jueves, 5 de febrero de 2026

No es solo la ausencia



Lo más doloroso no es la ausencia, ni la búsqueda a trompicones de la presencia perdida, ni el golpe en el estómago cuando le asalta el recuerdo, ni el estupor que produce saber que no volverá a oír su voz, ni a ver su sonrisa, que no volverá a sentir sus caricias bruscas y cálidas.

Qué curioso que las manos diestras para cualquier oficio, espléndidas para cualquier trabajo por fino que fuera, se tornaran torpes a la hora de acariciar, de intentar transmitir afecto, ternura. Incluso cuando palpaba a su perro era con palmadas secas, ásperas. El animal aguantaba con resignación pestañeando al ritmo de los golpes. Le miraba como diciendo, te comprendo, sé lo que sientes, mientras restregaba la cabeza contra sus piernas con un cuidado infinito, como queriendo enseñarle la forma de hacerlo.

Nunca se apartaba de su lado desde el día en que siendo un cachorro, travieso como el que más, se comió una bombilla. Con el espanto en los ojos, sin poder emitir ningún sonido y los cristales atascados en la garganta buscó ayuda desesperadamente, y esa vez sí, las manos que palpaban con rudeza su lomo en expresión de afecto fueron diestro artífice para, tras percatarse de la situación, abrir el hocico del perrillo asustado y extraer un cristal grande que tenía atravesado en la garganta, con una limpieza absoluta, sin hacerle ni un rasguño.

Qué alivio, cómo saltaba el cachorro a su alrededor haciendo mil fiestas, lamiéndole loco, expresando con ladridos cortos y alegres su gratitud.

Desde entonces fueron inseparables, allí dónde estuviera el uno estaba el otro. Cuando le sentía fatigado o triste, se pegaba a sus piernas como una sombra, él de vez en cuando lo acariciaba distraído, casi, casi, con suavidad, en cambio revoloteaba a su alrededor como las aspas de un molino cuando le sabía alegre, comunicador.

Al despuntar el alba Antonio salía a recoger la fruta tentadora que colgaba de los árboles. Dependiendo de la época del año volvía con un gran cesto de mimbre lleno de higos jugosos y dulces que todavía destilaban una gotita de miel, manzanas doradas, rojas cerezas, melocotones suaves como el terciopelo, o moras, bolsas llenas de moras arrancadas en los zarzales del camino, que comía con deleite sin importarle la huella morada que le dejaban en la boca y en las manos, y que volcaba al llegar a casa en la encimera de la cocina mirando a Julia con una sonrisa de chaval travieso.

––¿Me harás una mermelada de esas que tú haces tan ricas?

¿Cómo negarse ante tan encantadora petición? Él bien sabía que era un engorro preparar el dulce. Sobre todo, colar la mermelada para que no quedara ni una sola de las duras semillas en la pasta espesa que resultaba de hervir las moras con el azúcar. También sabía que ver el gusto con que se comía el dulce era para Julia la mejor recompensa.

A menudo se perdía durante horas atareado con mil trabajos diferentes, rastrillando el camino para que fuera más accesible la entrada, cavando alcorques que retuvieran el agua o arrancando las malas hierbas que crecían avariciosas en la pequeña huerta. De improviso lo llamaba por su nombre golpeándose las piernas como reclamo y el perro acudía como una bala a empotrarse contra su pecho, rodando a veces los dos por el suelo hechos un torbellino.

A pesar de no saberlo expresar, Antonio era un hombre tierno, sensible, cariñoso. Quizás esa faceta se la cercenaron en su infancia, una infancia con regusto amargo, falta de expresiones físicas del amor, que, sin embargo, le transmitieron de otras muchas maneras. Él lo percibió, lo disfrutó, lo cultivó dentro de sí y lo transmitió a su vez, también a su manera, con una intensidad tal que les impregnó para siempre con su sello indeleble.

De ahí la incredulidad, la incertidumbre. La duda, el asombro y la angustia fueron compañeros inseparables de Julia durante los días amargos que siguieron a su partida, a su ausencia definitiva. El olor inconfundible que percibía penetrante en los momentos más insospechados, le hacía volver la cabeza en su busca para encontrar el vacío una vez más. La cara risueña, que veía con toda claridad en su imaginación transmitiéndole seguridad. Su voz serena que tantas veces le infundió ánimo o compartió confidencias no expresadas a nadie, quizás ni a sí mismo, resonaba en sus oídos. Sus manos tan parecidas a las suyas y que aun aprieta en su imaginación cuando como hoy, busca un punto de apoyo para encajar con una sonrisa el avance imparable de los hechos y sucesos de la vida.