domingo, 7 de julio de 2019

Adalberto

                                            

           
Adalberto se había pasado el día absorto en el largo proceso que ocupó al animal de tronco rosado, blando y palpitante, a trasladar su vulnerabilidad a otro reducto más o menos acogedor.

A ojos vista se podía apreciar que aunque en algún momento y durante un tiempo había sido suficiente, ahora se  le hacía pequeño.

El bicho estuvo horas tanteando, sopesando y descartando las diferentes oportunidades de acomodo que encontraba en el círculo que le rodeaba. Incluso expandió su búsqueda a alguna zona que en principio no parecía accesible a sus posibilidades. Tozudo y constante tenía muy claro su objetivo y no descartaba ningún lugar por muy lejos de sus patitas que pudiera estar.

Tanteó alguno que cubría a priori sus necesidades. Lástima que al acercarse comprobó que la preciada concha pertenecía a otro. Intentó en un par de veces, alguna vez le había dado resultado, sacar al propietario con alguna de sus bien probadas artimañas, pero esta vez no le valieron de nada y tuvo que recular y comenzar su búsqueda en otra dirección.

Al final su esfuerzo le fue recompensado, una caracola vacía que descansaba en la arena le ofreció el refugio deseado. Tras efectuar largas maniobras de acercamiento consiguió primero extraer su vulnerable torso, no sin provocarse algún que otro rasponazo por la estrechez de las paredes que hasta ahora le habían servido de cobijo y a continuación realizó una dificultosa marcha atrás e introdujo su cola hasta el fondo.

Una vez acoplado, probó su nueva vivienda en cortos desplazamientos a salvaguarda de cualquier peligro que pudiera atentar contra su apetitoso apéndice, preservado dentro de su cómoda y refulgente concha nacarada.

Una voz femenina le sacó de su abstracción.

      Adalberto. ¿Cuánto tiempo más piensas pasarte mirando bobadas? ¿Es que no quieres comer hoy?

      ¡Ya voy! ¡Ya voy! -Verdad que las mujeres pueden llegar a ser pesadas en su afán por cuidar de uno.

Arrastrando los pies se dirigió hacia la casa, similar a muchas de la zona. 

La bandera en el porche haciendo ostentación de la nacionalidad de los que la habitaban, el cuidado jardín, la pequeña valla de madera y el garaje para dos o tres coches, uno de los cuales había pasado a ser de su propiedad. 

O lo que es lo mismo, era dueño de su uso y disfrute, como de todo lo que había en aquella casa. Incluida la dueña que además velaba por su bienestar físico y emocional cuidando de él como si fuera su polluelo.

Después del tiempo en que estuvo sumida en la batalla contra la enfermedad, la derrota y la pérdida final del esposo, el casi recién llegado supuso para ella el acceso a la esperanza.

Con él renacieron los días y las noches sacándola de su letargo. Poco importaba que no tuviera prácticamente nada, ella tenía de sobra para los dos.

Su casa era como una preciosa caracola vacía y él había llenado cada rincón imprimiendo su huella.

Adalberto llegó hasta la mesa donde le esperaba su nueva mujer, una más en su larga historia sentimental y depositó un beso liviano en su frente. 

Ella le correspondió con una dulce sonrisa.


                                                                     

martes, 21 de mayo de 2019

Temporalidad



Todo es provisional, nada hay permanente en esta vida. Cada ser nace, crece, se desarrolla, muere y desaparece.

Y este hecho, el único cierto, lejos de ser razón de quebranto, si lo miramos con una perspectiva de buen gestor, nos enseñará a sacarle el máximo partido a esta especie de aventura que llamamos vida.

Si somos conscientes de esta realidad innegable, sabedores de que lo que disfrutamos es transitorio, sabremos valorar y cuidar aquello que conforma nuestro mundo.

Lo haremos de la misma manera que el niño que posee un solo juguete. Igual que el coleccionista preserva su número especial del cómic o el sello de una serie extraordinaria. De la misma manera que se protege un cuadro, una obra de arte o una joya.

Le daremos a cada segundo un trato singular, como al amigo que llega a visitarnos por unas horas con el cual nos volcamos sin escatimar esfuerzos. De igual manera, si somos conscientes de la no permanencia, habremos alcanzado el gran triunfo.

Valorarnos y valorar como verdaderos tesoros a cada uno de los que queremos. Qué mayor importancia podemos darles sino entender que todo, absolutamente todo es transitorio. Que algún día miraremos hacia atrás añorando los momentos pasados malgastados con indiferencia.

¿Por qué hay que esperar a cortar el último trocito del jamón para darnos cuenta de lo rico que estaba? ¿Por qué disfrutamos de la vida cuando le ponen fecha de caducidad? ¿Por qué hemos de dejar que los hijos crezcan para añorar sus abrazos infantiles y su confianza ciega en nosotros? ¿Por qué hay que contemplar la botella vacía para reconocer la calidad del vino?

Si tomamos distancia y nos concienciamos de lo efímero de las cosas, será el nuestro un nuevo despertar y cada hecho se convertirá en un acontecimiento extraordinario. Porque realmente nuestro día a día es excepcional. Desde que abrimos los ojos y nuestro cuerpo responde como una máquina perfecta al cariño y la presencia de nuestros seres queridos. Desde el milagro de la convivencia en paz, a que todos los días funcione el engranaje que mueve nuestra sociedad... Somos seres afortunados que disfrutamos de una cantidad ingente de “regalos”. 

Afortunados por haber nacido, en el reparto de esta lotería loca de la vida, en una situación familiar, en un país y una sociedad que nos da mucho más de lo que somos capaces de cuantificar.

Saber que todo en un intervalo más o menos largo cambia o desaparece, nos hará valorar al profesor que sabe transmitir sus conocimientos, el abrazo cálido, la sonrisa compañera que alienta nuestras horas. Incluso en los malos momentos existen razones para dar gracias por lo que poseemos, por lo que sentimos, por lo que vivimos.

Porque todo pasa y desaparece y no siempre estaré aquí, hoy quiero regalaros la mejor de mis sonrisas, la comunión del pensamiento, la entrega generosa, la luz que se expande en cada mirada, el brillo de los amaneceres, el último suspiro que aquieta la noche y este momento único e irrepetible en el cual converso de corazón a corazón con cada uno de vosotros.



viernes, 19 de abril de 2019

Cruce de caminos - Querencia


Eran aquellos días en qué atravesaban la ciudad de un extremo a otro, cada uno en direcciones opuestas, cruzándose quizás, en los distintos niveles que recorrían, de norte a sur y de este a oeste, vías, túneles, pasos elevados.

Olfateaban su olor entre los millones de seres que se movían, como ellos, arracimados en vagones trepidantes.

Les llegaba, entre tanta energía esparcida, la suya en particular, como un hilillo blanco de niebla atravesando rincones y espacios, sorteando vacíos y espesuras de piel hasta cercar su entorno con un halo protector.

Se sabían seguros cuando percibían el aliento del otro envolviéndoles como una suave caricia, intangible, persistente.

Nadie podía percatarse a su alrededor, ellos sí. Para su especial percepción era fácil percibir la huella, sentir el latido sincrónico batiendo junto a sus pasos.

Distinguían la respiración al unísono, la cercana solidez que despejaba el mundo con su abrazo invisible, formando un tándem indestructible, en aquellos días de cruces de caminos que saltaban obstáculos, bailando al compás, en la inescrutable y siempre sorprendente sinfonía de la vida.

lunes, 4 de marzo de 2019

Prueba superada



Estos retos que nos impone la existencia y que aceptamos valientes. Este remontar cada mañana a base de coraje y osadía, inconscientes, como el cervatillo que pasta sin saberse observado por el lobo.

Este arrancar desde cero y sin mochila en las espaldas. Este enfrentarse a lo que nos acecha en los recovecos del camino afianzando nuestros pasos. Encrucijadas de sombras, badenes de olvidos. Espejismos sin nombre.

Nos internamos valientes arracimando en nuestras manos las flores cogidas de las cunetas. Y sonreímos al alba con la armadura puesta.

Este disociar entuertos, este discernir aciertos, este culminar las cimas, este recordar a los muertos.

Todo y nada en la imparable inercia que nos impulsa, en la similitud extraña que nos une, en el instinto animal que nos mueve a superar la vida.

Abrirnos en canal en cálido abrazo y lanzar la mirada al horizonte. Aceptar el desafío empuñando lanza y adarga y saber, al final del recorrido, que la prueba, hoy, está superada.

Descansad hijos de la tierra, esta jornada os habéis ganado el pan.

Mañana, será otro día.


lunes, 21 de enero de 2019

España en marcha -




Imagen cortesía de la Red

Por aquel entonces descubríamos a través de Caravana de Amigos a Paco Ibáñez cantando “España en marcha” del poeta Gabriel Celaya “allá los muertos, que entierren como Dios manda a sus muertos” decía una parte de su poema.

Luchamos a nuestra manera contra las imposiciones, la censura, la injusticia, sobrevolando las estepas grises teñimos de color, desde nuestra juventud, páramos de sombras.

Nos debatíamos entre el miedo y el valor, presentido desde la infancia en aquellos que nos habían dado la vida y con ella, forjada a golpe de contienda, la herencia de lo sufrido, años trágicos desdoblados en las dos Españas que sangraba por múltiples heridas. Desangrada a través de sus hijos más jóvenes perdía cada día la batalla de su propia identidad. Sepultada en cunetas y campos, acribillada contra muros de cal, arrastrada por calles y plazas dejando un reguero de muerte y fratricidio.

Nunca antes tanto horror se acumuló en tan corto espacio de tiempo.

Ellos lo sufrieron en su propia piel, el escarnio, el hambre, la muerte, el desconsuelo. A punto de sucumbir cien veces, cabalgando en el filo de la espada, contendiendo en frentes y batallas, acumulando hambre en las ciudades cercadas, llorando a sus muertos sin tiempo ni lugar para depositar una flor en sus tumbas.

Con eso crecimos, el miedo, compañero de nuestros juegos, huésped ingrato que a fuerza de soportarlo se hizo amigo. Como el preso, entablamos relación con el carcelero. Aprendimos también a valorar lo que teníamos, a fuerza de contarnos su hambre fuimos conscientes de lo que suponía carecer de prácticamente todo. Nos enseñaron la cocina de aprovechamiento. A no tirar ni un trozo de pan. A fabricar jabón con los posos del aceite. A amasar frustraciones y olvidos con dosis de tolerancia.

Tuve la infinita suerte de que nadie me inculcara rencor ni me transmitiera odio hacia los del otro bando. A pesar del llanto ahogado en surcos secos sobre el rostro por el hijo que no volvió, por el hermano que se fue al frente ebrio de entusiasmo por defender a los desheredados de la tierra, con sus recién estrenados dieciocho años en bandolera, que nunca regresó.

Me hablaron con diversas voces y diversos ángulos de los desaparecidos, de la violencia que engendra violencia, de las denuncias entre vecinos, de la infamia, de la locura que provoca en el hombre la envidia, el rencor, el hambre, el miedo y la desesperación que le lleva a cometer, agrupados en manada, actos atroces.

Deshumanizados, pervertidos los valores, sin importarle el quién, el cómo, el cuándo o la manera de acabar con el supuesto enemigo. Sean estos hombres, mujeres o niños. Sea su culpa pertenecer al Sindicato de Obreros o ponerse un sombrerito para ir a misa los domingos. Sordos y ciegos por las consignas y el lavado de cerebro de los que quieren conseguir el poder a toda costa, para los cuales el pueblo, son meros números. Cifras que barajan, suman y restan. Seres sin entidad que les importan un bledo salvo para lograr sus fines. 

Todos son iguales me decían, al final el sacrificio del pueblo les llena los bolsillos que es lo que realmente les interesa. 

Con el tiempo las heridas fueron cerrando. No fue fácil. En la misma ciudad, en el mismo edificio, en el mismo pueblo, convivían vencedores y vencidos. Cada uno ejerciendo de tal.

Durante mucho tiempo, una vez terminada la purga, las represalias laborales, administrativas y civiles siguieron ejerciendo presión sobre los perdedores, que aguantaron como mejor supieron esperando tiempos mejores.

Si algo habían aprendido durante los largos años en el frente, en las cárceles, en los campos de trabajo, en la permanente zozobra del día a día, fue a resistir, resistir contra viento y marea. Esa resistencia les hizo sobrevivir a situaciones que ningún ser humano debiera haber vivido nunca.

Ese poder de adaptación al terreno que fue su salvación, es el que les llevó al puerto de la tranquilidad. Al fin por el propio devenir del tiempo las aguas volvieron a su cauce, se fueron restañando heridas, aprendieron, todos, a fraguar la coexistencia.

La tolerancia, la empatía, las ansias de paz y el respeto fueron el abono de los campos inundados por la sangre de tantas víctimas caídas por ambos bandos, y floreció la convivencia, empujada por hombres y mujeres que no querían que su Patria volviera a sufrir tal fractura.

Daba igual sus ideales, de izquierdas, liberales, de centro, de derechas, apolíticos. Cada uno de ellos persiguiendo el mismo fin, poniendo toda la carne en el asador. Y lo consiguieron, salvo por los extremos. Los extremos se tocan y a esos parece que les guste la guerra.

Ahora, que,  haciendo caso omiso de las palabras de Celaya, cantadas una y otra vez como un himno, quieren seguir desenterrando muertos hacinados en parajes desconocidos por toda la geografía española. Son muchos. Demasiados. Tan desaparecidos son los de un bando como los del otro, muertos todos en terribles circunstancias, yo las entono con más pasión que nunca “Ni vivimos del pasado, ni damos cuerda al recuerdo” porque no sirve de nada despertar el odio, el enfrentamiento, la violencia. De nada sirve retrotraernos a la peor parte de nuestra historia.

No hace falta que nadie despierte nuestra memoria, la histórica existe, es. Nadie la puede borrar. La personal está escrita a sangre y fuego en cada uno de nosotros para no volver a repetir los mismos errores y llamar a nuestro país por su nombre, sin complejos.

Este es mi pequeños homenaje a todos aquellos que murieron por defender su Patria, España, a los cuales, hoy rindo tributo. Aquellos que paraban la guerra para pasarse un pitillo, contarse novedades de los suyos, intercambiarse cartas y alimentos o jugar un partido de fútbol.

Los que miraban hacia la ciudad que bombardeaban sabiendo que allí estaban sus padres, o su novia temprana, que al rezar para que no le pasara nada era vilipendiada; o los hijos que por falta de alimentos se les morían de hambre entre los brazos a las madres, en los dos frentes, en ese reparto impuesto que hacían los ejércitos.

Va por ellos, por mis familiares muertos de ambos bandos, con tumba reconocida o enterrados en fosas comunes desconocidas, que me enseñaron a no guardar rencor a pesar de sus heridas, a mirar hacia delante construyendo un mundo mejor, a no menear la mierda y a dejar los muertos en paz, sin utilizarlos como moneda de cambio.

Va por ellos, porque se merecen que el sacrificio que hicieron, las vidas que entregaron y las vidas que no vivieron, sirvan para que nuestros hijos, sus nietos, tengan un presente alejado de guerras y violencia, de enfrentamientos y miedos, de divisiones que sólo conducen a la fractura del país, el suyo, el nuestro, el de todos, en el cual tenemos que vivir cada día mirando hacia delante para construir el futuro que ellos soñaron y por el cual murieron.

No reniego de mi origen, pero digo que seremos, mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo
España mía, combate, que atormentas mis adentros, para salvarme y salvarte, con amor te deletreo. (G.Celaya)



martes, 18 de diciembre de 2018

La huella




He descubierto que me gusta dejar huella por donde paso, no sé si esto es algo consustancial a todos los seres humanos, en mi caso no se trata de vanidad o instinto de permanencia.

No, mi percepción es otra, lo que yo siento, es que cuando he estado en algún sitio y más tarde otra persona pasa por allí, le hablan de mí con agrado, reconocen y recuerdan mi calidez, mi sonrisa, el trato amable, una palabra de cariño... Y eso me gusta.

Esa es la huella que quiero dejar impresa por los senderos del alma, porque creo, que el ratito que estamos en este Planeta lo podemos hacer más amable, podemos transformar el mundo en el que vivimos, mundo, que muchos se empeñan en que sea oscuro, torpe, ruin, indefenso, febril, inhumano.

Y son unos poquitos los que hacen lo hacen así, unos poquito con mucha fuerza.

Aunque no lo creáis, nosotros tenemos la clave para cambiarlo, de nosotros depende.

Podemos hacer que cada entorno a nuestro alrededor se transforme en un lugar acogedor y cálido.

Una sonrisa no cuesta nada, es espontánea, salta a la boca, se apodera de la cara y se refleja en el rostro que nos mira.

Un abrazo a tiempo, un beso de consuelo, un gesto, una caricia... pequeñas-grandes cosas que hacen que este mundo magnífico, en el cual transitamos por corto espacio de tiempo, se convierta en un lugar más humano, amable y extraordinario.

De nosotros depende, de todos y cada uno, sin excusa. Podemos escurrir el bulto o abrir los ojos a la mañana cada día y regalar conscientes y generosos semillas de amor y consuelo, de luz y vida, de sueños y esperanza.

Empatizar con nuestros compañeros de viaje en lo bueno y en lo malo, ponernos en su lugar, reír y llorar con ellos, sin olvidar que cada momento es único e irrepetible. Para lo bueno y para lo malo también. Todos tenemos el potencial para hacerlo, disfrutad de ello conmigo y brindad al mundo lo mejor de vosotros.

La recompensa es infinitamente mayor que el esfuerzo realizado porque lo que damos nos vuelve centuplicado, y así, los colores con los que cargamos nuestra paleta son los mismos con los que el pincel universal pintará nuestro mundo.

¡Adelante pues! Juntos, todos a una, vamos a dejar huellas de sonrisas mezcladas con polvo de estrellas marcadas en el camino.

Al fin y al cabo, según dice la ciencia, el 97% de nuestro cuerpo está formado de esa materia. 


lunes, 12 de noviembre de 2018

Las falsas promesas



Me engañaron. Me engañaron cuando me dijeron: “Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el cielo”

Me engañaron con falsas promesas de futura felicidad a costa del presente. Falsas promesas para constreñir el alma, para devaluar en el mercado de la vida mis potencias, las que me fueron dadas al nacer. Dilapidadas en aras de la obediencia, de la servidumbre a lo que decían que estaba bien hecho, a lo que se esperaba de mí.

Me engañaron con cantos de sirena vestidos de domingo, con falsos sermones de caminos al cielo. Me engañaron los que más me querían, mercadeando con sentimientos, desmontando aspiraciones, clasificando sueños.

Contrariamente a lo que me inculcaron, creo firmemente que el dinero ¡sí da la felicidad!

Desconfiad de los que venden paraísos inexistentes poniéndote en el brete de elegir, sopesando el ser y el tener.

Yo soy, y no tengo. He sido y, seré hasta que la muerte me alcance. No necesito “ser”. Necesito “tener”.

Para aumentar los recursos de mi entorno cercano, para dejar de ver necesidad y sufrimiento, para desvalijar los desvanes del miedo al mañana desconocido y hambriento. Para reconvertir rictus de amargura en sonrisas abiertas. Para abrigar los cuerpos ateridos con la manta de la seguridad en el porvenir, estable, sereno.

El dinero no da la felicidad, sermonea a diestro y siniestro nuestra católica cultura. No da la felicidad, pero... ¿Cuántos problemas se solucionan con él?

¡Cualquier situación! ¡Cualquiera! Se suaviza con el dinero que compra calidad de vida al enfermo, que alivia soledades, que espanta los fantasmas de la falta de educación, del hambre, del adocenamiento.

“Poderoso caballero es Don Din Don, din don, es Don Dinero”

Lástima que, en la idealización manipulada de la juventud, nos mientan y nos vendan falsos paraísos de niebla a cambio de renunciar a nuestras metas.

 


sábado, 13 de octubre de 2018

LO QUE ESTOY VIVIENDO (3) - SEXTO CONTINENTE - Grandes escritores te enseñan a escribir un cuento.


Y con esto, termino esta entrada extraordinaria: es mi participación en el programa de Radio Exterior de España "Sexto Continente" Un Programa de Radio Exterior de España dedicado a la literatura creada en Español y repartida por todo el mundo. Me encontráis en: 

 "Grandes escritores te enseñan a escribir un cuento" 

  Espero que los disfrutéis...







LO QUE ESTOY VIVIENDO (1)


Habréis de perdonarme los que esperáis una nueva entrada del blog que no ha llegado durante casi dos meses. A veces la vida impone su ritmo. En este caso ha sido para bien. Muchas experiencias agradables y positivas han alfombrado mi camino en este tiempo. En el entretanto os dejo un puñado de vivencias.














LO QUE ESTOY VIVIENDO (2) - Perdidos.Un lugar para encontrar.


Presentación entrañable de: 
Perdidos.Un lugar para encontrar. 
Un auténtico placer compartirlo con Demian Ortiz y todos los compañeros que se acercaron hasta Vergüenza Ajena. En la Jam de poesía leí un par de poemas. Aquí os dejo el vídeo por si os apetece escucharlos...


miércoles, 22 de agosto de 2018

Cantos de Sirena



La imposición puede venir acompañada de una sonrisa, del gesto melifluo, de la voz aflautada en un tono que busca ser cercano.

Nada más engañoso que un ademán servil que encierra imposiciones medidas. 

La intención, clara: El control, control de pasos, control de dirección, control de silencios y miradas.

Todo lleva a la manipulación del otro en un acto letal de sometimiento hasta llegar al fondo de la cuestión. Reducir el alma. Invalidar el espíritu.

En un principio el objetivo puede ser un individuo o dos, o tres. 

Cuando se alcanza el propósito de acallar voces, doblegar voluntades e imponer necedades a pesar de la debilidad (el dictador suele ser cobarde) surge la necesidad, visto el éxito, de extender su potestad de coacción y lágrimas que aumenta exponencialmente según se acrecienta su fama de dominador.

Extiende ramificaciones en su entorno. A través del chantaje, las prebendas y la compra de voluntades, escala puestos en el escalafón de la ignominia acelerando su escalada personal por la rampa del éxito.

Una vez conseguida su meta, los pasos siguientes son claros.

Mediante el dominio, somete, vilipendia, hace y deshace a su capricho, sojuzga pueblos y ciudades, ata pactos de sangre, airea sin escrúpulo su verdadero ser.

Sentado en la poltrona desata en olas el destructivo poder que atesora, se contempla en el espejo de la vanidad y duerme en vanaglorias cercanas, devorando en su festín, cuanto estorbe a su paso.



viernes, 6 de julio de 2018

Señas de identidad

                              

Desde su más tierna infancia Ramón había escapado de las asociaciones. Cuando todos los niños del patio se reunían formando cuadrillas él se perdía en su ensoñación particular prendido de cualquier circunstancia que llamara su atención. Podía ser la caída de una hoja que entretenía la mirada, el vuelo de un pájaro, las caprichosas formas de las nubes, o el estallido luminoso que atravesaba una rama en la perpendicular de un rayo de sol.

Su mayor seña de identidad, era la independencia. Independencia de modas, slogans, grupúsculos y corrientes de cualquier clase o manera.

Bajo su punto de vista, limitarse excluyendo al resto, era disminuir su mundo. Ceñirse a un solo arquetipo de música, a una forma de vestir o a una exclusiva forma de percibir la realidad, le hacía sentirse empobrecido. A él no le interesaban las agrupaciones que pretendían controlar el pensamiento y hacerlo común y unitario. Ramón iba más allá buscando en el encuentro con los otros una respuesta, una motivación, algo que le hiciera crecer y proyectar su esencia en múltiples y diversas facetas sin importarle qué  persona se lo pudiera ofrecer ni su condición. Lo único que le interesaba eran los conceptos, la imaginación, la inteligencia desbordada en proyectos y sueños.

Demasiadas veces habían querido constreñir su libertad. En la escuela, marcando conceptos irrefutables. En el gusto musical cuando había que decantarse por un estilo, compositor o época obviando el resto. Con la indumentaria, que marcaba tendencias y que había que adoptar para ser aceptado por la sociedad. En la literatura, donde había que escoger entre un autor u otro, una generación u otra, una procedencia social o un círculo más o menos poderoso. No digamos ya en el deporte, en la política o en la religión, donde pertenecer a uno u otro clan era casi cuestión de supervivencia emocional y física a veces.

Para él está claro que de todo se puede aprender, tanto de lo bueno como de lo malo. De ahí que Ramón extraiga lo mejor de cada uno de ellos. Siempre hay sorpresas escondidas en todos y cada uno de los movimientos culturales, generacionales o filosóficos por muy dispares o negativos que parezcan. A Ramón le emociona descubrir individualidades dentro de la marea de seguidores de cualquier culto conveniente al poder que utiliza en su servicio a las personas gregarias seguidoras de lemas y consignas.

Nada hay blanco o negro y Ramón huye de los extremos. Disfruta la gama de grises que cualquier situación le puede ofrecer. Le ocurre igual con las personas, los países, las comidas. En todos ellos encuentra diferencias y estímulos que le aportan un disfrute, una complicidad, una pasión. De ahí su dificultad para vivir en un mundo en el cual son imprescindibles las etiquetas. De ahí su huida de grupos e imposiciones. De ahí su búsqueda de la libertad de criterio. De ahí su tranquilidad de espíritu insobornable y feliz que campa a sus anchas como un animal solitario por la estepa.


domingo, 27 de mayo de 2018

Canto al ahora




Envejecen cuando se rompen los sueños, cuando se quiebran las esperanzas, cuando se pierden las ilusiones, cuando se anclan en lo vivido olvidando el presente.

Renuncian a todo lo que suene a nuevo, obvian lo que no entienden sin hacer el más mínimo esfuerzo por comprender, por subirse al carro de la actualidad y ponderan, sin filtros, lo ya pasado quitando valor a lo que acontece.

Es el principio de la muerte neuronal, el avance de la decrepitud, la cobarde inclinación sin motivo, salvo la comodidad, a la rendición incondicional que abate aspiraciones y esperanzas, vértigos y posibilidades de interactuar con las generaciones que abren caminos al mañana.

Triste ejercito de sombras que en breve serán espectros de un pretérito inexistente, no saben apreciar la magia que se desarrolla a su alrededor con las desconocidas tecnologías y las insólitas vivencias, se dejan caer por la pendiente advenediza de los sin presente hundidos en el pantano turbio de la añoranza.

Incapaces de asumir las tendencias actuales, de compartir con la juventud sus intereses, sus entretenimientos, su realidad, sus fantasías, sus proyectos, aducen que son mucho peor que lo que ellos vivieron.

Inconscientes absolutos de que para cada uno de los seres humanos las primeras experiencias son únicas y diferentes, no importa la realidad social ni las condiciones personales o familiares, la abundancia o la escasez. El primer amor siempre dejará un rastro imborrable, el despertar de las emociones impulsadas por el bullir de las hormonas enladrillarán los derroteros de la vida, el primer juego compartido sin importar si es en la mesa sobre un tablero o frente a la pantalla del televisor pulsando los joysticks en una competición vibrante, despertará sus risas y forjará lazos indivisibles.

“Cualquiera tiempo pasado fue mejor” palabras nulas del poeta que magnifica las etapas vividas que por la distancia pierden sus aristas. Todo lo demás es complacencia en uno mismo, quedarse en la zona cómoda, señal de senectud y sometimiento.

Hay que luchar cada día por mantener enarbolada la bandera de la vida acorde al devenir de los tiempos, por seguir siendo parte de la rueda que gira, enganchados al estribo, rompiendo los desánimos que avientan en la oreja malas nuevas y acudir cada mañana al mercado del mundo, con la cesta llena, entregar y recibir con generosidad, abrir la puerta del alma y del entendimiento para, mientras que estemos aquí, poder bailar al ritmo de todas las cadencias.

Afortunados pasajeros de este tren, dejaos sorprender con cada buena noticia, responded a cada reto, abrid los ojos ante lo insólito, lo original, lo desconocido. El futuro se nos brinda a diario a través de las miradas frescas de los dueños del ahora. Olvidad los reproches y las huidas absurdas basadas en la envidia y el desconocimiento, aprovechad el impulso que encadenan las ganas de vivir, y dejaos llevar.

Indudablemente, el poder está en ellos. Nos os durmáis en los laureles del olvido y alertad vuestros sentidos. Todavía formáis parte del proceso.



viernes, 27 de abril de 2018

Resumen del mes de Abril

 Un hombre gris y otros relatos sigue su camino con el apoyo de mis lectores, cosechando muy buenas críticas y regalándome muchas satisfacciones. Para muestra, un botón:

"He terminado de leer el primer libro de Maica Bermejo Miranda y me ha dejado muy buen sabor de boca. Letras bien hilvanadas, francas y espontáneas con una sintaxis donde abundan los deleitosos tropos literarios y símiles—propios de la pasión de la autora por la poesía—conjugados en “Un hombre gris y otros relatos” de Ediciones Irreverentes. Si somos exactos,21 relatos o historias cortas. A modo de microcosmos unipersonal: su autora nos propone un viaje, a través de un fotomatón de historias; reales, imaginarias, divertidas, agrias, tristes, desternillantes y fantásticas. Donde los ecos —por la esencia del relato— nos trasladan al magma inductor de ficciones cercanas a T. Aranguren, R. Carver J.C. Oates, K. Mansfield o F.Trigo. De verdad, no es el caso de poner por los altares a Maica,y su dedicatoria personal, que —además de escribir bien— en este debut constata su honesto amor hacia la literatura. No soy de esos tipos... Lo dicho, un libro que se lee con la satisfacción, de esa grata tarde de invierno, tomando un café caliente, mientras los copos de nieve caen en los tejados, y uno, esboza una sonrisa de oreja a oreja". Jon Alonso.

Algunos puntos de venta:
http://www.edicionesirreverentes.com/novisima.htm
https://www.elcorteingles.es/libros/A24786731-un-hombre-gris-y-otros-relatos-tapa-blanda-9788416107957/
















jueves, 15 de marzo de 2018

De profesión sus labores



Elena se dio cuenta aquella tarde de que pertenecía a la última generación de mujeres que sabía coser. No era una vanagloria, ni un absurdo complejo de superioridad, simplemente constató el hecho. Pocas mujeres de las generaciones actuales o futuras saben coser, amasar, tejer, bordar o cocinar con alegría.

No han tenido la suerte que tuvo ella. Que tuvieron las que saltaron de siglo y de milenio, de moneda y cultura, del yugo de la pertenencia a los otros, a la más absoluta de las libertades, la pertenencia a ellas mismas.

Elena se curtió en el regazo de hembras luchadoras que acometían con bravura y con pocos medios su pelea diaria. Abuelas de pelo blanco entretejido en una larga trenza que enrollaban en un moño que identificaba su perfil seco. Se empapó de historias y cuentos trinados en el arpegio de voces claras que rompían el alba o despedían atardeceres inacabables.

 De la mano de su madre aprendió a entrelazar historias con la lana que desovillaba en una cadencia remota de años. A su lado se impregnó de la sabiduría popular que desgranaban sus canciones. Aprendió, de tanto mirarla, a planchar entre nubes de agua pulverizada las blancas sábanas de algodón. Y amasó con ella en las tardes sin colegio del verano madrileño, haciendo volcanes de harina donde la lava era el aceite caliente con cáscara de naranja y vino blanco que había que verter en la boca abierta de la cúspide de la montaña.

En seguida tenían que imprimir toda su fuerza, para con puños y manos, transformarla en una suave masa que extendían con la botella de cristal verde que hacía de rodillo. De ella surgían los finos redondeles que rellenaban con el tomate troceado a mano que previamente había estado a fuego lento burbujeando en la sartén y que, mezclado con el huevo duro y el bonito, extendía su apetitoso olor por la cocina de fogones de carbón e inmaculados azulejos blancos.

Sobre el mármol que bordeaba el hogar iban colocando en dibujos geométricos, por un lado, las suculentas empanadas, por otro la masa extendida y enrollada sobre sí misma en formas imposibles que después de fritas y espolvoreadas de azúcar y canela degustarían todos los habitantes de la casa.

Fuentes de empanadillas y pestiños, olores de su niñez que giran en el olfato y hacen saltar la saliva de sus papilas gustativas junto con la añoranza por las horas compartidas.

Tardes de seriales por entregas encabezados por Guillermo Sautier Casaseca. Mañanas de sábado de limpieza general, fregando con estropajo y jabón las desgastadas baldosas rojas, sacudiendo el polvo de los altillos de los armarios, frotando con papeles de periódico arrugados los cristales hasta dejarlos traslúcidos, sin una sombra que opacara el reflejo.

Y lavadoras. Incontables puestas de lavadoras que había que llenar con una goma desde el grifo, en las diversas cargas de lavado, aclarado, lejía, y azulete. ¡Cuánta meticulosidad! ¡Cuánta organización para desarrollar infinitas tareas con sus manos delicadas, blancas y acariciadoras!

La mujer de la casa, cocinaba, lavaba, planchaba, administraba, educaba, conectaba al padre ausente que vivía su bipolaridad de proveedor de lo necesario en el mundo del pluriempleo devorador de tiempo. La madre, la suya al menos, se multiplicaba en mil tareas sin dejar de escuchar sus voces adolescentes impregnadas de deseos de cambio, atenta siempre a su devenir. Nacida por delante de su generación en su proyección humana, se adelantaba a su época allanándoles el camino y empujándoles para que ellos accedieran al suyo con ventaja.

Fuerte y serena, lúcida y perspicaz les dirigía sin que se dieran cuenta por los derroteros de la existencia, aconsejando sin palabras en la difícil travesía que iniciaban al soltarles de su mano.

Ahora, cuando escucha a su alrededor palabras que atentan contra las madres que no trabajan, sobre entendiendo que el trabajo sólo es considerado cuando se ejerce fuera del hogar, mira sus manos laboriosas y agradece su suerte. En ellas se reflejan siglos de sabiduría transmitidas con amor y fuerza, con resignación y entrega, con rebeldía y paciencia.

-La fortuna estuvo de mi lado cuando en la lotería de la vida me tocó el premio gordo- Piensa con la mirada perdida en el ayer y sigue con la costura. Cada pespunte un suspiro, una sonrisa, un te admiro, un no te olvido, un te quiero.

Revolotean por su frente las imágenes de los años felices que enriquecieron el contacto con su madre. De profesión, sus labores, ningunean los datos estadísticos, las redes sociales, los que presumen de modernos.

En la sociedad actual, consumista y voraz no hay cabida para esas madres coraje que renuncian a su individualidad, a los logros profesionales, a ingresos propios, a la comunicación externa, a la vanagloria de la realización de trabajos que sí son bien vistas y valorados por la gran mayoría.

En cambio, tienen que afrontar la lucha contra un sistema que tratan de imponerla, con críticas más o menos veladas, con ataques directos o con el menosprecio de aquellos que no entienden nada que no sean consignas, estereotipos o materialismo puro y duro.

Anteponen el bienestar de su casa a cualquier otra cuestión. En un mundo profesional donde ser "mileurista" se ha convertido en una gran conquista, el salario con el que retribuyen a las féminas no bastaría para mal pagar a una persona que cubriera sus ausencias.

¡Qué suerte tienen los hijos de esas escasas madres que pueden ocuparse de ellos! Sin dejarles en manos extrañas, sin robar la tranquilidad de sus últimos años a los abuelos ni explotarles con sus exigencias. Esas madres fuertes, leales, capaces, completas, que escogen anteponer la seguridad de los suyos y el premio impagable de educarles de primera mano, cuidarles y estar siempre cerca…

Mujeres hermosas, inteligentes que deciden por voluntad propia ser amas de casa con todo lo que de bueno y malo conlleva.

Elena suspende por un momento su tarea, esboza una sonrisa y piensa:

Las mismas voces que estallaban en cólera cuando quise emanciparme del hogar y saltar al mundo profesional, son las que ahora gritan indignadas contra las que deciden ejercer de amas de casa. Pura intransigencia que encabezan las de su mismo sexo, siempre dispuestas a criticar la personalidad, la independencia de criterio, la diferencia.

¡Ama de casa! si es por libre elección ¡no existe una profesión más bella!




domingo, 28 de enero de 2018

La orquestada manipulación


Me ha tocado vivir, como a todo aquel que recorre etapas o extremos de la vida, las críticas estúpidas de la sociedad “pensante” que a través de los medios de comunicación manipulan y contaminan al vulgo y que dirigen contra las partes que consideran “blandas”, vulnerables, no contributivas. Descubro al escribir estas líneas que hay un desprecio hacia los jóvenes a través de siglos y sociedades que menoscaba sus cualidades, su presente y su futuro.

Ese mismo menosprecio se extiende, en nuestra cultura al menos, hacia los mayores. Críticas, burlas y desdén acompañan a la figura del mayor incapaz de asumir la velocidad del mundo cambiante a ojos vista.

En ambos puntos de la vida los seres que los transitan están desvalidos, dependen en una gran medida de los demás, y por encima de todo no cotizan, según quieren hacernos creer, aunque en el caso de los mayores lo hayan hecho durante largos años y aún lo sigan haciendo a través de esas pensiones, que ahora parece que son un regalo llovido del cielo y no el producto de décadas de esfuerzo mantenido, en la mayoría de los casos. No así en el de los políticos que acceden a ella, efectivamente, como un maná regalo de los dioses.

Nada importa que unos sean el futuro, los brazos y mentes en los que descansa el porvenir. Deben emigrar, como antaño lo hicieron sus abuelos, a otros países que les ofrecen salarios y condiciones de vida más justos, donde pueden desarrollar una vida familiar potenciada por el estado, donde es posible conciliar ambas vidas, renunciando por tanto a vivir entre los suyos. Es triste cuando, como toda decisión no elegida, tienen obligatoriamente que elegir esa opción a pesar de su valía, su preparación, sus estudios, su inteligencia... y sus deseos, porque en su propio país se les cierran todos los caminos.

Tampoco importa nada que los otros hayan aportado durante largos años de contribuciones impuestas al sistema que sustenta el armazón, ni que hayan forjado los ladrillos que conforman el edificio del presente.

Unos y otros, despreciados, unos y otros, ninguneados por aquellos que dicen que velan por el estado del bienestar. ¡Tiene “bemoles” la cosa!


                                            

domingo, 24 de diciembre de 2017

Tradición





Dicen que todo esto que se organiza en torno a la Navidad es un producto puramente comercial. Aseguran, que todo es un artificio creado en torno a no sé qué personajes de ficción. Inventan que estas fiestas son un “invento” organizado por las grandes casas comerciales, que todo es un trasegar de dineros, mercancías, fingidas necesidades, cuentos. Cuentos de aquellos que quieren embaucar a los que no pensamos como ellos.

 Nos  llaman necios porque el alma en estas fechas se alegra y tiembla como un pajarillo en el hueco de la mano protectora. Ahí estás con el corazón en el pecho renacido por el caudal de afectos que acuden en tropel a la memoria. Son tantas las manos, tantas las sonrisas, tantos los abrazos que vienen en una alarde de comunicación  a visitarnos, reviviendo la época en la cual éramos llevados en volandas sobre los pies para ejecutar una danza que habría sido imposible para nuestros aún incipientes pasos. O aquellas otras que subidos en una banqueta para alcanzar  la encimera donde se amasaba, se cortaba en pequeñas porciones, se batían salsas y  se esparcían especias, observábamos con los ojos como ventanas, abiertos al mañana.

El aire se llenaba de cantos navideños, y no era necesario que vinieran de ningún aparato, porque eran los propios habitantes de la casa los que comenzaban, recién estrenada la mañana, a entonar cantos de paz, de alegría, de ilusión. Todo se sincronizaba en una danza perfecta y no importaba el tipo de alimento, la escasez o la abundancia, lo  lleno o vacío del bolsillo.

Las viandas especiales llenaban esos días las mesas en una alarde de dedicación, trabajo e imaginación. Sonaban  risas que se expandían por todos los rincones. Se tejían jerséys  guantes y bufandas de lanas multicolores. Se fabricaban con madera patines y cunas, pequeñas cunas para meter las muñecas de trapo con  ojos de botones y boca bordada en hilo granate.

La familia se reunía en unas horas especiales y mágicas, desde el más grande al más pequeño, formando un lazo indestructible que perviviría a través de los años y que en un alarde de ternura llega hasta nuestros días.

No son cuentos, no son inventos, no son reclamos publicitarios para embaucar a los necios, son tradiciones. Una tradición que nos hace desear felicidad y que pinta la sonrisa que se escabulle durante todo el año en aras de las vivencias que nos han transmitido nuestros mayores y que antes les transmitieron a su vez sus padres y sus abuelos y sus bisabuelos.

De ahí parte toda esta parafernalia, según algunos, y gloriosos días de amor según otros. Está bien que aparquemos durante un corto periodo la vida rauda, inhóspita, fría, lejana, donde el reloj marca la prisa de los minutos que se esconden en las arrugas del tiempo.

Es bueno, aunque sea una vez al año, aunque algunos se aprovechen del tirón para llenar las arcas, aunque otros escojan el anonimato del grupo para descargar el saco de las ofensas y trunquen a veces lo que se supone una divertida cena. 

Es muy bueno, que nos reconciliamos con nosotros mismos, que brindemos abrazos, que explotemos en calidez cuando a lomos de los recuerdos llegan hasta nosotros esos  rostros serenos, esas músicas, esos cantos, esos sueños que compartimos con ellos. Que abracemos su espíritu y lo hagamos nuestro, que honremos su memoria, la de los vivos y la de los muertos. La de todos aquellos que alguna vez han estado a nuestro lado perpetuando este sueño, el sueño de las Navidades Felices y el Próspero Año Nuevo.