sábado, 5 de septiembre de 2026

A mal tiempo buena cara (cuento)

 


Érase una vez dos niñas llamadas Palmira y Elena. Palmira es rubia de tez blanca, cara redonda, pelo corto y ojos azules de mirada plana. Su expresión semeja la de un conejo. Tan sólo le falta mover el hociquillo para ser igualita, igualita que un gazapo asustado.

       Elena, por el contrario, tiene el pelo oscuro, el óvalo de la cara alargado, piel morena, ojos vivos y brillantes que relucen como ascuas cuando está interesada por alguien o por algo, cosa que ocurre muy a menudo.

       Así como dispar es su aspecto también lo es su carácter. Palmira es exigente y desagradecida: nada es suficiente para ella. Ni la ropa que le compran, ni los regalos que le hacen en su cumpleaños, ni tan siquiera el cariño que le muestran sus padres y amigos. ¡Siempre está de mal humor!

     Elena sin embargo disfruta con todo. Con el arroyo cantarín que atraviesa en su ida al cole. Con los sonidos del viento meciendo las copas de los árboles. Con el sol que le acaricia con un cosquilleo caliente. Su mirada se queda prendida en las nubes coloreadas que toman mil formas y, sobre todo, disfruta con el amor que le dan sus padres y amigos a los cuales cubre de besos a la menor ocasión.

      Las dos amigas han compartido su vida desde pequeñas porque las casas de sus padres están una al lado de la otra. Desde tempranito cuando van al colegio hasta la tarde en que después de hacer sus tareas juegan absortas en mil mundos imaginarios, pasan los días una junto a la otra.

      Este verano está siendo distinto a los demás por lo lluvioso. No hay día en que el cielo no se cubra de oscuras y enmarañadas nubes que rompen al final de la tarde la tranquilidad del pueblo. Los habitantes corren a refugiarse espantados por la fuerza del agua y el terrible estruendo que forman los truenos que resuenan en cadena uno tras de otro casi sin respiro, acompañados de grandes fogonazos que serpentean como culebrillas rasgando el firmamento.

     Los vecinos están en alerta porque el pequeño arroyo de aguas mansas y transparentes que rodea la aldea poco a poco se ha ido convirtiendo en un río alborotado y turbio que brama noche y día.

    ––¿Has visto cómo va el río de crecido?  ––se dicen unos a otros.

    ––¡Tenemos que estar prevenidos! ¡Nos puede dar un buen susto!

    Una noche en que la tormenta arrecia con más fuerza y que el cielo jarrea agua sobre el pueblo, el río, hecho torrente, salta como un caballo desbocado arrasando cuanto hay a su alrededor. Muebles y coches, ramas de árboles, bancos y papeleras se deslizan en remolino chocando unos contra otros. Todos se refugian lo mejor que pueden. Unos en las partes altas de las casas. Otros en los tejados. Alguno, incluso, en las copas de los árboles.

     Las dos amigas han subido con sus padres al campanario de la iglesia. Allí, juntas, contemplan cómo se han inundado las  casas, el colegio, el parque.

     ––¡Ay que desgraciada soy! ––gime Palmira–– Esto es lo peor que podía ocurrir y encima mañana es mi cumpleaños. ¡Ya me he quedado sin fiesta! ––y llora y llora sin parar restregándose los ojos.

       ––No seas quejica Palmira ––le dice Elena–– mañana también es mi cumpleaños y no me importa. Al fin y al cabo estamos a salvo, hemos tenido mucha suerte. Si sigues restregándote los ojos con tanta fuerza te los vas a poner como un tomate.

      ––¡Si! ¡ya! Eso lo dices tú. ¿Pero qué vamos a hacer ahora sin casa y sin muebles y sin…?

     ––Pues muy sencillo primero tenemos que esperar a que amanezca y después ya veremos. ¡Anda acércate que hace mucho frío! ¿Ves que bien? Así juntas nos damos calor.

      Palmira muy enfurruñada sigue hipando y restregándose los ojos hasta que se queda dormida abrazada por Elena que mientras tanto piensa en cómo puede ayudar a sus padres. Tendrán cantidad de trabajo para secar y limpiar todo.

     Y así, mientras organiza en su cabeza lo que va a hacer cuando el agua se retire del pueblo llega el día. La luz del amanecer tiñe de rosa el horizonte. El pueblo comienza a rebullir en actividad, todos a una limpian y organizan. Bueno todos no. Palmira sigue lamentándose y llorando sin cesar de restregarse los ojos, cada vez más feos y más hinchados y sin parar de decir ––¡Qué mala suerte! ¡Qué mala suerte!

     Elena, en cambio, ya ha entrado en su casa y limpia afanosa junto a sus padres todo lo que cae en sus manos. Y pin pan pin pan, al final de la mañana ya está la casa limpia y recogida. Cuando sale al patio la sorpresa es mayúscula. Sus padres han colgado las cadenetas con farolillos que tenían preparadas para su fiesta, afortunadamente la caja que las guardaba no ha sufrido daños y en la larga mesa de madera de celebrar cumpleaños sobre una tarta de chocolate destellan encendidas doce velitas de colores.

       ––¡Feliz cumpleaños Elena! ¡Que seas muy feliz!

       Elena con una sonrisa de oreja a oreja corre a los brazos de su madre.

     ––Esto es por tu actitud Elena. Has sabido afrontar la adversidad con optimismo y esperanza confiando y trabajando a pesar de todo ¡Te lo has ganado a pulso! Le hace un guiño y juntos comienzan a cantar.

       ––¡Cumpleaños feliz! ¡Cumpleaños feliz…!

    En un rincón con el gesto desagradable de la escena Palmira observa la escena. Parece que lo que está viendo le hace reflexionar. De repente cambia la cara, esboza una sonrisa, comienza a aplaudir y se acerca al círculo que forman los que festejan el cumpleaños, que ha pasado el peligro y que nadie ha sufrido daño. Ha aprendido la lección. Al verla llegar, Elena le hace un gesto para que se acerque y juntas soplan las velas y comparten los regalos.

       Por fin se ha dado cuenta Palmira de que es mucho mejor sonreír a la vida y aceptar las cosas con alegría. Y a partir de ese día dejó de protestar por todo y fue mucho más feliz. 

        Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.



No hay comentarios:

Publicar un comentario