martes, 5 de agosto de 2025

Anuncios

 


Anuncios en las marquesinas de los autobuses, que tienen el objetivo, de vender.

Vender lencería, colonias, ropa de baño, etc. y, que por esa mirada tan alabada por ciertos hombres, mirada masculina -dicen, inherente a su condición de varón, sirve, para despertar la lascivia de los corazones de viejo verde (no importa la edad) que piensan que esas mujeres, a veces muy jóvenes, que provienen de distintas carreras en las cuales a base de esfuerzo han logrado tener éxito y una posición en la vida, según ellos, exponen su cuerpo con la única intención de provocar el deseo.

- ¿Qué necesidad tienen de hacer eso?  -se jalean unos a otros- ¿Se tienen que vestir así para cantar, bailar o andar por la calle? Porque luego las chicas las copian y van enseñando todo.

- Y luego querrán que no las violen, si lo van pidiendo a gritos.

Esta conversación, pensamiento, elaboración, aunque parezca mentira, sigue vigente en nuestros días. Quiero creer que son el reducto de una educación machista que muchas veces se enmascara en hombres supuestamente avanzados, que defienden los derechos de la mujer y se proclaman a sí mismos feministas. Que acuden a manifestaciones apoyando la liberación de la mujer y defienden a voz en cuello que la mujer tiene que ser libre.

Las quieren libres, sí, pero no libres de sus miradas, pensamientos y conductas que son capaces de transformar una foto hecha en un contexto laboral con el único propósito de vender lencería, para excitarse y usarla como estímulo para pajearse.

Desde hace muchos años existen cantidad de posibilidades en revistas para adultos, cine X, lugares de citas y tantos y tantos lugares donde relacionarse o buscar esa excitación en soledad, sin tener que mancillar a las mujeres, que, lo último que imaginan, es que el resultado de su trabajo, sea motivo de provocación en las mentes enfermas de los hombres poco evolucionados que sólo ven carne donde hay arte.

Como siempre, nos salva que esos son unos pocos, reductos del pasado gris de este país. Las nuevas generaciones saben distinguir y pueden disfrutar de un concierto donde la ropa, tanto de hombres como de mujeres forma parte del espectáculo, de la caracterización que ha estado unida siempre al mundo del teatro sin que se les salgan los ojos de las órbitas. Lo importante para ellos, es la música, las luces, los bailes, el show en sí mismo y el mundo de color que se abre en un derroche de esfuerzo, trabajo, horas de ensayo y años de dedicación para conseguir un resultado que va mucho más allá de una simple contemplación-exhibición del cuerpo.

Todo eso que no le importa al baboso que únicamente ve una mujer casi en cueros que le mira desde una marquesina de autobús con el sólo propósito, según piensa, de provocar su excitación. Eso que puede encontrar, como he dicho, en otros muchos lugares y espacios cuyo objetivo, tan digno como cualquier otro trabajo, es satisfacer instintos y pasiones.

No hay necesidad de manchar, ni denigrar la imagen de una cantante, modelo, actriz o aspirante a serlo que da sus primeros pasos haciendo una foto para una colección de lencería y que jamás imaginaría en manos de quien y con qué objetivo ha acabado su fotografía.

Sean consecuentes señores con sus manifestaciones y dejen que las mujeres ejerzan su libertad sin mancillarlas. A estas alturas de la evolución del ser humano, creo que no es mucho pedir.

 

 

 

sábado, 5 de julio de 2025

La caridad bien entendida...

 


Cuando se enamora Caridad se vuelve vulnerable. Frágil. Deja de pertenecerse. Su tiempo, pensamientos y deseos rolan, cambian sus metas y objetivos. El ser amado se convierte en el centro y, todo, gira a su alrededor.

Conocedora como es de su talón de Aquiles, cuando el amor la hiere se protege. Y para hacerlo, recoloca emoción y pensamiento.

Despeja balones. Reconquista espacios. Distribuye tiempo y afectos. Renace de sus tribulaciones y se enfrenta a la existencia con la quieta placidez del que sabe lo que quiere.

Mañana será otro día. Tranquilo. Indiferente. Sin altibajos. Más suyo. La felicidad consiste en no desear. La felicidad es ser fiel a sí misma. La felicidad es valorar lo que tiene, los pies en la tierra y la lógica por bandera.

Caridad se vuelve vulnerable cuando se enamora. Corazón frágil expuesto a los vientos cuando arrecian. Su reacción entonces es apartarse, para defenderse, para que el tiempo recobre su dimensión.

Esa es su salvaguardia. Poner distancias, recolocar objetivos y protegerse del dolor. Volver a ser ella en plenitud. Volver a pertenecerse.

Consciente, de que el amor es sólo un estado de locura transitorio, se pone su coraza y salta a la arena dispuesta a no ser una víctima fácil de sus propios sentimientos.

Es su reacción espontánea. Una forma, quizás torpe, pero bastante efectiva, de no sufrir.  A Caridad le sirve a ratos, como a tantos otros, escurrir el bulto ante los problemas, disfrazar fealdades y entretenerse con las banalidades superfluas de esta sociedad adocenada.

Hubo un tiempo en el que sucumbía, se dejaba la piel en la contienda y, como resultado, caía en lo más profundo del pozo. Remontar, después, era un esfuerzo de titanes.

De todo se aprende y ella aprendió a protegerse de sí misma. A lanzar balones fuera, a alejar contiendas, a separar la paja del trigo y salir indemne sin tener que lamerse las heridas.

Un corte brusco. Una sacudida. Un letargo y la vida comienza de nuevo, sin rémoras, sin ataduras que rompan su armonía.

Abierta al devenir de un tiempo mejor, deja atrás sinsabores con la seguridad plena de lograr su objetivo: Disfrutar de la vida a su modo y manera.

 


jueves, 5 de junio de 2025

Así soy

 


Soy como el viento solano que esparce semillas. Como la diáspora del día que alumbra caricias. Como el canto serrano del cantor aventurero que abarca caminos montado en alazán de acero. Soy terremoto y pellizco que estremece tus adentros. Soy caricia y veleidad. Constancia y desapego. Soy el final de todo y el comienzo de algo nuevo. Soy explosión de alegría que sacude al mundo entero y recorro con mis trinos espacios y tiempos. Como un pájaro, libre, extiendo mis alas y emprendo el vuelo.



lunes, 5 de mayo de 2025

El caballero - final

El fiasco fue al comunicarme el destino. Mi puesto era en uno de los barrios marginales más conflictivos de la ciudad. Resumiendo, el que nadie quería. Imagina mi desilusión y mi susto, unido a la rabia, cuando supe que yo había sido el número uno. ¿El problema? A Fulanito de tal, hijo de Menganito de cual, le amparaban no sólo las relaciones del padre, sino que además pertenecía a la cuerda de los ganadores. Nuestra familia por aquel entonces no cosechaba muchas simpatías.

Cosas de la política.  Desafectos nos llamaban. Y así sin comerlo ni beberlo se mezclaron churras con merinas y yo me vi represaliado por no sé qué extrañas circunstancias. Aún hoy, me sigue pareciendo una arbitrariedad. La misma que sigue campando libremente según me hablas. Y tú dirás: —¡Vaya cosas me cuenta mi abuelo para darme ánimos!

          —Pues sí, Lolilla. Todo tiene su cara y su cruz. Lo que yo pensé que sería una maldición se convirtió en mi mejor enseñanza. Los pacientes me acogieron como jamás imaginé. Tras los años de espera, tener por fin consulta y médico en su arrabal, hizo que se desvivieran conmigo colaborando en todo aquello que facilitaba mi tarea.

Tampoco —continuó el abuelo— en mi larga trayectoria he tenido la oportunidad de realizar una labor más humana y generosa. Volví convertido en un buen médico y una mejor persona. De esa fuente he bebido para los restos. Por eso, hija, no desesperes. La vida nos ofrece muchas veces lo que necesitamos. Aprovecha cada oportunidad que se te brinde y no hagas demasiado caso de lo que parecen obstáculos. Infinidad de veces son catapultas que te lanzan a la victoria.

          Después de esta confidencia extendió sus manos arropando las mías, cálidas y amorosas. Como en tantas ocasiones su fuerza me llegó en una onda de energía. Todo volvería a la normalidad.

           —Seguro que tienes razón, abuelo. Es mucho más lo bueno. Lo malo asoma a la superficie, como el aceite. Debajo existe un océano de generaciones que han forjado esta Región pródiga y luminosa.

          — ¿Quieres que salgamos a pasear?

          Asentí con la cabeza. Acercándome a la percha le tendí su prenda favorita. Cuando salimos al fresco de la noche su imagen llenó las calles.  Allí estaba de nuevo, enfundado en su capa española, gentil y arrogante. Mi caballero.



sábado, 5 de abril de 2025

El caballero - parte 2

 


II

Este es su abuelo. Un auténtico hombre de bien que le enseñó a desenvolverse en el mundo. De su ejemplo saca las fuerzas si no las tiene sobradas. De sus cuentos y memorias arranca su amor a la Literatura. De ahí su profesión. 

La que ostenta con orgullo y por la cual actualmente tiene que luchar. No puede dejarse adocenar por las corrientes que destruyen los valores que él le inculcó.

—¿Recuerdas, Lolilla? ¡Nunca hay que tirar la toalla!

 —Escucha decir a su abuelo en los momentos de duda —Querer es poder y no siempre llueve a gusto de todos. ¡No desfallezcas, sigue adelante por muy difícil que te parezca! Esto también será pasado. Nada hay permanente y lo que hoy te parecen altas montañas, desaparecerán sin dejar rastro una vez superadas las dificultades.

—Es fácil decirlo abuelo, yo te escucho, pero tú no sabes cómo ha cambiado la sociedad. Nada tiene que ver con la que tú y yo compartimos. Los tratos se hacían con un apretón de manos y los términos honor, amistad, compromiso, esfuerzo y lealtad, tenían un significado. Ahora impera el mercadeo, el oportunismo, la ingratitud, la ambición, el despotismo y la sinrazón.—argumenta Dolores.

—Es muy complicado mantenerse al margen sin que los propios compañeros te señalen con el dedo— le explica con detalle—. Sin que te aparten de los claustros. Sin que pongan en duda el trabajo docente que he desarrollado durante años. Fiel a mis principios. Eso hoy en día no se lleva, abuelo. Y no sé qué puedo hacer.

         Ven, siéntate aquí, como si todavía fueras mi niña. Te voy a contar algo que quizá no recuerdes.

Acababa de terminar mis estudios y me propusieron optar a una de las plazas de médico titular que salieron por aquellos días. Por mi buen expediente académico y mi facilidad para el estudio, permíteme la inmodestia, tenía muchas posibilidades de hacerme con una de ellas. No lo dudé. Presenté los papeles necesarios, hice acopio de apuntes y manuales, registré la biblioteca cosechando cuantos volúmenes me pudieran ayudar a conseguir mi propósito y me dispuse a librar la batalla. 

Los años de aprendizaje y práctica me sirvieron para desarrollar mi vocación: ayudar a los enfermos.

«Fueron meses intensos, no me levantaba de la mesa salvo para cubrir mis necesidades. Dormía lo justo y una vez despejado, volvía a enfrascarme en los temarios. Incansable. 

Los días de exámenes, los más excitantes. Cada prueba ganada me hacía coger impulso para la siguiente. En ese estado de agitación llegó la última y definitiva. Ahí nos jugábamos, el todo por el todo, los últimos cinco candidatos.

Fue agotador y los cinco echamos el resto. Una vez terminado sólo nos quedaba esperar. Los resultados, nos dijeron, se publicarían en breve. Y en breve, según lo dicho, pude verificar si me encontraba en la lista de los afortunados. Todavía veo las letras bailando delante de mis ojos en la rápida búsqueda de mi nombre. Y ¡sí! ¡Allí estaba! ¡Lo había conseguido!

Continuará...

miércoles, 5 de marzo de 2025

El caballero - Parte 1

 


I

El recuerdo de su abuelo la ha acompañado toda su vida. En estos tiempos difíciles, cuando remontar el día a día es una carga pesada sobre los hombros, se hace más rotundo. Cada despertar, el impulso vital anida en el corazón de Dolores y la empuja a salir, enfrentando el mundo y sus circunstancias.

          Hace un tiempo que la sonrisa perenne que aleteaba en sus labios se ha cambiado por el gesto fruncido que anuncia determinación y entereza. No en vano desciende de una estirpe de hombres y mujeres acostumbrados a la lucha. En los momentos más acuciantes supieron sobreponerse y llevar a cabo sus propósitos defendiendo lo que consideraban suyo, con una fortaleza difícil de superar.

          Su impronta ha dejado una huella indeleble nutrida en las muchas tardes invernales paseando con él por la Avenida Alfonso X, disfrutando del gorjeo de los pájaros y la luz brillante de su tierra natal. Qué feliz cuando recorrían juntos las calles descubriendo los sucesos acontecidos en cada rincón, la gran capa revolando en el aire. Una prenda que lucía como pocos, gallardo y altanero. Su figura se hacía imponente, semejante a los caballeros medievales que admiraba en los libros de historia.

          Nunca volvió a sentirse tan protegida como cuando, cubierta por la capa, la veía ondear sacudida por las zancadas raudas de su abuelo, la sonrisa escondida tras el mostacho y la picardía asomando entre las pestañas.

          En las mañanas floridas se sentaban bajo los fresnos reflejados en el arroyo que multiplicaba sus canales para regar la huerta de la casa familiar. Casa que hacía las delicias de los pequeños en los meses de verano, donde en las noches estrelladas escuchaban absortos las historias que les contaba. Crónicas del Rey Sabio que llegó a esas tierras para protegerlas y honrarlas y de cómo le enamoraron sus gentes, su carácter y los amaneceres blancos, en que los coros de hombres desgranaban cantos extendidos en sus voces por vegas y riberas.

          Francisco era un hombre recio, de torso fuerte, ojos penetrantes y mirar sereno. De costumbres devotas, cada alborada emprendía su ruta hacia la Iglesia de San Andrés, asomaba levemente la cabeza, descubierta del sombrero, y saludaba a la Virgen de la Arrixaca, su máxima valedora, confidente en los buenos y malos momentos. Con su protección superó los escollos que la existencia le puso en el camino. De ahí que sin falta pasara por la Capilla Real a visitar a María, que respondía a su saludo, o al menos a él se lo parecía, con una sonrisa de ángel.

Después comenzaba sus asuntos, ligero, con la satisfacción del deber cumplido. Desde allí encaminaba sus pasos hacia el Casino donde desgranaba las horas leyendo la prensa, departiendo con algún buen amigo sobre lo divino y lo humano y estudiando en la gran biblioteca.

No se sabía muy bien si la Virgen estaba en Murcia antes que el Príncipe Alfonso llegara a la ciudad, o la trajo él consigo. Lo cierto es que fue la inspiración de alguna de sus famosas Cantigas, en especial una que a Francisco le gustaba recitar con su voz bien timbrada al corro de nietos sentados a los pies de la mecedora. Sentimiento y pasión vibrando en cada verso. Ellos escuchaban atentos, tratando de entender aquel idioma lejano en el tiempo.

          Así le evoca Dolores, enfrascado en sus textos, hasta que los niños corrían a interrumpirle y, le pedían otra aventura de su tierra. Esa tierra que aprendieron a amar a través de sus palabras. Francisco, dejaba el libro, abría sus brazos en un gesto cercano y los animaba a aproximarse. Cuando los tenía a su alrededor miraba a la lejanía perdida la vista en los recovecos del pensamiento hasta encontrar el hilo conductor. Entonces comenzaba la leyenda, poesía o canto que inspiraban sus narraciones. A Dolores le fascinaba más que a ninguno de sus primos, que a ratos se ponían a correr inquietos desahogando sus ardores infantiles. Ella, sin embargo, permanecía absorta, hipnotizada. Sin perderse ni una sílaba, ni un gesto, ni un ademán del galante hidalgo que era su abuelo...              (continuará)




miércoles, 5 de febrero de 2025

Confidencias con la almohada

 


Me permites una confidencia, mi viejo amigo, amor, amante. No sé si tú alguna vez has tenido la suerte de compaginar con alguna de tus parejas biorritmos, fuerzas, ganas.

En este deambular por las distintas etapas que conforman nuestra vida nos encontramos en tantas y tan diversas situaciones, enriquecedoras, versátiles, cambiantes.

Cada una de ellas nutre y estimula, alimenta, amplía y alienta nuestros horizontes, siembra semillas de nuevos encuentros, de nuevas experiencias.

Sorprende, si nos paramos a pensar, las diferencias entre las distintas relaciones sentimentales que hemos tenido. Con cada una de ellas hemos coincidido en un punto y un término espacial. Todas con un principio y un fin. Lo que las hace más enriquecedoras, porque cuando ya no aportan nada, dejan paso a lo que vendrá.

En alguna fueron los pocos años los que unieron nuestros destinos, ritos de iniciación, juventud, pasión, sueños de independencia, de justicia, de libertad. Rebeldes con causa, descubrimos y exploramos desde nuestra inexperiencia las nuevas sendas, en la supervivencia, en el amor, en el sexo.

En otras fue la atracción animal, puras feromonas bailando entre los cuerpos subyugados el uno por el otro, sin cortapisas. Deleite de los sentidos, una concupiscencia cómplice que abarcó todos los mundos posibles: música, baile, pasiones del alma, viajes, amables rutinas. Pequeños placeres diarios que hacían la vida sabrosa. Gustos en comunión sin alteraciones de ritmos ni horarios. Los cerebros respondían al mismo biorritmo solar.

Tempo sincronizado. Tic, tac. Sin forzar situaciones. Natural como el día y la noche, sin más.

Otros compañeros de travesía compaginaron amaneceres y lunas, veredas y ensenadas, volcanes y paisajes helados, ternura y solidez, mares y montañas que atraparon nuestras huellas, voluntad, resistencia, compañía, generosidad y entrega, unido a las ganas reales de permanecer, de ser, de estar.

¿Me permites una confidencia mi viejo amigo? Tú y yo sabemos de muchas cosas, pero al final, es nuestra experiencia lo que prima. Son los años vividos, si hemos querido aprender, los que nos aportan la sabiduría para mirar el mundo desde arriba y escoger, con serenidad, lo que queremos, siendo conscientes de que tenemos mucho más camino andado que el que nos queda por caminar.

Déjame que te cuente, mi inmaduro, viejo y querido amor-amigo lo que significa tener el mismo biorritmo, el mismo tempo, la misma mentalidad y coincidir no en años, sí en percepciones. Lo que significa escuchar al unísono la música inigualable que nos permite danzar. Un dos tres, un dos tres, juntos, al mismo compás.




domingo, 5 de enero de 2025

Las horas distintas

 


Son esas horas en que las envejecidas amas de casa se permiten disfrutar de un pequeño placer. Libres por los años que cuentan de obligaciones y servidumbres. Viudas del marido que encorsetó su vida y que afortunadamente se adelantó en su partida. Desamparadas por los hijos y nietos que, una vez cubierto su cupo de necesidades, se contentan con hacerles una llamada de tarde en tarde.

Alguno, generoso, la llama casi todas las noches para mantener el mínimo contacto y estar así al tanto de posibles movimientos en los escasos fondos del banco. No vaya a ser que a su madre anciana le dé por dilapidar a estas alturas los cuatro cuartos que tiene y, de paso, controla todo aquello que puede ser de su interés personal: como saber si en el verano puede disponer de la casita en el campo que linda con El Escorial o del apartamento en Torremolinos que comparte y pugna con sus hermanos.

Mujeres de pocos recursos con pensiones insuficientes que viven solas y que arañan algún que otro plácido rato, como éste, donde vienen a la peluquería humilde regentada por una familia que llegó al barrio hace más de veinte años y que, en la actualidad, pertenece a estas calles tanto como sus longevas clientas.

Mujeres de pelos blancos, pieles ajadas, ojos de mirada mortecina y movimientos cansados recuestan indolentes los cuerpos amorfos sobre los sillones desgastados, como ellas, por años de servicios prestados.

Es su rato de gloria, posiblemente pasan semanas sin que nadie las toque. Aquí sienten el tacto de otros dedos frotando su cabeza, la amable caricia de las manos que masajean sus hombros o recorren, casi con ternura, la frente ajada para separar un mechón rebelde que se ha escapado de la toalla enrollada en la cabeza.

Algo inusual en sus vidas huérfanas de abrazos, de contacto, de cercanía.

Por un par de horas, tiempo necesario para que les apliquen el tinte, les laven el pelo y las peinen, su cuerpo recibe el contacto de otras pieles. Tiempo en el cual apenas hablan en esta peluquería diferente donde la laboriosidad prima sobre cualquier otra circunstancia que pueda alterar el ritmo imparable del trabajo.

Algunas lo intentan sin mucho éxito.

—A mí me gusta estar callada, el silencio es música para mí —dice con una voz carrasposa y chillona una nonagenaria apuntando enfáticamente con el dedo índice hacia su pecho. Busca una respuesta a su alrededor, que no obtiene. Después de un par de intentos sumerge la mirada en el espejo que le devuelve su imagen.

—Cada vez me parezco más a mi madre —piensa y su imaginación vuela a los años en que, siendo joven, su piel era sonrosada y tersa, su mirada alegre y ninguna arruga surcaba su cara.

—Pero aún estoy aquí —se dice y una sonrisa maliciosa cruza su rostro mientras hace un listado mental de todos esos a los que ha ganado, muchos de los cuales están criando margaritas desde hace años. A pesar de la soberbia de la que hacían gala cada vez que podían y de lo que intentaron machacarle la vida; ella todavía sigue aquí y en muy buenas condiciones para sus recién cumplidos noventa y siete años.

Con esos pensamientos alentadores bailando en su cabeza, cierra los ojos y se deja arrastrar por el agradable sopor que la invade.