domingo, 5 de julio de 2026

Monólogo interior

 


Cuando llega el dolor provocado por nuestras propias decisiones, por nuestros desaciertos, por nuestros errores, no hay hombro al que acogerse, ni pecho donde enterrar la cabeza, ni oídos a los cuales acudir con nuestras cuitas.

Tan solo el monólogo interior, sordo, callado, que se pregunta el porqué de nuestra irracionalidad, de nuestra debilidad, de nuestros derrapes gratuitos, inexplicables.

La conclusión está en nuestras manos, no en las de ningún otro. Nadie nos hace daño si nosotros no queremos, si no lo permitimos. El quid de la cuestión está en procesar con calma situaciones y sensaciones, contrastar solidez y pasión, entrega y ausencia, permanencia y huida, constancia y desapego, honradez y falsedad, apoyo constante y traición.

En ese análisis desapasionado se encuentra la solución, el modo de ejecutarlo, el cómo y el cuándo es el paso siguiente. La mayoría de las veces, si confiamos, la vida resuelve por sí misma y nos pone la ocasión en las manos forzándonos a tomar partido, a actuar y cortar de raíz el motivo del desencuentro con nosotros mismos.

Nos obliga a poner popa al viento para que nuestro barco navegue sin escollos ni tropiezos, libre, marinero y veloz.

Llega entonces el momento de atesorar lo bueno, olvidarse de lo malo, dejarlo atrás como una pesadilla y saborear las mieles que nos propició la aventura. Guardar los buenos momentos, las palabras dulces, las caricias, los anhelos compartidos, los logros alcanzados, el tremolar de la pasión, la cotidianidad en armonía, los buenos paseos, el trabajo en equipo.

Es el momento de saber que todo forma parte de nuestra experiencia vital. De ella nos nutrimos, con ella crecemos si sabemos hacerlo, sabiendo que en ella se forjan nuestro carácter y las personas en las cuales nos vamos convirtiendo.

Todo es mañana cuando el presente se desliza sin tropiezos en horas de concordia y el tiempo rema a nuestro favor.

Cuando llega la dicha conseguida por nuestras propias decisiones, por nuestros aciertos, por nuestras certezas, existe un hombro amigo que nos acoge, un pecho donde cobijar la cabeza, unos oídos que escuchan atentos y unos labios que ríen al unísono y que nos ayudan a desterrar malquerencias.

Querer es poder y el secreto consiste en sabernos querer bien.