Tan solo el
monólogo interior, sordo, callado, que se pregunta el porqué de nuestra
irracionalidad, de nuestra debilidad, de nuestros derrapes gratuitos,
inexplicables.
La conclusión
está en nuestras manos, no en las de ningún otro. Nadie nos hace daño si
nosotros no queremos, si no lo permitimos. El quid de la cuestión está en
procesar con calma situaciones y sensaciones, contrastar solidez y pasión,
entrega y ausencia, permanencia y huida, constancia y desapego, honradez y
falsedad, apoyo constante y traición.
En ese
análisis desapasionado se encuentra la solución, el modo de ejecutarlo, el cómo
y el cuándo es el paso siguiente. La mayoría de las veces, si confiamos, la
vida resuelve por sí misma y nos pone la ocasión en las manos forzándonos a
tomar partido, a actuar y cortar de raíz el motivo del desencuentro con
nosotros mismos.
Nos obliga a
poner popa al viento para que nuestro barco navegue sin escollos ni
tropiezos, libre, marinero y veloz.
Llega entonces el momento de
atesorar lo bueno, olvidarse de lo malo, dejarlo atrás como una pesadilla y
saborear las mieles que nos propició la aventura. Guardar los buenos momentos,
las palabras dulces, las caricias, los anhelos compartidos, los logros
alcanzados, el tremolar de la pasión, la cotidianidad en armonía, los buenos
paseos, el trabajo en equipo.
Es el momento
de saber que todo forma parte de nuestra experiencia vital. De ella nos
nutrimos, con ella crecemos si sabemos hacerlo, sabiendo que en ella se forjan
nuestro carácter y las personas en las cuales nos vamos convirtiendo.
Todo es mañana
cuando el presente se desliza sin tropiezos en horas de concordia y el tiempo
rema a nuestro favor.
Cuando llega
la dicha conseguida por nuestras propias decisiones, por nuestros aciertos, por
nuestras certezas, existe un hombro amigo que nos acoge, un pecho donde cobijar
la cabeza, unos oídos que escuchan atentos y unos labios que ríen al unísono y
que nos ayudan a desterrar malquerencias.
Querer es
poder y el secreto consiste en sabernos querer bien.

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