Qué diferente es tener, por mucho que se posea, si es en soledad. O tomar por muy apetitosa que esté la comida y la bebida. Incluso gozar de nuestro cuerpo. Qué diferente todo cuando se hace en compañía.
Los alimentos saben distintos, el aire huele diferente, los
espacios se ocupan por otras cadencias, las posibilidades se agrandan por el
simple hecho ¿simple? de sentir la cercanía de otro ser humano que disfruta y
sufre a la par de nuestro latido.
Todo se transforma. El color del cristal con que se mira la
realidad coge tonalidades esmeraldas que acentúan el placer y mitigan el
sufrimiento.
Compartir, la palabra mágica, la situación perfecta que nos
hace ver el mundo desde otro plano, con otra disposición en el hemisferio del
cerebro donde bulle la vida y lo cotidiano se convierte en extraordinario o
simplemente ¿simplemente? el deslizar de las horas se acopla a nuestro paso y
transcurre en calidez y armonía.
Qué diferente ser y estar en compañía. El que lo conoce, lo
sabe.

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