jueves, 5 de marzo de 2026

La Cita



Debajo del puente está oscuro, del río asciende una niebla espesa. Lo veo acercarse confiado. No es la primera vez que nos encontramos.

––Llegas puntual.

Me mira y asiente.

––Supongo que has conseguido más datos.

––Supones bien.  Los he conseguido.

Está más serio que de costumbre. Sin darle tiempo para pensar paso al ataque.

––¿Recuerdas lo que hablamos? Lo he confirmado. Ella atraviesa todas las tardes este puente. Sola, cuando no pasa nadie.

Veo cierta reticencia en el gesto.

––Tranquilo. Sabes que es lo mejor. Tú ya no la quieres. ¿Qué otra cosa puedes hacer?

Me vuelvo y le enseño el camino de ascenso. Unos escalones hechos en la tierra ocultos tras los matojos.  

––Ese es un buen escondrijo. Desde allí te será muy fácil. ¿Cómo has pensado hacerlo?

De nuevo le veo vacilar. Busca mi apoyo para seguir con su plan. Un plan que no es suyo. Un plan que no ha nacido de él. Un plan que no se le habría ocurrido a su cerebro de mosquito.

––No sé. Hay tantas maneras de quitar la vida…

––Recuerda. Fue ella la que te dejó. La que traicionó tu confianza. La que se burló en tu cara cuando trataste de contarle tus miedos. La que te arrojó de vuestra casa para abrirle la puerta a un extraño.

Veo como le cambia el gesto. Aprieta los labios, contrae el ceño y se pasa la mano por la frente. Los ojos, apenas una raya, miran con determinación hacia el camino.

––Escucha. Alguien viene. No pierdas más tiempo.

Sin dudarlo comienza a subir los escalones fangosos, después de un par de resbalones consigue llegar a los matorrales. Desde allí, acecha como un animal a su presa. 

Ella se acerca confiada. Al otro lado está su nuevo amor. Ya era hora de que tuviera algo de suerte en la vida. Años de sacrificios, de apoyar a ese memo que no sabía hacer nada sin ella. Maldito idiota. Un inútil. Cuando le dijo que se fuera se quedó embobado lagrimeando y pidiendo por favor que no lo echara. ¡Que espectáculo tan patético! Incluso cree que mojó los pantalones cuando le abofeteó. Con qué ganas le habría tirado escaleras abajo.

En ese momento siente el tirón de pelo y unos dedos aferrándose a su garganta. Sin poder oponer resistencia cae hacia atrás. Situación que él aprovecha para descargar un golpe con todas sus fuerzas. Al primero le siguen una sucesión de puñetazos. La golpea en la cabeza, en la frente, en la cara.

––Ya te tengo donde yo quería, zorra. Dime ahora que no me quieres. Vuelve a decirme que no te importo lo más mínimo.

Sin dejar de increparla comienza a patearle con furia la cabeza. Descarga en ella su rabia, sus años de frustración, de sometimiento.

          Con cada patada se va sintiendo mejor. Es un gozo escuchar sus gritos, los gemidos de dolor. El crujir de los huesos. Verla encogida, hecha un amasijo sanguinolento, los brazos alzados en un gesto inútil para protegerse.

          En su danza macabra tropieza con una roca que levanta con ambas manos.

           ––¡Mírame, quiero verte la cara! Quiero que me mires antes de aplastarte el cráneo. No puedes detenerme. Recuerdas que de pequeño no me dejabas jugar con piedras, mamá. 

 


jueves, 5 de febrero de 2026

No es solo la ausencia



Lo más doloroso no es la ausencia, ni la búsqueda a trompicones de la presencia perdida, ni el golpe en el estómago cuando le asalta el recuerdo, ni el estupor que le produce saber que no volverá a oír su voz, ni a ver su sonrisa, que no volverá a sentir sus caricias bruscas y cálidas.

Qué curioso que las manos diestras para cualquier oficio, espléndidas para cualquier trabajo por fino que fuera, se tornaran torpes a la hora de acariciar, de intentar transmitir afecto, ternura. Incluso cuando palpaba a su perro era con palmadas secas, ásperas. El animal aguantaba con resignación pestañeando al ritmo de los golpes. Le miraba como diciendo, te comprendo, sé lo que sientes, mientras restregaba la cabeza contra sus piernas con un cuidado infinito, como queriendo enseñarle la forma de hacerlo.

Nunca se apartaba de su lado desde el día en que siendo un cachorro, travieso como el que más, se comió una bombilla. Con el espanto en los ojos, sin poder emitir ningún sonido y los cristales atascados en la garganta buscó ayuda desesperadamente, y esa vez sí, las manos que palpaban con rudeza su lomo en expresión de afecto fueron diestro artífice para, tras percatarse de la situación, abrir el hocico del perrillo asustado y extraer un cristal grande que tenía atravesado en la garganta, con una limpieza absoluta, sin hacerle ni un rasguño.

Qué alivio, cómo saltaba el cachorro a su alrededor haciendo mil fiestas, lamiéndole loco, expresando con ladridos cortos y alegres su gratitud.

Desde entonces fueron inseparables, allí dónde estuviera el uno estaba el otro. Cuando le sentía fatigado o triste, se pegaba a sus piernas como una sombra, él de vez en cuando lo acariciaba distraído, casi, casi, con suavidad, en cambio revoloteaba a su alrededor como las aspas de un molino cuando le sabía alegre, comunicador.

Al despuntar el alba Antonio salía a recoger la fruta tentadora que colgaba de los árboles. Dependiendo de la época del año volvía con un gran cesto de mimbre lleno de higos jugosos y dulces que todavía destilaban una gotita de miel, manzanas doradas, rojas cerezas, melocotones suaves como el terciopelo, o moras, bolsas llenas de moras arrancadas en los zarzales del camino, que comía con deleite sin importarle la huella morada que le dejaban en la boca y en las manos, y que volcaba al llegar a casa en la encimera de la cocina mirando a Julia con una sonrisa de chaval travieso.

––¿Me harás una mermelada de esas que tú haces tan ricas?

¿Cómo negarse ante tan encantadora petición? Él bien sabía que era un engorro preparar el dulce. Sobre todo, colar la mermelada para que no quedara ni una sola de las duras semillas en la pasta espesa que resultaba de hervir la fruta con el azúcar. También sabía que ver el gusto con que se comía el dulce era para Julia la mejor recompensa.

A menudo se perdía durante horas atareado con mil trabajos diferentes, rastrillando el camino para que fuera más accesible la entrada, cavando alcorques que retuvieran el agua o arrancando las malas hierbas que crecían avariciosas en la pequeña huerta. De improviso lo llamaba por su nombre golpeándose las piernas como reclamo y el perro acudía como una bala a empotrarse contra su pecho, rodando a veces los dos por el suelo hechos un torbellino.

A pesar de no saberlo expresar, Antonio era un hombre tierno, sensible, cariñoso. Quizás esa faceta se la cercenaron en su infancia, una infancia con regusto amargo, falta de expresiones físicas del amor, que, sin embargo, le transmitieron de otras muchas maneras. Él lo percibió, lo disfrutó, lo cultivó dentro de sí y lo transmitió a su vez, también a su manera, con una intensidad tal que les impregnó para siempre con su sello indeleble.

De ahí la incredulidad, la incertidumbre. La duda, el asombro y la angustia fueron compañeros inseparables de Julia durante los días amargos que siguieron a su partida, a su ausencia definitiva. El olor inconfundible que percibía penetrante en los momentos más insospechados, le hacía volver la cabeza en su busca para encontrar el vacío una vez más. La cara risueña, que veía con toda claridad en su imaginación transmitiéndole seguridad. Su voz serena que tantas veces le infundió ánimo o compartió confidencias no expresadas a nadie, quizás ni a sí mismo, resonaba en sus oídos. Sus manos tan parecidas a las suyas y que aun aprieta en su imaginación cuando como hoy, busca un punto de apoyo para encajar con una sonrisa el avance imparable de los hechos y sucesos de la vida.