viernes, 27 de abril de 2018

Resumen del mes de Abril

 Un hombre gris y otros relatos sigue su camino con el apoyo de mis lectores, cosechando muy buenas críticas y regalándome muchas satisfacciones. Para muestra, un botón:

"He terminado de leer el primer libro de Maica Bermejo Miranda y me ha dejado muy buen sabor de boca. Letras bien hilvanadas, francas y espontáneas con una sintaxis donde abundan los deleitosos tropos literarios y símiles—propios de la pasión de la autora por la poesía—conjugados en “Un hombre gris y otros relatos” de Ediciones Irreverentes. Si somos exactos,21 relatos o historias cortas. A modo de microcosmos unipersonal: su autora nos propone un viaje, a través de un fotomatón de historias; reales, imaginarias, divertidas, agrias, tristes, desternillantes y fantásticas. Donde los ecos —por la esencia del relato— nos trasladan al magma inductor de ficciones cercanas a T. Aranguren, R. Carver J.C. Oates, K. Mansfield o F.Trigo. De verdad, no es el caso de poner por los altares a Maica,y su dedicatoria personal, que —además de escribir bien— en este debut constata su honesto amor hacia la literatura. No soy de esos tipos... Lo dicho, un libro que se lee con la satisfacción, de esa grata tarde de invierno, tomando un café caliente, mientras los copos de nieve caen en los tejados, y uno, esboza una sonrisa de oreja a oreja". Jon Alonso.

Algunos puntos de venta:
http://www.edicionesirreverentes.com/novisima.htm
https://www.elcorteingles.es/libros/A24786731-un-hombre-gris-y-otros-relatos-tapa-blanda-9788416107957/

















jueves, 15 de marzo de 2018

De profesión sus labores



Elena se dio cuenta aquella tarde de que pertenecía a la última generación de mujeres que sabían coser. No era una vanagloria, ni un absurdo complejo de superioridad, simplemente constató el hecho. Pocas mujeres de las generaciones actuales o futuras saben coser, amasar, tejer, bordar o cocinar con alegría.

No han tenido la suerte que tuvo ella. Que tuvieron las que saltaron de siglo y de milenio, de moneda y cultura, del yugo de la pertenencia a los otros, a la más absoluta de las libertades, la pertenencia a ellas mismas.

Elena se curtió en el regazo de hembras luchadoras que acometían con bravura y con pocos medios su pelea diaria. Abuelas de pelo blanco entretejido en una larga trenza que enrollaban en un moño que identificaba su perfil seco. Se empapó de historias y cuentos trinados en el arpegio de voces claras que rompían el alba o despedían atardeceres inacabables.

De la mano de su madre aprendió a entrelazar historias con la lana que desovillaba en una cadencia remota de años. A su lado se impregnó de la sabiduría popular que desgranaban sus canciones. Aprendió, de tanto mirarla, a planchar entre nubes de agua pulverizada las blancas sábanas de algodón. Y amasó con ella en las tardes sin colegio del verano madrileño, haciendo volcanes de harina donde la lava era el aceite caliente con cáscara de naranja y vino blanco que había que verter en la boca abierta de la cúspide de la montaña.

En seguida tenían que imprimir toda su fuerza, para con puños y manos, transformarla en una suave masa que extendían con la botella de cristal verde que hacía de rodillo. De ella surgían los finos redondeles que rellenaban con el tomate troceado a mano que previamente había estado a fuego lento, burbujeando en la sartén y que mezclado con el huevo duro y el bonito, extendía su apetitoso olor por la cocina de fogones de carbón e inmaculados azulejos blancos.

Sobre el mármol que bordeaba el hogar iban colocando en dibujos geométricos, por un lado las suculentas empanadas, por otro la masa extendida y enroscada en formas imposibles, que después de fritas y espolvoreadas de azúcar y canela, degustarían todos los habitantes de la casa.

Fuentes de empanadillas y pestiños, olores de su niñez que giran en el olfato y hacen saltar la saliva de sus papilas gustativas junto con la añoranza por las horas compartidas.

Tardes de seriales por entregas encabezados por Guillermo Sautier Casaseca. Mañanas de sábado de limpieza general, fregando con estropajo y jabón las desgastadas baldosas rojas, sacudiendo el polvo de los altillos de los armarios, frotando con papeles de periódico arrugados los cristales hasta dejarlos traslúcidos, sin una sombra que opacara el reflejo.

Y lavadoras. Incontables puestas de lavadoras que había que llenar con una goma desde el grifo, en las diversas cargas de lavado, aclarado, lejía, y azulete. ¡Cuánta meticulosidad! ¡Cuánta organización para desarrollar infinitas tareas con sus manos delicadas, blancas y acariciadoras!

La mujer de la casa, cocinaba, lavaba, planchaba, administraba, educaba, conectaba al padre ausente que vivía su bipolaridad de proveedor de lo necesario en el mundo del pluriempleo devorador de tiempo. La madre, la suya al menos, se multiplicaba en mil tareas sin dejar de escuchar sus voces adolescentes impregnadas de deseos de cambio, atenta siempre a su devenir. Nacida por delante de su generación en su proyección humana, se adelantaba a su época allanándoles el camino y empujándoles para que ellos accedieran al suyo con ventaja.

Fuerte y serena, lúcida y perspicaz les dirigía sin que se dieran cuenta por los derroteros de la existencia, aconsejando sin palabras en la difícil travesía que iniciaban al soltarles de su mano.

Ahora, cuando escucha a su alrededor palabras que atentan contra las madres que no  trabajan, sobre entendiendo que el trabajo sólo es considerado cuando se ejerce fuera del hogar, mira sus manos laboriosas y agradece su suerte. En ellas se reflejan siglos de sabiduría transmitidas con amor y fuerza, con resignación y entrega, con rebeldía y paciencia.

-La fortuna estuvo de mi lado cuando en la lotería de la vida me tocó el premio gordo- Piensa con la mirada perdida en el ayer y sigue con la costura. Cada pespunte un suspiro, una sonrisa, un te admiro, un no te olvido, un te quiero.

Revolotean por su frente las imágenes de los años felices que enriquecieron el contacto con su madre. De profesión, sus labores, ningunean los datos estadísticos, las redes sociales, los que presumen de modernos.

En la sociedad actual, consumista y voraz no hay cabida para esas madre coraje que renuncian a su individualidad, a los logros profesionales, a ingresos propios, a la comunicación externa, a la vanagloria de la realización de trabajos que sí son bien vistas y valorados por la gran mayoría. 

En cambio, tienen que afrontar la lucha contra un sistema que tratan de imponerla, con críticas más o menos veladas, con ataques directos o con el menosprecio de aquellos que no entienden nada que no sean consignas,  estereotipos o materialismo puro y duro.

Anteponen el bienestar de su casa a cualquier otra cuestión. En un mundo profesional donde ser "mileurista" se ha convertido en una gran conquista, el salario con el que retribuyen a las féminas no bastaría para mal pagar a una persona que cubriera sus ausencias.

-¡Qué suerte tienen los hijos de esas escasas madres que pueden ocuparse de ellos! Sin dejarles en manos extrañas, sin robar la tranquilidad de sus últimos años a los abuelos ni explotarles con sus exigencias. Esas madres fuertes, leales, capaces, completas, que escogen anteponer la seguridad de los suyos y el premio impagable de educarles de primera mano, cuidarles y estar siempre cerca.. 

Mujeres hermosas, inteligentes que deciden por voluntad propia ser amas de casa con todo lo que de bueno y malo conlleva.

Elena suspende por un momento su tarea, esboza una sonrisa y piensa:

-Las mismas voces que estallaban en cólera cuando quise emanciparme del hogar y saltar al mundo profesional, son las que ahora gritan indignadas contra las que deciden ejercer de amas de casa. Pura intransigencia que encabezan las de su mismo sexo, siempre dispuestas a criticar la personalidad, la independencia de criterio, la diferencia.

-¡Ama de casa! si es por libre elección ¡no existe una profesión más bella!






domingo, 28 de enero de 2018

La orquestada manipulación


Me ha tocado vivir, como a todo aquel que recorre etapas o extremos de la vida, las críticas estúpidas de la sociedad “pensante” que a través de los medios de comunicación manipulan y contaminan al vulgo y que dirigen contra las partes que consideran “blandas”,  vulnerables, no contributivas. Descubro al escribir estas líneas que hay un desprecio hacia los jóvenes a través de siglos y sociedades que menoscaba sus cualidades, su presente y su futuro.

Ese mismo menosprecio se extiende, en nuestra cultura al menos, hacia los mayores. Críticas, burlas y desdén acompañan a la figura del mayor, incapaz de asumir la velocidad del mundo, cambiante a ojos vista.

En ambos puntos de la vida los seres que los transitan están desvalidos, dependen en una gran medida de los demás, y por encima de todo no cotizan, según quieren hacernos creer, aunque en el caso de los mayores lo hayan hecho durante largos años y aún lo sigan haciendo a través de esas pensiones, que ahora parece que son un regalo llovido del cielo y no el producto de décadas de esfuerzo mantenido en la  mayoría de los casos. No así en el de los políticos que acceden a ella, efectivamente, como un maná regalo de los dioses.

Nada importa que unos sean el futuro, los brazos y  mentes en los que descansa el porvenir. Deben emigrar, como antaño lo hicieron sus abuelos, a otros países que les ofrecen salarios y condiciones de vida más justos, donde pueden desarrollar una vida familiar potenciada por el estado, donde es posible conciliar ambas vidas, renunciando por tanto a vivir entre los suyos. Es triste cuando, como toda decisión no elegida, tienen obligatoriamente que elegir esa opción a pesar de su valía, su preparación, sus estudios, su inteligencia... y sus deseos, porque en su propio país se les cierran todos los caminos.

Tampoco importa nada que los otros hayan aportado durante largos años de contribuciones impuestas al sistema que sustenta el armazón, ni que hayan forjado los ladrillos que conforman el edificio del presente.

Unos y otros, despreciados, unos y otros, ninguneados por aquellos que dicen que velan por el estado del bienestar. ¡Tiene “bemoles” la cosa!



                                            

domingo, 24 de diciembre de 2017

Tradición




Dicen que todo esto que se organiza en torno a la Navidad es un producto puramente comercial. Aseguran, que todo es un artificio creado en torno a no sé qué personajes de ficción. Inventan que estas fiestas son un “invento” organizado por las grandes casas comerciales, que todo es un trasegar de dineros, mercancías, fingidas necesidades, cuentos. Cuentos de aquellos que quieren embaucar a los que no pensamos como ellos.

 Nos  llaman necios porque el alma en estas fechas se alegra y tiembla como un pajarillo en el hueco de la mano protectora. Ahí estás con el corazón en el pecho renacido por el caudal de afectos que acuden en tropel a la memoria. Son tantas las manos, tantas las sonrisas, tantos los abrazos que vienen en una alarde de comunicación  a visitarnos, reviviendo la época en la cual éramos llevados en volandas sobre los pies para ejecutar una danza que habría sido imposible para nuestros aún incipientes pasos. O aquellas otras que subidos en una banqueta para alcanzar  la encimera donde se amasaba, se cortaba en pequeñas porciones, se batían salsas y  se esparcían especias, observábamos con los ojos como ventanas abiertos al mañana. 

El aire se llenaba de cantos navideños, y no era necesario que vinieran de ningún aparato, porque eran los propios habitantes de la casa los que comenzaban ,  recién estrenada  la mañana, a entonar cantos de paz, de alegría, de  ilusión. Todo se sincronizaba en una danza perfecta y no importaba el tipo de alimento, la escasez o la abundancia, lo  lleno o vacío del bolsillo.

Las viandas especiales llenaban esos días las mesas en una alarde de dedicación, trabajo e imaginación. Sonaban  risas que se expandían por todos los rincones. Se tejían jerséys  guantes y bufandas de lanas multicolores. Se fabricaban con madera patines y cunas, pequeñas cunas para meter las muñecas de trapo con  ojos de botones y boca bordada en hilo granate.

La familia se reunía en unas horas especiales y mágicas, desde el más grande al más pequeño, formando un lazo indestructible que perviviría a través de los años y que en un alarde de ternura llega hasta nuestros días.

No son cuentos, no son inventos, no son reclamos publicitarios para embaucar a los necios, son tradiciones. Esta tradición, que nos hace desear felicidad y que pinta la sonrisa que se escabulle durante todo el año en aras de las vivencias que nos han transmitido nuestros mayores y que antes les transmitieron a su vez sus padres y sus abuelos y sus bisabuelos.

De ahí parte toda esta parafernalia, según algunos, y gloriosos días de amor según otros. Está bien que aparquemos durante un corto periodo la vida rauda, inhóspita, fría, lejana, donde el reloj marca la prisa de los minutos que se esconden en las arrugas del tiempo.

Es bueno, aunque sea una vez al año, aunque algunos se aprovechen del tirón para llenar las arcas, aunque otros escojan el anonimato del grupo para descargar el saco de las ofensas y trunquen a veces lo que se supone una divertida cena. Es muy bueno, que nos reconciliamos con nosotros mismos, que brindemos abrazos, que explotemos en calidez cuando a lomos de los recuerdos llegan  hasta nosotros esos  rostros serenos, esas músicas, esos cantos, esos sueños que compartimos con ellos. Que abracemos su espíritu y lo hagamos nuestro, que honremos su memoria, la de los vivos y la de los muertos. Las de todos aquellos que alguna vez han estado a nuestro lado perpetuando este sueño, el sueño de las Navidades Felices y el Próspero Año Nuevo. 



viernes, 24 de noviembre de 2017

Un hombre gris y otros relatos


Ediciones Irreverentes presentó el viernes, 17 de noviembre, en el Café Cósmico, (C.Juan de Austria, 25, Madrid) el libro Un hombre gris y otros relatos, de Maica Bermejo Miranda. Presentado por el escritor Francisco Javier Illán Vivas, quien además es prologuista del libro.
            Un hombre gris y otros relatos es la primera obra en solitario de Maica Bermejo Miranda, quien ha aparecido en diferentes libros colectivos y antologías, tanto de relatos como de poemas. Este es un libro para quien ha tenido alguna vez la necesidad de escapar de algo irremediable; para quien gusta rememorar el roce de una caricia sobre su piel, para quien ha buceado en el silencio de la noche cuando los acontecimientos del día se pasean por nuestra cabeza buscando respuestas.

            
La autora nos plantea dilemas como: ¿Te has preguntado alguna vez qué hay detrás de los seres anónimos que se cruzan en tu camino? ¿Qué consecuencia puede tener cuando las lenguas se confunden y se desconoce el idioma que hablan? ¿Qué peligros nos acechan en el vértice de lo desconocido? ¿Existe algo, más allá de la vida? ¿Qué sucede cuando quedamos prendidos de los recuerdos? Y la historia ¿fue tal como nos la contaron? Las respuestas las pueden dar Pilar, experta en emboscar realidades; Margarita, la tejedora de sueños; Fernando, el viajero hacia ninguna parte; Isabel, la niña adolescente que se jugó el todo por el todo en aras del amor; Ojo de Halcón, el guerrero protector de su tribu; Ted Bundy, encantador de serpientes que encabezó la lista de los asesinos en serie, o Rosa, exiliada en su propia casa.
            Si algo define este libro es la libertad. La autora deambula a través de los sentimientos por mundos y personajes dispares, sin nexo de unión entre sí, excepto, el calado humano de sus protagonistas. Contado en un lenguaje directo y cercano, alterna luces y sombras en veintiún relatos que sorprenden y emocionan al lector. Veintiuna pinceladas que nos acercan a la cálida prosa de la escritora, que como un buen preludio, despierta nuestras expectativas y nos deja con ganas de más.

Más información sobre el libro en la web de Ediciones Irreverentes

http://www.edicionesirreverentes.com/novisima/un_hombre_gris.html


miércoles, 1 de noviembre de 2017

S.O.S.



Cómo definir la inmensa tristeza que me invade cuando veo a un ser desubicado buscando de mil maneras llamar la atención del objeto de sus deseos. Esas patéticas figuras que se retuercen en gestos difíciles de concebir si no fuera por el ardiente anhelo de alcanzar su objetivo a toda costa. Puede ser un pequeño príncipe o princesa destronados por la llegada de un hermano el que haga cabriolas para captar la atención en una imposible búsqueda del retorno al tiempo perdido, o el anciano, que no acepta su condición y busca de mil maneras, con afeites, cirugías o cualquier medio a su alcance retomar la inalcanzable senda de la juventud. El espectro es muy amplio.

La búsqueda de la vitalidad succionada en vena de la fuente inalcanzable de su joven pareja. Las muecas grotescas que esgrimen, payasos del desconsuelo, en una torpe defensa del lugar arrebatado por el más pequeño. El recelo enmascarado en el gesto torvo y el ademán esquivo que emplean los más débiles atrincherados en sus defensas. Enfermos, que en una actitud de desafío chillan buscando pelea para desahogar su rabia en los que tienen más cerca. Camuflados, que ocultan su verdadera entidad tras tachuelas, piercings, tattoos, cortes estrambóticos de pelo y ropas afines, buscando fusionarse en la "no identidad" dentro de una corriente colectiva que les ampare.

El hombre, igual que los animales, cuando se siente inseguro, cuando tiene miedo por causas físicas o anímicas exhibe su lado canalla, el menos atrayente, el que visto desde fuera espanta o repele, el que asusta al potencial enemigo. Desarrolla sus defensas para que nadie perciba su debilidad, su incapacidad, su desasosiego.

De ahí que las personas fuertes, seguras de sí mismas, que no tienen que demostrar nada a nadie, pasean a cara descubierta, sin ningún tipo de camuflaje, abiertos a la vida y a las nuevas experiencias. No se enmascaran en falsas argucias ni desarrollan baterías de triquiñuelas.

Por eso mi tristeza cuando descubro, tras el chillido, el improperio, el disfraz, la payasada, la broma fuera de lugar, el excesivo aderezo en un rostro o el forzado encaje en un grupo, a esos seres tiernos que claman a voces su fragilidad, su temor, lanzando al mundo, que muchas veces no entiende, su petición de socorro en un cifrado S.O.S ¡Grito enmascarado de auxilio!



viernes, 22 de septiembre de 2017

El desgaste de los años




Me sorprende ver el apego-desapego-dependencia de muchas de las parejas de mayores que se cruzan en mi camino diario. Tienen por necesidad que ir juntos y sin embargo se ignoran, con el gesto, la mirada, la palabra... El sentido de posesión que manifiestan el uno con el otro, innegable. La hartura tras años y años de convivencia, también.

Cuesta imaginarse, al varón cansado que con el desánimo pintado en la cara atraviesa desiertos de soledad compartida, cuando era un mozalbete aguerrido, conquistador, pinturero, recurriendo a mil argucias para derribar el castillo de su resistencia y acceder a los placeres sublimes de la carne.

¿Todo se reduce a eso? -Me pregunto. ¿A seguir el impulso irrefrenable de perpetuar la especie sembrando en la hembra la fértil semilla de sus ardores? ¿A continuar el camino que marca inexorable la naturaleza y una vez concluida la tarea entrar en la etapa de la espera? Espera de la caída del imperio de los sentidos que se adormecen en el dulce lecho del estómago satisfecho y el confort adquirido.

Se acompañan, cofrades de la procesión del silencio ungidos los labios por el descontento. Día a día, hora a hora transgreden, mutilan el mito de la esperanza que se desangra en el río del desconsuelo.

A veces toman conciencia de su decadencia en el atisbo lejano de lo que fueron. Un torbellino de fuego devorando las entrañas que apagaba su sed en el tórrido encuentro de sábanas revueltas, en la búsqueda urgente de los labios, en el regusto del sudor resbalando sobre el pecho, en el tacto extendido en busca del sexo, abierto en flor.

Entonces avientan el pensamiento, mutilan los recuerdos y ocultan su verdad mirando de soslayo hacia su compañero. No sea cosa que se dé cuenta y rompa el hechizo del pacto urdido sin papeles, sin palabras, del: "Somos felices" y, el "Cuánto nos queremos”.

Parejas rancias que pasean por la ciudad de cemento su inercia, su descontento, su hartura. Uno en pos del otro. Tan cerca. Tan lejos. Derriban con sus pliegues de amargura, el final feliz, del cuento.

En contraposición están los otros. 

Los que velan el sueño. Los que tienden la mano para bajar el peldañito de la acera. Los que brindan caricias. Los que miran con embeleso el brillo en los ojos sin ver las arrugas que ha dejado el paso del tiempo. Los que se conducen apoyados en el brazo por el río apresurado de la marea humana. Los que sonríen sin esfuerzo el chiste mil veces escuchado. Los que se dan las buenas noches con la seguridad del encuentro. Los que se bambolean en la misma cadencia ajustando sus pasos en un baile asincrónico de caderas yuxtapuestas. Los que se dicen -¿Estás bien?- y esperan, con el alma en vilo, que les llegue una respuesta afirmativa.

Tienen aún tantas cosas por compartir... No quieren que se acabe la aventura. Todavía no.

Compañeros por décadas de sacrificios,  alegrías,  dedicación, amores  y  penas ; de triunfos compartidos, de metas alcanzadas, de sueños y esperanzas, de confianza plena. 

Años de saberse juntos, años de sentirse cerca, con la infinita tranquilidad que da un “Buenos días” al abrir los ojos, y descubrir que la vida sigue latiendo en las venas. 

Salir a la calle y repartirse la acera en las mañanas de plata, cuando pasean el uno al lado del otro, meciéndose al compás de la dicha que corona una vida de pasión, fidelidad, cariño y entrega, que esta vez, sí,  hace realidad, el final feliz, de los cuentos de la abuela.   


lunes, 21 de agosto de 2017

¿Reencarnación?


Ando en estos días leyendo un libro que desarrolla una teoría sobre las diferentes reencarnaciones que vivimos los seres humanos. Mi sensación de disgusto según paso páginas y pienso en la remota posibilidad de incorporarme una y otra vez en vidas sucesivas alternando sexo, estatus social, épocas históricas, circunstancias personales, se hace persistente mí.

Realmente yo no quiero entrar en esa rueda de vidas que nacen, crecen, se desarrollan y mueren en una sucesión de acontecimientos dislocados en los cuales en el balance, si fuéramos objetivos en el resultado de cuentas, veríamos que, el sufrimiento, la incertidumbre, el dolor, la renuncia y el sacrificio es mucho, si no demasiado. No tanto el nuestro propio como el del resto de la humanidad que transita con nosotros por este camino o este valle que tendría que ser, según las Escrituras, de lágrimas, destino tortuoso, cruel e injustificado del cual he renegado desde la más incipiente edad.

Por eso cuando alguien desarrolla una teoría diciendo que podemos reencarnarnos incontables veces, mi respuesta es un rechazo absoluto a esa posibilidad.

Después atempero mi sentimiento, reposo en la quietud de mi cerebro, proceso y entiendo que quizás este viaje sea como otros tantos de los que hacemos en la vida. Cuando estamos en él protestamos por las incomodidades, por la falta de sueño, porque no dormimos en nuestra cama, porque tenemos que despertarnos y hacer muchas horas de carretera, o de aviones, o de aeropuerto. Porque pasamos hambre y echamos de menos nuestra casa. Con el paso del tiempo descubrimos en las fotografías y en los vídeos que hicimos durante el recorrido solo lo bueno.

Queda en nosotros la instantánea que muestra la sonrisa debajo del monumento o dentro del bosque soñado, o el mar que baña nuestros pies.

Ni la fotografía, ni el vídeo, muestran el calor sofocante que achicharraba nuestra sesera, el frío helador que atravesaba nuestros huesos o los mosquitos que asaeteaban nuestra piel en la playa que aparece idílica en el reportaje.

Quizás a semejanza de estos viajes terrenales, sean los otros viajes astrales que nos muestran los visionarios del planeta en libros, teorías y aseveraciones, página tras página, autor tras autor, en esta denominada literatura de la auto ayuda.

Quizás, y digo solo quizás, los diferentes viajes por las diferentes vidas astrales sean parecidos a los de la tierra y en otro plano echemos de menos los buenos ratos que pasamos en este planeta.


domingo, 18 de junio de 2017

El corazón del Coro


Imagen cortesía de la Red

¿Alguno de vosotros ha oído hablar del latido del coro? Yo sí. Y no sólo he oído hablar de él, sino que he percibido su palpitar en directo, apretando la sangre en mis venas, erizando la piel, estremeciendo el pulso en la garganta.

El corazón del coro trepida en cada laringe, se impulsa vibrante en cada voz, resuena multiplicando los ecos y acalla disonancias.

Éste Coro sueña y ama, se entrega y agita, se pierde y se olvida, se encuentra y resucita hecho armonía.

De sus cuerdas arrancan, más que notas, emociones cálidas que impregnan las almas. Hay complicidad, entusiasmo, valor, picardía, juegos, amanecer.

Es un coro con entrañas que invade espacios sonoros de luz y despierta mañanas.

El coro del que yo os hablo, mi coro, tiene un gran corazón que entrega en cada embestida de la voz, extendiendo en ondas sonoras un caudal de amor.

                                                                                                                        Homenaje al Coro Galileo


jueves, 8 de junio de 2017

Funeral por una camisa


Hoy se despide de la camisa, aquella que Claudio no le regaló y que sin embargo ha formado parte de su historia. En ese rincón del subconsciente donde surgen, desde la bruma infantil, los sueños. Para ella era una quimera que él la introdujera en el ranking de los seres queridos, los de siempre, ésos sobre los que no hay duda de permanencia. Nos pertenecen y les pertenecemos más allá del tiempo y la distancia. 

Claudio se lo dejó muy claro con la exclusión. Leonor no formaba parte de ellos. Y mira que lo intentó con todas sus ganas. Puso la voluntad al servicio del cariño y aunó amor con cordura, pasión con templanza, y sobre todas las cosas, puso la fe. Fe en ellos, fe en su resistencia, en su madurez, en su calidez-calidad de alma y espíritu, de visión común.

Quizás como tantas veces sucede en la vida, él solo era el reflejo de lo que ella quería ver. Cuando amamos, proyectamos en el ser querido la complementariedad de nuestro yo. Claudia no sabe si es un ego maldito lo que le hace plasmar en el otro irrealidades suplementarias. No sabe si es la literatura, la era del romanticismo que encumbró sentimientos inusuales hasta entonces. Solo sabe que debido a lo que desconoce, su alma siente tal y como es, romántica, entrañable, pródiga, generosa, entusiasta y pertinaz en la consecución de sus objetivos.

Con Claudio se equivocó de plano. Al cien por cien. Demasiado crédula, demasiado frágil dentro de su fortaleza. Las armas de él eran otras, pulidas en mil batallas. ¿El atractivo de Leonor? la ingenuidad, el desconocimiento, la vulnerabilidad, la entrega, la falta de artificio. Llegó hasta Claudio como una inmensa bandera blanca tendida al sol, él la recibió como una rendición incondicional.

De ahí que no le naciera regalarle la camisa, de poco valor, no vayan a pensar que su compra deterioraba su estrecha economía. Estaba claro que en los saldos del gran almacén donde buscaban el regalo familiar el gasto no habría excedido el presupuesto, daban tres por dos.

Él no lo consideró, le fue indiferente la mirada rebosando ilusión porque le demostrara que ella pertenecía a su élite. Fue la prueba, otra más de las tantas que necesitó antes de apearse de la burra. Ella no entraba en la ecuación de sus afectos esenciales, estaba claro. Volvió sobre sus pasos y compró, sin descuento, la preciada camisa. Esa camisa que ha sido el vivo recuerdo del desamor, el vivo recuerdo de la supervivencia.

Leonor la ha paseado durante años por el mundo entero como una señal de luz, de capacidad, de autosuficiencia, de entereza, de disfrute y de orgullo por no sucumbir ante el cerco de su desidia. Orgullo por sentirse suya. Orgullo por ser capaz de construir su vida lejos de la manipulación, lejos de la soberbia, lejos de la acidez que machacaba los días.

Hoy dice adiós a la camisa que debió ser prueba de amor y se convirtió en adalid de su independencia. Ha compartido con ella sus mejores años, los que Claudio se ha perdido por no tenerla cerca. 

Consciente de que el camino se elige cada amanecer, consciente de que en un segundo puede decidir el derrotero de su existencia, Leonor está contenta  porque supo ver a tiempo y con tino la mejor de las veredas.

La camisa fue  con ella, enseña, blasón y bandera. Hoy, rinde su último homenaje a la blanca camisa blanca, que ha permanecido a su lado hasta el fin. Blasón, enseña y bandera.


lunes, 8 de mayo de 2017

Disfrutar de la vida



Saber disfrutar de la vida. Algo que no va unido al dinero, al poder a las posesiones ni a las actividades que realicemos cada día, quizás sí esté ligado a con quién, y a veces ni siquiera eso.

Es cierto que hay un aporte extraordinario cuando somos cómplices en la realización de las más pequeñas o grandes acciones. Cómplices en la elaboración, cómplices en la consecución, cómplices en los objetivos y en los deseos, cómplices en la picardía, en la chispa.

Algo se quiebra en el momento que los caminos se bifurcan en meandros de querencias. Son los pequeños gestos los que hacen que los aconteceres cotidianos se conviertan en mágicos, que un suceso extraordinario lo sea aún más aderezado con un guiño. Salir de la rutina, adornar el hecho con la puntilla de la ilusión.

Cuando a la diversión de cualquier índole se le aplica la inflexibilidad horaria como si de un mero trabajo se tratara, muere. No hay emoción en la ejecución medida escrupulosamente, en la frialdad de datos que se acumulan con el único propósito de alcanzar el objetivo, desprovisto de exaltación, de quimeras, de alegría.

El desarrollo cuadriculado, un concepto que empapa cada una de nuestras ocupaciones despojándolas de su parte festiva, de los rituales bulliciosos que condimentan la existencia.

Todo se tiñe de un tinte grisáceo en la rutina ejecutada al milímetro que no deja margen a la improvisación, al juego, al regocijo.

Echo de menos la complicidad que nos hacía llevar la misma ropa como una seña de identidad que esbozaba la aventura compartida.

Ahora impera la faceta rígida que impide que nos saltemos las costumbres a la torera para hacer algo diferente, sin margen para la espontaneidad. Se imponen en cambio los menús repetidos, los pasos contados, el camino invariable, la estructurada estructura que frena movimientos. Todo tiene que estar planificado, medido, contado.

Control, ese es el resumen. Controlar el proceso sin margen para el esparcimiento, la naturalidad, la imaginación, el júbilo. Un calculado ejercicio ejecutado dentro del ejército de la mediocridad.

Saber disfrutar, algo que no va unido al dinero, al poder, a las posesiones ni a la actividad que desarrollemos cada día. El disfrute es una semilla que germina en el corazón y florece sin causa definida, salvo, la decisión propia de hacer disfrutable cada momento de la vida.

De ahí mi indestructible determinación. En cualquier circunstancia, en los momentos más difíciles, bajo el fuego de la presión, en las encrucijadas más borrascosas, en los llanos y en las montañas, en los terremotos y en las bonanzas, en las tormentas y en las calmas que pulsen mi existencia. En todas ellas, decido ser feliz.

La búsqueda de la felicidad vocación innegable del ser humano desde la cuna a la tumba. Yo la reivindico a puro grito, la hago mía con machacona insistencia, con decidido propósito.

Porque la felicidad está dentro de cada uno de nosotros, yo, escojo ser feliz.


sábado, 18 de marzo de 2017

Silverio

   
            -Doña Rosa, no se puede usted imaginar lo que me ha contado Don Francisco, el del 4º exterior.

         -Pues no Casilda, si no me da usted una pista, no tengo la más mínima idea de lo que le ha dicho el tal señor que no tengo el gusto de conocer.

        -Pero ¿cómo me dice usted que no le conoce? Es el ingeniero, el que vive solo porque la mujer le abandonó un buen o mal día. Nunca se sabe si esas cosas son buenas o malas. El caso es que ella se fue llevándose al único hijo y no la hemos vuelto a ver más. Él desde entonces vive a su aire, que yo por las noches o de amanecida veo entrar y salir cada pelandusca de su casa… que ya ya. Y es que tan señor que parece, con su buena educación de sombrero todos los días. Quién lo iba a pensar, pero así es, hágame usted caso.

       -Casilda por Dios, quieres usted parar de decirme cosas de Paquito, que ya sé quién es, si le conozco de toda la vida y dígame de una vez qué es lo que le ha contado.

          -Pues ni más ni menos me ha dicho que estando el otro día en el extranjero, si le conoce usted como dice ya sabrá que es un señor muy viajado y leído.

           -Sí, lo sé. Siga usted de una vez, que nos van a dar las uvas y yo tengo que hacer unos recados urgentes.

          - Pues eso, que estando en el extranjero en uno de esos países de Europa, vio que había gente tirada en el suelo y que los demás pasaban a su lado casi sin mirarles, lo justo para evitar tropezar con ellos. Y que nadie hacía nada por auxiliarles.

           -¿Qué me dice usted? Eso es imposible de creer. ¿Cómo va a estar un ser humano tirado en el suelo y nadie le va a ayudar a levantarse si se ha caído, o preguntarle si necesita algo, o llamar a un médico? Eso es una invención, yo no me lo creo.





jueves, 9 de febrero de 2017

Espectadores de vidas



Mira el ring desde fuera del cuadrilátero. Nada puede hacer salvo pedir en sus adentros que los golpes dejen de castigar a los púgiles enfrentados en cruento combate.

Es imposible acceder al cuadrado enmarcado por la luz donde resalta la dureza del ataque, la indefensión del más débil, las escasas armas que posee.

Su mayor valor es el coraje, la voluntad, el esfuerzo diario y mantenido, la seguridad en el triunfo.

Nada se puede hacer para ayudarles salvo permanecer en pie aguantando la sonrisa como bastón de apoyo en su contienda.

Él ya pasó por esa situación y aún conserva el regusto de sangre goteando de la nariz a la boca, el infinito cansancio, el aturdimiento.

Aún hoy y a pesar de sus años tiene que descender al infierno, calzarse los guantes, ajustarse el protector entre los dientes y saltar a la lucha que no da cuartel ni tregua.

La mayor parte del tiempo persiste, espectador lastrado, aguardando que rematen su faena, que puedan con el enemigo feroz que patea su cabeza y salgan incólumes de la lucha.

Aprieta los puños, hinca los talones, y ruega. No le queda otra que mantenerse a la espera.



lunes, 9 de enero de 2017

Graduación



No sabe la respuesta, tiene la certeza de lo aprendido en los años que lleva en el planeta Tierra.

Hay tantas teorías sobre para qué estamos aquí, sobre qué objetivo tiene la vida, acerca del porqué de la existencia...

Muchas religiones aseguran un paraíso después de un comportamiento acorde con sus reglas. Otras una estancia mejor o peor, según nuestras acciones, en el siguiente periplo terrenal. Los más descreídos inciden en que no existe nada, salvo perpetuar la especie, siendo portadores a través de la propia supervivencia del gen que hará posible que pervivan los superiores. En algunas lo abstracto de sus creencias se pierde en vaguedades o teoremas.

Foto del Telescopio Espacial Hubble del cielo ultra profundo (2014)

Lo que Pascual sabe a ciencia cierta, experimentado en su piel, en sus neuronas, en sus vivencias, es que es mucho más sabio que cuando saltó a la vida hecho un paquete de carne rosada, ojos y llanto a partes iguales.

Sabe que desde los incipientes pasos vacilantes, los torpes balbuceos, la incertidumbre ante cualquier acontecimiento, la inocencia expuesta en exceso, el desconocimiento, el rechazo, el atrevimiento, la desconfianza, la osadía, la ignorancia y el miedo que formaron parte de él durante los años de infancia, pubertad y adolescencia, ha llegado a la madurez consciente de que cada día ejecuta una nueva tarea de aprendizaje. Para ello, no tiene que esforzarse, las cosas suceden a su alrededor y él reacciona como mejor sabe, puede o entiende.

Es una cuestión de adaptación al medio, unido a los impulsos irracionales que ponen en marcha la cinta grabadora de situaciones y experiencias que reproducen circunstancias similares y la reacción que tuvo ante ellas.

No necesita tener un fin concreto ni una meta, para él es más que suficiente con disfrutar el día a día con las herramientas que le han proporcionado los años. Disfruta resolviendo situaciones que antes le habría resultado imposible superar, o si lo hubiera hecho habría sido a costa de un gran desgaste, de inmensos sufrimientos.

El crecimiento emocional junto con las situaciones vividas, buenas, malas, regulares, espantosas o sublimes, todas ellas extraordinarias, le han hecho crecer como ser humano. Al fin se ha licenciado en la escuela de la vida y ahora disfruta a pleno placer desarrollando su oficio.

Lo mejor es que no le importa el por qué ni el cuándo, el cómo ni el dónde. Percibe el hecho de estar vivo sin preocuparle la seguridad de saber que algún día dejará de estarlo.

Quizás exista un motivo, o no, para explicar el tránsito de las vidas por la tierra. Puede que todo tenga una razón, o no. Es posible que seamos el resultado de la casualidad-causalidad en este Universo formado por más de cien mil millones de galaxias, o el producto de una mente prodigiosa.

A Pascual le da exactamente igual. Nació, vivió, se reprodujo y un día morirá como todos los seres vivos. No tiene mayor importancia.


En el entretanto, cada hora, minuto y segundo, se regocija por su evolución y goza con el grado de aprendizaje. Maestro de nadie, ejecuta para sí las múltiples acrobacias emocionales, piruetas del alma-entendimiento-corazón-cerebro, que le permiten sobrevolar los espacios dando saltos mortales en la intensidad de los días.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Censura



Se giró de improviso alertada por el cosquilleo en la nuca, el hombre de piel cetrina y mirada sucia clavó los ojos sobre ella con un sentido de la propiedad sorprendente. El breve contacto duró el tiempo que ella tardó en  darse la vuelta girando sobre sí misma para cambiar de postura.

El sol acarició su espalda. Colocó de nuevo el sombrero de manera que la sombra cayera sobre el rostro y cerró los ojos con aire displicente.

El gesto bastó para indicar al desconocido que pasará de largo.

-No está hecha la miel para la boca del burro –pensó.

Ese día en la piscina no había nadie más en topless. Por desgracia era la única que disfrutaba del juego de los rayos del sol sobre el pecho despojado de cintas y colgajos que estorbaran el aire que acariciaba su torso desnudo.

La mayoría de los días la acompañaban en su pequeña aventura libertaria media docena de mujeres, bragadas en las lides de sortear torvas miradas lascivas y condenatorias de hombres y mujeres a la par.

Normalmente solían ser mujeres mayores de cuerpos ajados las que disfrutaban de lo que tanto les había costado conseguir.

España es uno de los pocos países donde se permite el monokini, derecho que Amelia había estado esperando durante muchos años. 

Cuando llegó como una ola de modernidad, estaba convencida que sería una costumbre que seguirían las mujeres en masa. 

Cansada como estaba de ver torsos de hombres que se podrían confundir, por sus redondeces en pecho y abdomen, con el de una mujer en estado de gravidez. 

Hastiada de padecer la humedad del bañador pegado a la piel obstaculizando el calorcito del sol y la soltura de movimientos en el agua, por no decir del nudo y los tirantes que atenazaban la nuca y los hombros con una presión insufrible a veces. Pensó que sería un movimiento natural quitarlo, como el que había acortado las faldas o eliminado cancanes y refajos. 

Su sorpresa fue mayúscula al ver que sólo unas pocas valientes comenzaron a salpicar las playas mostrando el pecho desnudo. Las otras se dedicaron a murmurar por lo alto o por lo bajo criticando la poca vergüenza de las practicantes.

Ahora al cabo de más de treinta años, nada ha cambiado. Sigue estando en minoría como en tantos otros campos de la vida.

Sin prestarle más atención al asunto vuelve a girar el cuerpo hacia el sol temprano de la mañana, coge el libro y reanuda la lectura.

Su victoria es seguir siendo fiel a sí misma sin importarle la opinión de los demás en ningún terreno de la vida. Campa a sus anchas por el mundo que ha construido a imagen y semejanza de sus necesidades vitales. 

Libre, en sus deseos y designios, en sus obligaciones y retos, en sus placeres y caminos. Libre para asumir riesgos, para superar obstáculos, para afrontar la vida con sus armas y a su buen entender. 

Consecuente y lúdica, contempla el mundo desde su atalaya resplandeciente, crisálida de luz que abre sus alas al comienzo de la mañana.