Octubre, lunes por la mañana, el aire todavía es amable y alborota el pelo lo justo, casi como una caricia maternal. La gran ciudad comenzó a despertar hace horas para poner en marcha su engranaje. Los primeros ocupantes de sus calles con el sueño agarrado a las pestañas comienzan sus tareas, un alboroto de trinos invade el aire que se mezcla con las risas alegres de los niños camino del colegio, pura vitalidad, fuerza arrolladora y contagiosa.
Es otra la
visión de esta ciudad cuando todo es comienzo, empuje, energía. Cada cual se
entrega a su tarea y ponen el mundo en pie interpretando una gran sinfonía. Ruidos de actividades diversas convergen en una armonía singular; las voces
reclaman materiales de una obra, los cierres metálicos de las tiendas abren sus bocas
con un ruido ensordecedor, camiones repartidores urgiendo a la entrega
entrechocan botellas, conversaciones percibidas a retazos tejen diálogos insospechados cuando se cruzan los viandantes con
pasos presurosos.
Bullicio,
testigo alegre de que vivimos en paz, que todo transcurre siguiendo la
normalidad, el plan trazado para las actividades diarias sin alteraciones ni
sobresaltos.
Qué fácil nos
parece y qué difícil de valorar a la vez. Fácil porque parece que lo natural es
que al despertar todo, con sus más y sus menos, funcione. En este mundo donde
tenemos a nuestro alcance los bienes más preciados sin echarle cuentas de lo
valioso que es tener agua en abundancia, electricidad en nuestros hogares y
todos los medios que nos resuelven la vida: sanidad, escuelas, bibliotecas,
comercios abastecidos, comunicaciones. La rueda sigue girando y nos proporciona
lo que necesitamos.
Difícil es para
todos aquellos que no tienen la suerte de disfrutar de las cosas que a nosotros
nos parece naturales. Millones de personas carecen de lo más necesario: del
agua, de la comida, de los recursos, del acceso a la educación, de la
asistencia médica más indispensable, de los apoyos gubernamentales, de la paz.
De ahí que
cada día al abrir los ojos doy un gracias gigante a la vida por todos los dones
que nos son dados y pido ser consciente de todos ellos y saber valorarlos. Hoy camino ágil por la acera despejada, dejo que la brisa acaricie mi pelo y que los ruidos de la ciudad confirmen el
hecho de que todo está en orden. La actividad trepida en las calles y la vida
prosigue su dulce cotidianidad sin sobresaltos, sin nada que lo altere a
excepción de su propio frenesí, sin nada que rompa la armonía, querida armonía,
en el proceso de la vida.

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