martes, 5 de mayo de 2026

La Prohibición

 


––Hoy no puedo jugar contigo.

––¿Por qué?

––Porque no me dejan.

La carita redonda, el cuerpo tirando a rechoncho corpulento para sus escasos nueve años. Las piernas abiertas, los brazos cruzados y el torso hacia delante en la misma postura que adopta su padre y una expresión bovina en la boca de comisuras descolgadas. El pelo negro y rizado enmarca el rostro dándole un aspecto de muñeca antigua. A los ojos redondos y muy abiertos asoma una lágrima incipiente.

––No te dejan ¿por qué?

La expresión incrédula y desafiante en la cara angulosa. El cuerpo delgado y ágil de largos brazos y estatura superior a sus recién estrenados diez años. La piel blanca y luminosa, el pelo negro cortado a lo garçón le da un aire pícaro de chicuelo travieso. La mirada directa penetra taladrando los ojos marrones de su amiga abiertos de par en par.

Marta desvía la mirada lentamente, mueve la boca que apenas si se abre para decir lo que no quiere.

––Porque eres la hija del portero ––la voz apenas se escucha.

––¿Qué? No te he oído bien.

Enmarcada por la puerta la figura de Marta se empequeñece por la contracción involuntaria del cuerpo regordete.

––Mi abuela me ha dicho –comienza a articular ––que no puedo jugar ni en la calle, ni contigo.

––¡Pues vaya! La expresión es de incredulidad absoluta. Los ojos verdes centellean y observan de hito en hito a la que ella considera su mejor amiga. Desde que llegó al barrio hace tres meses han sido inseparables.

––Y tú ¿Qué le has dicho? ––pregunta retadora.

––Yo.... nada ––traga saliva–– he venido a decírtelo para que lo sepas.

––Muy bien, entonces ya no somos amigas.

––Pero... pero nosotras podemos seguir siendo amigas. Yo quiero ser tu amiga.

––Eso se lo tendrás que decir a tu abuela. Ella es la que no te deja.

Marta la miró con dos lagrimones corriendo por la cara, se dio la media vuelta y salió corriendo perseguida por sus dos largas trenzas.

Carla, el pecho erguido y la frente alta, cierra la puerta parsimoniosamente mirando alejarse a la que había sido su compañera de juegos.

––Qué extraño –se dice ––¿Por qué le dirán que no puede jugar conmigo? Ni que yo fuera una apestada que le puede contagiar alguna enfermedad.

En ese momento aparece su madre.

––¿Quién era hija? Me ha parecido escuchar a Marta.

––Sí era ella. Ha venido a decirme que no la dejan jugar conmigo porque soy la hija de un portero.

El asombro, la tristeza y la preocupación se reflejan en el rostro de Dolores mientras observa atentamente a su hija.

––Y tú ¿Qué le has dicho?

––Pues le he dicho que adiós. Si no la dejan jugar conmigo y ella no protesta, no puedo hacer otra cosa. Aunque me ha dado mucha pena le he dicho que ya no somos amigas.

––Es natural ––trata de suavizar Dolores ––Marta es hija única y siempre está con sus abuelos entre mayores o sola, sus padres aparecen de tarde en tarde y su abuela quiere mantenerla entre algodones por miedo a que le pase algo. A partir de ahora volverá a su prisión confortable y segura. Y ¿a ti no te ha sentado mal que la prohíban jugar contigo?

––¿Sentarme mal? No. ¿Por qué me iba a sentar mal? En todo caso me ha dado pena. Ella se lo pierde. Si vieras cómo se reía cuando corríamos por la calle, saltando a la comba, jugando a la rayuela, bailando el aro. Incluso estaba adelgazando. Yo voy a seguir haciendo lo mismo y estoy muy orgullosa de vosotros. Tengo la suerte de teneros todos los días conmigo, vosotros no me prohibís cosas absurdas. La puerta siempre está abierta y puedo jugar con quien quiera. Ni papá ni mis hermanos ni tú me decís con quién tengo o no tengo que estar.

––Tú sabes mamá lo bien que me lo paso cuando me pierdo con mi pandilla por los cerros, o jugando a policías y ladrones. Me encanta saltar las acequias, subirme a los árboles y comer la fruta verde. Cojo flores camino del colegio en el mes de mayo de las huertas que encuentro a mi paso y las llevo a la maestra para que se las ponga a la Virgen. Y saco buenas notas porque me gusta estudiar y leer historias. Los niños mayores me enseñan a patinar y montar en bici, y los días son tan largos que además tengo tiempo de darle un abrazo a papá de vez en cuando, el pobre no sale casi de su chiscón en todo el día, con lo poco que le gusta estar encerrado. Siempre tiene una sonrisa en la cara y nos anima a todos y busca más trabajos, como rellenar recibos con esa letra tan bonita que tiene, o vender huevos y aceite. Todo eso para que nosotros podamos vivir mejor, con la esperanza de dejar pronto este empleo y marcharnos a otro sitio. Hasta le oí el otro día hablando de irnos a Australia. Allí hay canguros ¿verdad mamá?

Dolores la mira sonriente ya más tranquila. –– Esta hija mía ––piensa–– sabrá afrontar las dificultades de la vida y darle importancia a lo que es importante sin afectarle las opiniones de los demás.

Carla sigue contándole a su madre lo que opina de lo que le ha pasado ––Y también tengo tiempo para estar contigo y ayudarte en las tareas de casa y de escuchar las historias que me cuenta la abuela y traer a mis amigas para oírte cantar. Todas quieren venir a casa para escucharte. Y también me gusta ayudarte a hacer la comida y aprender a cocinar, hacer mis deberes a la hora de la siesta y luego irme a jugar con mis amigos hasta que se hace de noche. Nos lo pasamos tan bien. Yo tengo muchos amigos y ella solo me tenía a mí. ¿Cómo me va a sentar mal? Me da mucha pena de ella por lo que se ha perdido.

Los días y las semanas siguientes Carla veía a Marta escudriñando desde su ventana como jugaba con sus amigos, y aunque sentía lástima ese sentimiento se mezclaba con el orgullo.

Carla sabe que es buena, aunque esas personas estiradas adineradas y lejanas, la desprecien y no quieran que su nieta se mezcle con ella para que no coja un mal ejemplo.

¿Mal ejemplo? ––Carla piensa que Marta además de divertirse podría aprender de ella, en contra de lo que opinan sus padres y abuelos, muchas cosas buenas. Porque, aunque es pequeña es responsable en sus estudios, cuida de la casa y hace la comida para su padre y sus hermanos cuando su madre está enferma y el contacto con las calles y la vida le enseña cada día.

 Hoy, muchos años después, por casualidad, Carla ha visto a Marta con su madre saliendo de un Mercedes gris. Ellas no la han visto, Marta iba agarrada a su madre con la mirada huidiza buscando con pasos torpes el refugio del portal de la casa de lujo donde las dos han entrado rápidamente. Al poco la madre ha vuelto a salir y ha dicho adió con la mano a su hija que la miraba desde una ventana del segundo piso.

La pobre Marta, se ha convertido en una mujer dependiente de sus padres que vive prisionera del miedo, huérfana de arrebatos, cercenada la pasión, víctima de la desconfianza. Es una mujer pusilánime, triste, sola, que sigue mirando tras los visillos de la ventana de su piso de Serrano, herencia de su abuela, la vida bullendo en la calle sin atreverse casi a poner un pie en la acera, no vaya a ser que la asalten, la roben, la ultrajen, o lo que es peor, se contagie del virus de la vida y… ya se sabe, las enfermedades infantiles hay que pasarlas a su tiempo, porque después, se agravan con la edad.

 

 

domingo, 5 de abril de 2026

Perder la perspectiva

 

Nada mejor para ser conscientes del paso del tiempo y el poder del instante que observar, compartir el desarrollo de un niño.

Cuando tenemos a un bebé entre los brazos atentos a sus primeros balbuceos, a sus gestos más nimios, nos parece mentira que ese ser frágil que depende en exclusiva de nosotros y nuestros cuidados pueda convertirse en una personita que camine, hable, coma y sepa gestionar sus necesidades. Lo miramos desarrollarse paso a paso en esa época de noches largas y cuidados continuos que, después, en el recuerdo, pasan en un soplo y dan paso a un período de enseñanzas y aprendizajes, de nuevas experiencias.

Los vemos enfrentarse a la entrada al cole por primera vez y aprender a desenvolverse en su pequeño universo fuera del hogar. Los vemos marchar contentos con su mochilita al hombro en el mejor de los casos, o gritando a pleno pulmón porque no quieren ir, mientras su padre o madre le arrastra tirando de él por una acera camino de esa escuela que a él le parece una tortura.

En un abrir y cerrar de ojos el mismo niño se transforma en un jovencito o una jovencita que desafían con paso firme esa misma acera rodeados de sus amigos. El salto a la pre adolescencia es rápido, casi sin darnos cuenta tenemos a nuestro lado a personas desarrolladas y capaces que miran el mundo desde su propia perspectiva, con los cuales descubrimos otras maneras de enfocar la vida, de observar el mundo, de asimilar experiencias.

Y así, en poco más de una década, hemos sido testigos inconscientes del paso del tiempo.

––¡Qué barbaridad! ¡Cómo han crecido estos chiquillos! ¡Si hace nada andaban gateando por la casa y míralos ahora. ¡Parece mentira!

Ellos son la prueba más contundente. Sin darnos cuenta, el futuro se acorta, los planes se limitan junto con las fuerzas y las ganas, que van mermando al hacernos mayores. Hay que tener una gran fuerza de voluntad, un corazón joven latiendo en el pecho y buscar apoyos para poder transitar la última etapa de la vida sin “meterse a viejo”.

Una etapa marcada por la soledad, las pérdidas y los cambios físicos que acometen nuestro cuerpo. Hay que buscar soportes esenciales, bien sean de esas pocas personas que sabemos que todavía podemos contar con ellas, que han formado y siguen formando parte de nuestra vida o compañeros de actividades que levantan el ánimo e incitan a la comunicación (no hay peor enemigo que la incomunicación, el aislamiento, la pereza…).

Debemos buscar y encontrar el modo y manera de caminar hacia delante. Cantar, bailar, reír, salir de excursión, viajar y abrir los ojos cada mañana con un nuevo proyecto en la cabeza. Dormirnos cada noche con un sueño que germine creando ilusión y expectativas, que nos ayude a sembrar en nuestro ánimo esperanza y que pinte en nuestra cara una sonrisa de bienvenida al día que comienza.

No podemos dejarnos abatir por la inercia que conduce a ninguna parte. Tener objetivos, planes y realizarlos con alegría dan un significado a las horas y los días. Ése tiene que ser el propósito: Dar vida a los años y vivirlos a plena potencia. Lo demás es dejarse llevar, dormitar dejándonos deslizar por la pendiente gris de la in-dolencia. La misma palabra lo dice, con esa actitud nos sumergimos en dolencias continuas que merman el cuerpo y el espíritu. Las personas que tienen un objetivo no sólo viven más años, sino que sobre todo, los viven mucho más sanos y felices.

Mi propósito permanente es ser consciente y poner en práctica la reflexión que hoy comparto con todos vosotros.




jueves, 5 de marzo de 2026

La Cita



Debajo del puente está oscuro, del río asciende una niebla espesa. Lo veo acercarse confiado. No es la primera vez que nos encontramos.

––Llegas puntual.

Me mira y asiente.

––Supongo que has conseguido más datos.

––Supones bien.  Los he conseguido.

Está más serio que de costumbre. Sin darle tiempo para pensar paso al ataque.

––¿Recuerdas lo que hablamos? Lo he confirmado. Ella atraviesa todas las tardes este puente. Sola, cuando no pasa nadie.

Veo cierta reticencia en el gesto.

––Tranquilo. Sabes que es lo mejor. Tú ya no la quieres. ¿Qué otra cosa puedes hacer?

Me vuelvo y le enseño el camino de ascenso. Unos escalones hechos en la tierra ocultos tras los matojos.  

––Ese es un buen escondrijo. Desde allí te será muy fácil. ¿Cómo has pensado hacerlo?

De nuevo le veo vacilar. Busca mi apoyo para seguir con su plan. Un plan que no es suyo. Un plan que no ha nacido de él. Un plan que no se le habría ocurrido a su cerebro de mosquito.

––No sé. Hay tantas maneras de quitar la vida…

––Recuerda. Fue ella la que te dejó. La que traicionó tu confianza. La que se burló en tu cara cuando trataste de contarle tus miedos. La que te arrojó de vuestra casa para abrirle la puerta a un extraño.

Veo como le cambia el gesto. Aprieta los labios, contrae el ceño y se pasa la mano por la frente. Los ojos, apenas una raya, miran con determinación hacia el camino.

––Escucha. Alguien viene. No pierdas más tiempo.

Sin dudarlo comienza a subir los escalones fangosos, después de un par de resbalones consigue llegar a los matorrales. Desde allí, acecha como un animal a su presa. 

Ella se acerca confiada. Al otro lado está su nuevo amor. Ya era hora de que tuviera algo de suerte en la vida. Años de sacrificios, de apoyar a ese memo que no sabía hacer nada sin ella. Maldito idiota. Un inútil. Cuando le dijo que se fuera se quedó embobado lagrimeando y pidiendo por favor que no lo echara. ¡Que espectáculo tan patético! Incluso cree que mojó los pantalones cuando le abofeteó. Con qué ganas le habría tirado escaleras abajo.

En ese momento siente el tirón de pelo y unos dedos aferrándose a su garganta. Sin poder oponer resistencia cae hacia atrás. Situación que él aprovecha para descargar un golpe con todas sus fuerzas. Al primero le siguen una sucesión de puñetazos. La golpea en la cabeza, en la frente, en la cara.

––Ya te tengo donde yo quería, zorra. Dime ahora que no me quieres. Vuelve a decirme que no te importo lo más mínimo.

Sin dejar de increparla comienza a patearle con furia la cabeza. Descarga en ella su rabia, sus años de frustración, de sometimiento.

          Con cada patada se va sintiendo mejor. Es un gozo escuchar sus gritos, los gemidos de dolor. El crujir de los huesos. Verla encogida, hecha un amasijo sanguinolento, los brazos alzados en un gesto inútil para protegerse.

          En su danza macabra tropieza con una roca que levanta con ambas manos.

           ––¡Mírame, quiero verte la cara! Quiero que me mires antes de aplastarte el cráneo. No puedes detenerme. Recuerdas que de pequeño no me dejabas jugar con piedras, mamá. 

 


jueves, 5 de febrero de 2026

No es solo la ausencia



Lo más doloroso no es la ausencia, ni la búsqueda a trompicones de la presencia perdida, ni el golpe en el estómago cuando le asalta el recuerdo, ni el estupor que le produce saber que no volverá a oír su voz, ni a ver su sonrisa, que no volverá a sentir sus caricias bruscas y cálidas.

Qué curioso que las manos diestras para cualquier oficio, espléndidas para cualquier trabajo por fino que fuera, se tornaran torpes a la hora de acariciar, de intentar transmitir afecto, ternura. Incluso cuando palpaba a su perro era con palmadas secas, ásperas. El animal aguantaba con resignación pestañeando al ritmo de los golpes. Le miraba como diciendo, te comprendo, sé lo que sientes, mientras restregaba la cabeza contra sus piernas con un cuidado infinito, como queriendo enseñarle la forma de hacerlo.

Nunca se apartaba de su lado desde el día en que siendo un cachorro, travieso como el que más, se comió una bombilla. Con el espanto en los ojos, sin poder emitir ningún sonido y los cristales atascados en la garganta buscó ayuda desesperadamente, y esa vez sí, las manos que palpaban con rudeza su lomo en expresión de afecto fueron diestro artífice para, tras percatarse de la situación, abrir el hocico del perrillo asustado y extraer un cristal grande que tenía atravesado en la garganta, con una limpieza absoluta, sin hacerle ni un rasguño.

Qué alivio, cómo saltaba el cachorro a su alrededor haciendo mil fiestas, lamiéndole loco, expresando con ladridos cortos y alegres su gratitud.

Desde entonces fueron inseparables, allí dónde estuviera el uno estaba el otro. Cuando le sentía fatigado o triste, se pegaba a sus piernas como una sombra, él de vez en cuando lo acariciaba distraído, casi, casi, con suavidad, en cambio revoloteaba a su alrededor como las aspas de un molino cuando le sabía alegre, comunicador.

Al despuntar el alba Antonio salía a recoger la fruta tentadora que colgaba de los árboles. Dependiendo de la época del año volvía con un gran cesto de mimbre lleno de higos jugosos y dulces que todavía destilaban una gotita de miel, manzanas doradas, rojas cerezas, melocotones suaves como el terciopelo, o moras, bolsas llenas de moras arrancadas en los zarzales del camino, que comía con deleite sin importarle la huella morada que le dejaban en la boca y en las manos, y que volcaba al llegar a casa en la encimera de la cocina mirando a Julia con una sonrisa de chaval travieso.

––¿Me harás una mermelada de esas que tú haces tan ricas?

¿Cómo negarse ante tan encantadora petición? Él bien sabía que era un engorro preparar el dulce. Sobre todo, colar la mermelada para que no quedara ni una sola de las duras semillas en la pasta espesa que resultaba de hervir la fruta con el azúcar. También sabía que ver el gusto con que se comía el dulce era para Julia la mejor recompensa.

A menudo se perdía durante horas atareado con mil trabajos diferentes, rastrillando el camino para que fuera más accesible la entrada, cavando alcorques que retuvieran el agua o arrancando las malas hierbas que crecían avariciosas en la pequeña huerta. De improviso lo llamaba por su nombre golpeándose las piernas como reclamo y el perro acudía como una bala a empotrarse contra su pecho, rodando a veces los dos por el suelo hechos un torbellino.

A pesar de no saberlo expresar, Antonio era un hombre tierno, sensible, cariñoso. Quizás esa faceta se la cercenaron en su infancia, una infancia con regusto amargo, falta de expresiones físicas del amor, que, sin embargo, le transmitieron de otras muchas maneras. Él lo percibió, lo disfrutó, lo cultivó dentro de sí y lo transmitió a su vez, también a su manera, con una intensidad tal que les impregnó para siempre con su sello indeleble.

De ahí la incredulidad, la incertidumbre. La duda, el asombro y la angustia fueron compañeros inseparables de Julia durante los días amargos que siguieron a su partida, a su ausencia definitiva. El olor inconfundible que percibía penetrante en los momentos más insospechados, le hacía volver la cabeza en su busca para encontrar el vacío una vez más. La cara risueña, que veía con toda claridad en su imaginación transmitiéndole seguridad. Su voz serena que tantas veces le infundió ánimo o compartió confidencias no expresadas a nadie, quizás ni a sí mismo, resonaba en sus oídos. Sus manos tan parecidas a las suyas y que aun aprieta en su imaginación cuando como hoy, busca un punto de apoyo para encajar con una sonrisa el avance imparable de los hechos y sucesos de la vida.