domingo, 31 de mayo de 2026

Sinfonía de los Mil - La Gran Obra

 


Hoy quiero transmitir mi experiencia como coralista con una experiencia de casi veinte años en los cuales he ido avanzando musicalmente y que alcanza un punto álgido con esta gran Sinfonía de Mahler.

El proceso de aprendizaje es similar a todos, en principio miro la partitura nueva como algo ajeno, extraño. Algo, para mi desconocido, busca transmitir conocimiento y emoción. Alguien vivió desvelos, forjó sueños, sufrió y gozó por y para crear esta música que cristalizó en los pentagramas que tengo ante mis ojos. 

Ahí es cuando comienzo a descifrar, a desentrañar por partes, a escuchar mi voz, a separarla del resto a interiorizar el mensaje, a degustar cada nota y pelearme con las partes más arduas, a centrarme en los pasajes que requieren más atención, por más dificultosos que sean repito y repito y repito hasta que comienzan a entrar en mí y yo en ellos. Día a día se adueña de mí y yo de ella en una complicidad fructífera, la hago mía y empiezo a disfrutar el goce de cantarla con gusto. Es un auténtico placer enfrentarse a tamaño desafío e ir construyendo el engranaje como un gran edificio que se sustenta en pilares de estudio y horas de dedicación.

Va progresando la obra en mi cabeza, se van afianzando cada vez más cada una de las partes. Las notas se anclan con fuerza en mis neuronas y el oído anticipa el paso siguiente. Es como degustar un buen libro, la vista va por delante y la velocidad lectora es vertiginosa sin dejar de comprender lo que estoy leyendo.

La recompensa es que lo que al comienzo me parecía imposible, indescifrable, arduo, con el paso de los días y las largas horas de estudio se hermana con mi cabeza y mi voz. En ese momento comienza el disfrute, adueñada la obra de mí y yo de ella revolotea todo el día en mi cabeza, canto sin darme cuenta a todas horas su melodía, concentrada en mi voz, toma vida, cuerpo y se desdobla en armonías.

Dicen que la voz de contralto es difícil, ingrata. Nunca llevamos la voz cantante salvo en rarísimas excepciones. Para mí es la más bella, me gusta su contrapunto. Sin estridencias sustenta la base y permite que las voces altas luzcan sus colores. Es todo un reto, eso es cierto, olvidarte de la melodía principal y escuchar otros matices que enriquecen y complementan la estructura musical.

Hoy para mi es un disfrute porque he doblegado, amansado y poseído una de las obras más complejas escritas para un coro, la Octava de Mahler. A partir de ahora ¡viene lo bueno!

 


martes, 5 de mayo de 2026

La Prohibición

 


––Hoy no puedo jugar contigo.

––¿Por qué?

––Porque no me dejan.

La carita redonda, el cuerpo tirando a rechoncho corpulento para sus escasos nueve años. Las piernas abiertas, los brazos cruzados y el torso hacia delante en la misma postura que adopta su padre y una expresión bovina en la boca de comisuras descolgadas. El pelo negro y rizado enmarca el rostro dándole un aspecto de muñeca antigua. A los ojos redondos y muy abiertos asoma una lágrima incipiente.

––No te dejan ¿por qué?

La expresión incrédula y desafiante en la cara angulosa. El cuerpo delgado y ágil de largos brazos y estatura superior a sus recién estrenados diez años. La piel blanca y luminosa, el pelo negro cortado a lo garçón le da un aire pícaro de chicuelo travieso. La mirada directa penetra taladrando los ojos marrones de su amiga abiertos de par en par.

Marta desvía la mirada lentamente, mueve la boca que apenas si se abre para decir lo que no quiere.

––Porque eres la hija del portero ––la voz apenas se escucha.

––¿Qué? No te he oído bien.

Enmarcada por la puerta la figura de Marta se empequeñece por la contracción involuntaria del cuerpo regordete.

––Mi abuela me ha dicho –comienza a articular ––que no puedo jugar ni en la calle, ni contigo.

––¡Pues vaya! La expresión es de incredulidad absoluta. Los ojos verdes centellean y observan de hito en hito a la que ella considera su mejor amiga. Desde que llegó al barrio hace tres meses han sido inseparables.

––Y tú ¿Qué le has dicho? ––pregunta retadora.

––Yo.... nada ––traga saliva–– he venido a decírtelo para que lo sepas.

––Muy bien, entonces ya no somos amigas.

––Pero... pero nosotras podemos seguir siendo amigas. Yo quiero ser tu amiga.

––Eso se lo tendrás que decir a tu abuela. Ella es la que no te deja.

Marta la miró con dos lagrimones corriendo por la cara, se dio la media vuelta y salió corriendo perseguida por sus dos largas trenzas.

Carla, el pecho erguido y la frente alta, cierra la puerta parsimoniosamente mirando alejarse a la que había sido su compañera de juegos.

––Qué extraño –se dice ––¿Por qué le dirán que no puede jugar conmigo? Ni que yo fuera una apestada que le puede contagiar alguna enfermedad.

En ese momento aparece su madre.

––¿Quién era hija? Me ha parecido escuchar a Marta.

––Sí era ella. Ha venido a decirme que no la dejan jugar conmigo porque soy la hija de un portero.

El asombro, la tristeza y la preocupación se reflejan en el rostro de Dolores mientras observa atentamente a su hija.

––Y tú ¿Qué le has dicho?

––Pues le he dicho que adiós. Si no la dejan jugar conmigo y ella no protesta, no puedo hacer otra cosa. Aunque me ha dado mucha pena le he dicho que ya no somos amigas.

––Es natural ––trata de suavizar Dolores ––Marta es hija única y siempre está con sus abuelos entre mayores o sola, sus padres aparecen de tarde en tarde y su abuela quiere mantenerla entre algodones por miedo a que le pase algo. A partir de ahora volverá a su prisión confortable y segura. Y ¿a ti no te ha sentado mal que la prohíban jugar contigo?

––¿Sentarme mal? No. ¿Por qué me iba a sentar mal? En todo caso me ha dado pena. Ella se lo pierde. Si vieras cómo se reía cuando corríamos por la calle, saltando a la comba, jugando a la rayuela, bailando el aro. Incluso estaba adelgazando. Yo voy a seguir haciendo lo mismo y estoy muy orgullosa de vosotros. Tengo la suerte de teneros todos los días conmigo, vosotros no me prohibís cosas absurdas. La puerta siempre está abierta y puedo jugar con quien quiera. Ni papá ni mis hermanos ni tú me decís con quién tengo o no tengo que estar.

«Tú sabes mamá lo bien que me lo paso cuando me pierdo con mi pandilla por los cerros, o jugando a policías y ladrones. Me encanta saltar las acequias, subirme a los árboles y comer la fruta verde. Cojo flores camino del colegio en el mes de mayo de las huertas que encuentro a mi paso y las llevo a la maestra para que se las ponga a la Virgen. Y saco buenas notas porque me gusta estudiar y leer historias. Los niños mayores me enseñan a patinar y montar en bici, y los días son tan largos que además tengo tiempo de darle un abrazo a papá de vez en cuando, el pobre no sale casi de su chiscón en todo el día, con lo poco que le gusta estar encerrado. Siempre tiene una sonrisa en la cara y nos anima a todos y busca más trabajos, como rellenar recibos con esa letra tan bonita que tiene, o vender huevos y aceite. Todo eso para que nosotros podamos vivir mejor, con la esperanza de dejar pronto este empleo y marcharnos a otro sitio. Hasta le oí el otro día hablando de irnos a Australia. Allí hay canguros ¿verdad mamá?

Dolores la mira sonriente ya más tranquila. –– Esta hija mía ––piensa–– sabrá afrontar las dificultades de la vida y darle importancia a lo que es importante sin afectarle las opiniones de los demás.

Carla sigue contándole a su madre lo que opina de lo que le ha pasado ––Y también tengo tiempo para estar contigo y ayudarte en las tareas de casa y de escuchar las historias que me cuenta la abuela y traer a mis amigas para oírte cantar. Todas quieren venir a casa para escucharte. Y también me gusta ayudarte a hacer la comida y aprender a cocinar, hacer mis deberes a la hora de la siesta y luego irme a jugar con mis amigos hasta que se hace de noche. Nos lo pasamos tan bien. Yo tengo muchos amigos y ella solo me tenía a mí. ¿Cómo me va a sentar mal? Me da mucha pena de ella por lo que se ha perdido.

Los días y las semanas siguientes Carla veía a Marta escudriñando desde su ventana como jugaba con sus amigos, y aunque sentía lástima ese sentimiento se mezclaba con el orgullo.

Carla sabe que es buena, aunque esas personas estiradas adineradas y lejanas, la desprecien y no quieran que su nieta se mezcle con ella para que no coja un mal ejemplo.

¿Mal ejemplo? ––Carla piensa que Marta además de divertirse podría aprender de ella, en contra de lo que opinan sus padres y abuelos, muchas cosas buenas. Porque, aunque es pequeña es responsable en sus estudios, cuida de la casa y hace la comida para su padre y sus hermanos cuando su madre está enferma y el contacto con las calles y la vida le enseña cada día.

 Hoy, muchos años después, por casualidad, Carla ha visto a Marta con su madre saliendo de un Mercedes gris. Ellas no la han visto, Marta iba agarrada a su madre con la mirada huidiza buscando con pasos torpes el refugio del portal de la casa de lujo donde las dos han entrado rápidamente. Al poco la madre ha vuelto a salir y ha dicho adiós con la mano a su hija que la miraba desde una ventana del segundo piso.

La pobre Marta se ha convertido en una mujer dependiente de sus padres que vive prisionera del miedo, huérfana de arrebatos, cercenada la pasión, víctima de la desconfianza. Es una mujer pusilánime, triste, sola, que sigue mirando tras los visillos de la ventana de su piso de Serrano, herencia de su abuela, la vida bullendo en la calle sin atreverse casi a poner un pie en la acera, no vaya a ser que la asalten, la roben, la ultrajen, o lo que es peor, se contagie del virus de la vida y, ya se sabe, las enfermedades infantiles hay que pasarlas a su tiempo, porque después, se agravan con la edad.