domingo, 5 de abril de 2026

Perder la perspectiva

 

Nada mejor para ser conscientes del paso del tiempo y el poder del instante que observar, compartir, el desarrollo de un niño.

Cuando tenemos a un bebé entre los brazos atentos a sus primeros balbuceos, a sus gestos más nimios, nos parece mentira que ese ser frágil que depende en exclusiva de nosotros y nuestros cuidados pueda convertirse en una personita que camine, hable, coma y sepa gestionar sus necesidades. Lo miramos desarrollarse paso a paso en esa época de noches largas y cuidados continuos que, después, en el recuerdo, pasan en un soplo y dan paso a un período de enseñanzas y aprendizajes, de nuevas experiencias.

Los vemos enfrentarse a la entrada al cole por primera vez y aprender a desenvolverse en su pequeño universo fuera del hogar. Los vemos marchar contentos con su mochilita al hombro en el mejor de los casos, o gritando a pleno pulmón porque no quieren ir, mientras su padre o madre le arrastra tirando de él por una acera camino de esa escuela que a él le parece una tortura.

En un abrir y cerrar de ojos el mismo niño se transforma en un jovencito o una jovencita que desafían con paso firme esa misma acera rodeados de sus amigos. El salto a la pre adolescencia es rápido, casi sin darnos cuenta tenemos a nuestro lado a personas desarrolladas y capaces que miran el mundo desde su propia perspectiva, con los cuales descubrimos otras maneras de enfocar la vida, de observar el mundo, de asimilar experiencias.

Y así, en poco más de una década, hemos sido testigos inconscientes del paso del tiempo.

––¡Qué barbaridad! ¡Cómo han crecido estos chiquillos! ¡Si hace nada andaban gateando por la casa y míralos ahora. ¡Parece mentira!

Ellos son la prueba más contundente. Sin darnos cuenta, el futuro se acorta, los planes se limitan junto con las fuerzas y las ganas, que van mermando al hacernos mayores. Hay que tener una gran fuerza de voluntad, un corazón joven latiendo en el pecho y buscar apoyos para poder transitar la última etapa de la vida sin “meterse a viejo”.

Una etapa marcada por la soledad, las pérdidas y los cambios físicos que acometen nuestro cuerpo. Hay que buscar soportes esenciales, bien sean de esas pocas personas que sabemos que todavía podemos contar con ellas, que han formado y siguen formando parte de nuestra vida o compañeros de actividades que levantan el ánimo e incitan a la comunicación (no hay peor enemigo que la incomunicación, el aislamiento, la pereza…).

Debemos buscar y encontrar el modo y manera de caminar hacia delante. Cantar, bailar, reír, salir de excursión, viajar y abrir los ojos cada mañana con un nuevo proyecto en la cabeza. Dormirnos cada noche con un sueño que germine creando ilusión y expectativas, que nos ayude a sembrar en nuestro ánimo esperanza y que pinte en nuestra cara una sonrisa de bienvenida al día que comienza.

No podemos dejarnos abatir por la inercia que conduce a ninguna parte. Tener objetivos, planes y realizarlos con alegría dan un significado a las horas y los días. Ése tiene que ser el propósito: Dar vida a los años y vivirlos a plena potencia. Lo demás es dejarse llevar, dormitar dejándonos deslizar por la pendiente gris de la in-dolencia. La misma palabra lo dice, con esa actitud nos sumergimos en dolencias continuas que merman el cuerpo y el espíritu. Las personas que tienen un objetivo no sólo viven más años, sino que, sobre todo, los viven mucho más sanos y felices.

Mi propósito permanente es ser consciente y poner en práctica la reflexión que hoy comparto con todos vosotros.




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