno de higos jugosos y dulces que
todavía destilaban una gotita de miel, manzanas doradas, rojas cerezas,
melocotones suaves como el terciopelo, o moras, bolsas llenas de moras
arrancadas en los zarzales del camino, que comía con deleite sin importarle la
huella morada que le dejaban en la boca y en las manos, y que volcaba al
llegar a casa en la encimera de la cocina mirando a Julia con una sonrisa de
chaval travieso.
––¿Me harás una mermelada de esas que tú
haces tan ricas?
¿Cómo
negarse ante tan encantadora petición? Él bien sabía que era un engorro
preparar el dulce. Sobre todo, colar la mermelada para que no quedara ni una
sola de las duras semillas en la pasta espesa que resultaba de hervir las moras
con el azúcar. También sabía que ver el gusto con que se comía el dulce era
para Julia la mejor recompensa.
A menudo se perdía durante horas
atareado con mil trabajos diferentes, rastrillando el camino para que fuera más
accesible la entrada, cavando alcorques que retuvieran el agua o arrancando las
malas hierbas que crecían avariciosas en la pequeña huerta. De improviso lo
llamaba por su nombre golpeándose las piernas como reclamo y el perro acudía
como una bala a empotrarse contra su pecho, rodando a veces los dos por el
suelo hechos un torbellino.
A pesar de no saberlo expresar, Antonio
era un hombre tierno, sensible, cariñoso. Quizás esa faceta se la cercenaron en
su infancia, una infancia con regusto amargo, falta de expresiones físicas del
amor, que, sin embargo, le transmitieron de otras muchas maneras. Él lo
percibió, lo disfrutó, lo cultivó dentro de sí y lo transmitió a su vez,
también a su manera, con una intensidad tal que les impregnó para siempre con
su sello indeleble.
De ahí la incredulidad, la
incertidumbre. La duda, el asombro y la angustia fueron compañeros inseparables
de Julia durante los días amargos que siguieron a su partida, a su ausencia
definitiva. El olor inconfundible que percibía penetrante en los momentos más
insospechados, le hacía volver la cabeza en su busca para encontrar el vacío
una vez más. La cara risueña, que veía con toda claridad en su imaginación
transmitiéndole seguridad. Su voz serena que tantas veces le infundió ánimo o
compartió confidencias no expresadas a nadie, quizás ni a sí mismo, resonaba en
sus oídos. Sus manos tan parecidas a las suyas y que aun aprieta en su
imaginación cuando como hoy, busca un punto de apoyo para encajar con una
sonrisa el avance imparable de los hechos y sucesos de la vida.




















