Nada mejor para ser conscientes del paso del tiempo y el poder del instante que observar, compartir, el desarrollo de un niño.
Cuando tenemos
a un bebé entre los brazos atentos a sus primeros balbuceos, a sus gestos más
nimios, nos parece mentira que ese ser frágil que depende en exclusiva de
nosotros y nuestros cuidados pueda convertirse en una personita que camine,
hable, coma y sepa gestionar sus necesidades. Lo miramos desarrollarse paso a
paso en esa época de noches largas y cuidados continuos que, después, en el
recuerdo, pasan en un soplo y dan paso a un período de enseñanzas y
aprendizajes, de nuevas experiencias.
Los vemos
enfrentarse a la entrada al cole por primera vez y aprender a desenvolverse en
su pequeño universo fuera del hogar. Los vemos marchar contentos con su
mochilita al hombro en el mejor de los casos, o gritando a pleno pulmón porque
no quieren ir, mientras su padre o madre le arrastra tirando de él
por una acera camino de esa escuela que a él le parece una tortura.
En un abrir y
cerrar de ojos el mismo niño se transforma en un jovencito o una jovencita que
desafían con paso firme esa misma acera rodeados de sus amigos. El salto a la
pre adolescencia es rápido, casi sin darnos cuenta tenemos a nuestro lado a
personas desarrolladas y capaces que miran el mundo desde su propia perspectiva,
con los cuales descubrimos otras maneras de enfocar la vida, de observar el
mundo, de asimilar experiencias.
Y así, en poco
más de una década, hemos sido testigos inconscientes del paso del tiempo.
––¡Qué
barbaridad! ¡Cómo han crecido estos chiquillos! ¡Si hace nada andaban gateando
por la casa y míralos ahora. ¡Parece mentira!
Ellos son la
prueba más contundente. Sin darnos cuenta, el futuro se acorta, los planes se
limitan junto con las fuerzas y las ganas, que van mermando al hacernos
mayores. Hay que tener una gran fuerza de voluntad, un corazón joven latiendo
en el pecho y buscar apoyos para poder transitar la última etapa de la vida sin
“meterse a viejo”.
Una etapa
marcada por la soledad, las pérdidas y los cambios físicos que acometen nuestro
cuerpo. Hay que buscar soportes esenciales, bien sean de esas pocas personas que sabemos que todavía podemos contar con ellas, que han formado y siguen formando
parte de nuestra vida o compañeros de actividades que levantan el ánimo e incitan a
la comunicación (no hay peor enemigo que la incomunicación, el aislamiento, la
pereza…).
Debemos buscar
y encontrar el modo y manera de caminar hacia delante. Cantar, bailar, reír, salir
de excursión, viajar y abrir los ojos cada mañana con un nuevo proyecto en la
cabeza. Dormirnos cada noche con un sueño que germine creando ilusión y
expectativas, que nos ayude a sembrar en nuestro ánimo esperanza y que pinte en nuestra
cara una sonrisa de bienvenida al día que comienza.
No podemos
dejarnos abatir por la inercia que conduce a ninguna parte. Tener objetivos,
planes y realizarlos con alegría dan un significado a las horas y los días. Ése
tiene que ser el propósito: Dar vida a los años y vivirlos a plena potencia. Lo
demás es dejarse llevar, dormitar dejándonos deslizar por la pendiente gris de
la in-dolencia. La misma palabra lo dice, con esa actitud nos sumergimos en
dolencias continuas que merman el cuerpo y el espíritu. Las personas que tienen
un objetivo no sólo viven más años, sino que, sobre todo, los viven mucho más
sanos y felices.
Mi propósito
permanente es ser consciente y poner en práctica la reflexión que hoy comparto
con todos vosotros.

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