jueves, 5 de diciembre de 2024

La sombra de Rebeca

 



En muchas ocasiones, había sido motivo de discusión la perentoria necesidad que tenía Gandolfo de ir a su casa los días en los que su fiel y estimada mucama acudía a su domicilio, dos veces a la semana para ser más exactos.

           ––Es que no lo entiendes–– decía con voz y gesto alterado––. Yo tengo que ir. Llevo cuatro noches sin aparecer por casa y se va a encontrar la cama sin deshacer.

          Florinda se quedaba pasmada, pues no entendía tales obligaciones con la persona que supuestamente estaba para limpiar la casa, no para rendirle cuentas.

          Más de una vez, cuando argumentaba que, si él no estaba, Venancia no iba a tener nada que hacer, Florinda le repetía que, en una casa y más como la suya, llena de libros, cientos de adornos, plantas gigantes que acumulan el polvo en sus grandes hojas de metros de extensión, amén de cachivaches amontonados de distintas y varias maneras; siempre hay algo que hacer. Estés tú o no.

          Para más inri, antes de soltarle un exabrupto sobre la obligación ineludible que tenía con su asalariada, había puesto mil pretextos para los cuales escogía, casualmente, los lunes y jueves, coincidiendo con la ida de su estimada y nunca bien ponderada asistenta.

          Comidas compartidas, días libres pagados además de las vacaciones, cuyas fechas, no faltaría más, escogía ella de acuerdo a sus intereses. Regalos intercambiados de sus respectivos viajes. Citas médicas o asuntos propios coincidiendo siempre con los días en los que trabaja para él, no para los otros domicilios. Faltar en plena obra, porque mire usted qué casualidad, ella se estaba mudando y le resultaba imposible ir. Tardar semanas en limpiar unos cristales. No plancha, la lavadora la quiere poner él. No friega cacharros ni limpia la cocina, porque si alguien cocina, hay que dejar el lavavajillas puesto y todo recogido. Inexplicable ¿verdad? A no ser que haya una razón desconocida, el comportamiento de Gandolfo raya en el absurdo.

          Parece que le estuviera haciendo un favor personal, más que realizando un trabajo bien remunerado, por el cual le da las gracias encarecidamente en tantas ocasiones y por tareas tan normales que raya en lo ridículo.

          Por no hablar del día en que estaba Florinda leyendo en el salón y la reclamó a voces desde el pasillo:

             ––¡Florinda! ¡Florinda! que Venancia se va.

 Florinda se hizo la sueca y siguió leyendo tranquilamente. Pero allá vino Gandolfo a exigirle que fuera a despedirla a la puerta. La desconcertada Florinda no tuvo otra que incorporarse, dejar la lectura y despedir a la asistenta como si de una visita estimada se tratara.

En otra ocasión Gandolfo le pidió a Florinda que le diera unas indicaciones a Venancia de su parte ya que él tenía que salir a unos recados. Florinda no las tenía todas consigo.

––Mejor que no ––le contestó a Gandolfo––. Esta señora es como si fuera el ama de la casa y no quiero yo meterme a mayores.

 Ante la insistencia de él y a pesar de su reticencia lo hizo, la contestación fue la que esperaba:

           ––Mire, Gandolfo y yo nos llevamos entendiendo durante años, así que voy a esperar a que él me llame y me dé instrucciones y si no, le llamo yo, como hacemos siempre.

Florinda se quedó con un palmo de narices ante semejante desplante que por otra parte no le sorprendió, tal era el nivel de poder, complicidad y manipulación que ejercía sobre su jefe o patrón.

Por ilógico que parezca, allí los amos de casa eran ella y Gandolfo y Venancia se lo hacía saber con todo el descaro para marcar aún más su territorio.

Con toda su razón porque cuando Florinda le comentó a Gandolfo cómo la había tratado esa señora y lo que le había dicho, lo único que le molestó de todo el asunto, es que Florinda le dijera «esa señora» y no la llamara por su nombre, lo cual consideró que era un insulto, porque según le dijo, la menospreciaba.

            Florinda no sabía si reír o llorar y para curarse en salud decidió mantenerse lejos de una relación que en nada la beneficiaba y que a todas luces era insana y fuera de lo normal.

         Ay de ella si sugería lo inusual del caso, porque entonces lo tomaba como un insulto personal, se ponía a la defensiva y le hablaba con tan malos modos, que anhelaba, al menos, ser tratada tan bien como trataba a Venancia.

El día que decidió dejarles el campo libre Venancia salió a despedirla a la puerta con una sonrisa triunfal, según cerraba escuchó su voz rotunda:

––¿Por dónde empezamos hoy Gandolfo? ¿Por el dormitorio, o por la cocina?

   

martes, 5 de noviembre de 2024

Disidencia


He peleado toda mi vida por mantenerme al margen de las generalidades. Por salirme de la masa.  Por desvincularme de los gregarios. De las opiniones generalistas en todos los terrenos. Sobre hombres y mujeres, también.

Creo que cada uno tenemos nuestra propia identidad. Hay demasiados mastuerzos que agrupan, definen, se posicionan y deciden los comportamientos en función del sexo y, o, la edad.

Estudiosos del comportamiento humano que obvian al individuo y nos meten a todos en el mismo saco. Con sesudas reflexiones, con cifras contrastadas según ellos y sus criterios de evaluación.

En cuanto a todo eso, una vez más, me revelo. La opinión de los demás o sus juicios nunca me han importado en absoluto.

No me importa si me han juzgado o me juzgan por mi indumentaria, por mi sexo, por mi edad, por mi forma de actuar, por mi aspecto.

Sí me importa, y mucho, que los que se supone que me quieren y, en base a eso me conocen, me encuadren, como hacen los extraños, en categorías agrupadas por género, edad y circunstancias semejantes, según su parecer o el método científico que apliquen.

Creo que esos que dicen conocerme, deberían saber, que no hay nada más lejos de mi esencia que formar parte de cualquier forma de segregación, ni discriminación. De cualquier tipo.

No soy susceptible, como dice alguno. Soy consecuente conmigo. A pesar de la incomprensión de la mayoría, me mantengo en mis trece.

Me mantengo y, defiendo a ultranza, mis más profundas convicciones. Como lo he hecho toda mi vida y pienso seguir haciéndolo.

No puede ser de otra manera, si no lo hiciera, dejaría de ser yo.



 

sábado, 5 de octubre de 2024

Insistencia pertinaz - Autodestrucción

 



Ramona cruza la calle, son cerca de la una de la madrugada. Recorre con la vista los balcones. El edificio centenario esboza lo que algún día fue.

En uno de ellos, nítida, una silueta se recorta contra el haz de luz que surge del interior. En el perfil del rostro se distingue el cilindro humeante.

Andrés aspira con una mezcla de deleite, angustia y culpa la sustancia que envenena su cuerpo, que invade sus pulmones, incapaz de resistirse a la atracción, a la dependencia. Una más de las que dominan su vida.

De nada sirvió el aviso, el susto, las noches peleando entre la vida y la muerte. De nada sirvió sentirse al borde del abismo. De nada sirvieron las promesas trémulas que esgrimieron sus labios al saberse en peligro. El diagnóstico fue claro. Después del infarto agudo que a punto estuvo de costarle la vida, todos los médicos coincidieron en que había llegado al límite, si seguía fumando, su vida no valía un euro.

En un principio, como casi siempre, las intenciones eran reales, al menos en su imaginación. Se lo debía a Ramona y a su hija. El mismo motivo que le había llevado a buscar un falso estímulo debía ser el que le hiciera apartarse ahora de la sustancia nociva que minaba su salud. Si no por él, debía hacerlo por ellas.

Así lo pensó mientras estaba en la UCI cableado e incapaz. Así lo decidió en los primeros días de su recuperación, cuando empezaba a reconocerse, a ser capaz de dirigir sus pasos, cuando pudo controlar su cuerpo.

Después, todos esos propósitos se diluyeron en un entramado de falsas excusas, de auto engaños, de mentiras que se contaba a sí mismo. Y volvió a caer sin sopesar los riesgos. Sin importarle el mañana ni la gente que dependía de él.

Quiere disfrutar de su momento, sin más. El humo del cigarrillo impregna sus pulmones, atenaza su respiración. Los ojos ausentes columpian la mirada dejando que la sensación de abandono se apodere de él. Algo semejante a un tambor resuena en su pecho. Un ritmo asincrónico que rompe el latido. Andrés no es consciente de lo que está pasando. Algún vago recuerdo acude a la mente enajenada que deja de percibir la realidad para internarse en el limbo oscuro que le envuelve.

Ramona sube los peldaños de las escaleras angostas de dos en dos. Trata de salvar la situación una vez más. Se siente incapaz de encajar un nuevo golpe. Confía en que sus ojos la hayan engañado, que no hayan visto el cuerpo desmadejado de Andrés desplomándose hacia la barandilla.

Cuando está alcanzando el rellano que da acceso a su casa un grito desgarrador, el de su hija, frena en seco su carrera.




jueves, 5 de septiembre de 2024

Equilibrio

 


Vulnerables, frágiles. Así somos. Seres humanos abandonados en éste indescifrable devenir de días incontables y finitos. Independientemente del sexo, edad, circunstancias y etapas, navegamos a través de experiencias personales y externas que nos hacen ser como somos.

Cada cual dentro de su espacio temporal lucha por desarrollar y defender, en lo posible, las potencias que nos tocan en suerte en la lotería de la vida.

Imposible saber si lo que hacemos es lo apropiado, lo que se espera de nosotros, o lo que nos hará más felices.

Al fin y al cabo, somos seres únicos sin libro de instrucciones.

Cada uno de nosotros tratamos de sobrellevar de la mejor manera, si tenemos un ápice de inteligencia, este sueño indescifrable de la existencia.

De pie, encima de una gran bola que gira sobre sí misma y a la vez, orbita alrededor de una de las muchas estrellas de nuestro universo.

Bola que contiene un caldero de miles de grados en su interior.

Entre los millones de especies que pueblan La Tierra, la especie humana.

Entre los millones de seres humanos que viven en este planeta, nuestra infinita nimiedad.

Qué bueno traer esta imagen de vez en cuando a nuestro cerebro para ser conscientes de la vulnerable temporalidad de cada cual.

Hacer un ejercicio de generosidad con el resto del mundo y con nosotros mismos, sin juzgar, salvo en los comportares extremos y dañinos, potenciando todo aquello que de bueno tiene la vida.




lunes, 5 de agosto de 2024

Y colorín, colorado...

 


        El tiempo del viaje es el tiempo que no pertenece ni al sitio del cual procedes, ni al sitio a dónde vas.

El tiempo del viaje es un tiempo especial en el cual solamente se disfruta del momento. Por eso a la niña le gustaba mucho viajar y cogía todos los días un tren largo, largo y lento donde se deleitaba mirando los paisajes. 

Se quedaba prendida de los árboles. De los rayos de sol. De las hojas. Del viento. De las nubes. De la tierra. Inmersa en el tiempo que no pertenece a ningún lugar disfrutaba del instante.

Al llegar a su destino, inédito y cercano a la vez, andaba por calles enormes. Todo le maravillaba: el reflejo de la luz en los tejados, los colores de los escaparates, los ríos de gente apresurada, las luces juguetonas de los semáforos, la emisión de sonidos alternos que se superponían unos a otros, mezclados en una catarata iconoclasta y festiva.

Alguna vez se detenía para probar un rico bocado de los tenderetes callejeros, se sentaba en algún banco o lugar acogedor para reponer fuerzas, mientras dejaba volar su imaginación contemplaba su alrededor paladeando con fruición el alimento original.

A la caída de la tarde subía de nuevo al tren largo, largo y lento, donde volvía a deleitarse contemplando todo lo que desfilaba a través de la ventanilla en ese tiempo que no pertenece ni al sitio del cual procedes, ni al sitio a dónde vas. Inmersa en el instante, simplemente vivía. 

 


viernes, 5 de julio de 2024

Divide y vencerás


Desde siempre han intentado enfrentarnos. Hombres contra mujeres, para ejercer el control sobre nosotros. Dividir es una forma de controlar. 

Lo curioso es la facilidad con que manejan los hilos de las torpes marionetas, que, incapaces de pensar por sí mismas, asumen como propias conductas inducidas. Las hacen suyas. Las defienden a sangre y fuego y las propagan en una cadena sucesoria de falsas verdades que abonan el terreno para enfrentamientos constantes.

La unión hace la fuerza. En todos los campos. En todas las situaciones. En la guerra imbuida de los sexos, también.

Si los combatientes de todas las batallas se unieran y dejaran de pelear, los que orquestan el mundo en pro de los intereses de unos pocos, lo tendrían más difícil.

Quizás entonces el mundo sería más habitable, más justo, menos cruel.



miércoles, 5 de junio de 2024

Pospandemia

 



Cuando Manuel quiso recuperarla fue demasiado tarde. Luisa había tratado de llamar su atención de mil maneras. Quiso alertarlo para que fuera consciente de que su pasividad los estaba alejando. Que su apatía marcaba un antes y un después.

Se lo dijo sin ambages: Manuel yo te necesito. Necesito saber que somos más que una voz resonando en la distancia a través del móvil. Necesito sentir que somos más que una sonrisa dibujándose en una fotografía. Necesito percibir tu presencia cercana y cálida. Han sido muchos meses de aislamiento, demasiados… Demasiados días abrazando mi propio cuerpo, palpando la soledad en la ausencia de los besos. Demasiados pasos andados como un autómata a base de coraje. Creando mi propio rumbo. Deglutiendo mis palabras. Desgranando razones, apremios, impulsos. Animándome a continuar, a no cejar en mi empeño. A subsistir. Muchas las comidas preparadas conmigo, sin ti, sin nadie.

Luisa lo hizo con alegría. Sin faltarle las fuerzas. Sin desfallecer. Con un propósito y una intención clara. Mantenerse a salvo. Estar limpia de contagios para aquellos que necesitaban su apoyo imprescindible, esencial. Manuel también lo hizo. Por edad. Por salvaguardar su salud. Por supervivencia. Se mantuvo alejado de todos y de todo.

Después llegó la liberación. Con la vacuna llegó la libertad. Por fin pudieron salir a la calle sin miedo. Tocar y ser tocados. Abrazar y ser abrazados.

Luisa pensó que todo volvería a ser como antes, pero Manuel se había quedado atrapado en su tela de araña. El mismo confort, que le había llevado a rehuir citas que les devolvieran a la dulce realidad que habían compartido durante años, lo dejó anclado en su placentera rutina.

A ellos la prohibición los cogió a cada uno en su casa. Y allí se quedaron. Se hicieron fuertes el uno al otro. Se animaron comunicándose ocho, diez, doce veces al día. Las que hiciera falta para no desfallecer. Grabaron vídeos, compartieron fotos de comidas y paseos. Hicieron alguna videollamada en ocasiones extraordinarias: cumpleaños, festejos familiares, Navidad y alguna que otra vez por el simple placer de mirarse el uno al otro.

Ahí fue cuando Luisa empezó a detectar el alejamiento, la cerrazón, la desidia. Mientras que ella no dejaba un sólo día de asearse, de mantener su casa organizada y limpia, de vestirse como si lo hiciera para una primera cita, Manuel se excusaba para no mostrarse ante la cámara. Con la mascarilla se tapaba la barba desaseada que dejaba crecer junto con el cómodo desaliño general en el que había caído.

La ruptura fue inevitable. Luisa salió a comerse la vida y Manuel dejó que la vida se lo comiera a él. No hubo solución de continuidad ni lazos de acercamiento. La más deplorable rutina se apoderó de sus encuentros intermitentes. El hastío venció a la ilusión y a las ganas.

Y sucedió lo inevitable. Nada nuevo. Nada original. El vacío de Luisa se llenó con sonrisas de estreno, nuevos amigos, nuevas experiencias, nuevas expectativas. Aparecieron nuevas metas en su vida, alguien con quien compartirlas, con quien alcanzarlas. Decidida a vivir sin rémoras Luisa se despidió del que había sido su fortaleza y anclaje, su impulso, su base, su estabilidad, su alegría. Manuel, acorde con su estoicismo, no le puso trabas ni barreras. No inquirió por los motivos ni las razones. La miró marchar y, como tantas otras veces, le facilitó el camino. Sin pensar en luchar por ella, cedió el terreno al contrario.

Luisa no sabe qué le depara el mañana. En su fuero interno querría que las cosas hubieran sido diferentes. Añora la felicidad sin sobresaltos que disfrutaba junto a Manuel, consciente de que nunca volverá a sentirla: semejante a las aguas de un río, la vida no pasa dos veces por el mismo sitio. También sabe que el condicional aplicado a la existencia no se conjuga.

Ninguno de los que transitaron por esos años de incertidumbre y perplejidad, de dolor y angustia, sabe, qué habría sido de su vida. Nadie conoce cuál habría sido la historia de tantos millones de seres si la Pandemia hubiera sido una novela de ciencia ficción y no la pesadilla real que trastocó tantas vidas.

 


domingo, 5 de mayo de 2024

La llamada



Le extrañó el frenazo del coche y ver a Pablo, su marido, atravesar apresurado el jardín. Todavía faltaban unas horas para que volviera del trabajo.

––Se habrá escapado antes ––pensó. Esperó su llegada mientras terminaba de vestirse. Cuando abrió la puerta vio su cara demudada, aun así, no se asustó. Nunca se asustaba antes de tiempo ––¿Para qué? ya se encarga la vida por sí sola de apretarnos las tuercas sin necesidad de que nosotros creemos fantasmas ––decía a menudo.

––¡Una noticia horrible! ––tartamudeó él.

    Julia pensó en su suegra, muy enferma desde hacía años.

          ––¡Dios mío! ––exclamó Pablo–– Es espantoso ––vaciló ––Tu padre... ––Hizo una pausa interminable ––Tu padre está muerto ––. Le dio la noticia de sopetón, sin ningún preámbulo, ansioso por compartirla rápidamente.

Todo quedó en suspenso, como una imagen ralentizada en la pantalla; la sangre subió hasta el cerebro dejando un zumbido sordo en sus oídos. Las palabras se quedaron rebotando en el vacío. Julia le miraba atónita, tratando de entender su significado, incapaz de trasladar a la realidad lo que su voz le transmitía. Como si fuera un asunto ajeno a ella inquirió fríamente los detalles, su mente se negaba a reconocer el hecho.

––¿Cuándo? ¿Cómo lo has sabido? ¿Quién te lo ha dicho? Hablé con él ayer por la mañana y estaba perfectamente ––balbuceó Julia.

––Tu madre ha llamado a tu trabajo y como no estabas me ha llamado a mí ––le aclaró Pablo, con un gesto de pesadumbre porque aún no les habían instalado el teléfono en su nueva casa.

En ese instante se repitió el frenazo de un coche y sonaron unos pasos sobre la grava. También acelerados. El sonido imperioso del timbre urgía una respuesta. Ambos se dirigieron a la puerta.

Antonio, un compañero del trabajo, irrumpió agitando los brazos en el aire.

––Julia, tu madre ha vuelto a llamar. No saben cómo, después de una muerte cierta, tu padre ha vuelto a la vida, los médicos no se lo explican ––dijo eufórico.

Julia y Pablo se estrecharon en un abrazo dejando que el torbellino de emociones reposara en su entendimiento. A la cabeza de Julia saltó el recuerdo del libro que regaló a su padre por su cumpleaños y sus comentarios entusiastas.

––¡No sabes lo que me ha gustado, hija! Tienes que leerlo. No te imaginas cuántos casos y experiencias relatan los doctores y los propios protagonistas. Aseguran que han estado muertos. Muerte clínica que certifican sus médicos y después de una experiencia, en la gran mayoría, de luz y calma, de reencuentro con sus seres queridos, una voz les ha dicho: “Todavía no es tu momento, debes regresar y terminar lo empezado”

Ella le escuchó escéptica, aunque se alegró de que le hubiera gustado. Le aseguró que lo leería cuando él lo terminara.

Se desprendió con ternura del abrazo de Pablo. Ahora ansiaba el momento de encontrarse con su padre, muerto y resucitado en un breve espacio de tiempo. Deseaba compartir con él su experiencia y volver, como en tantas otras ocasiones, a ver juntos los amaneceres blancos en la montaña cuando apenas se escucha el vuelo de los pájaros, compartir las cañas en el bar cercano, los partidos de futbol con bocata de calamares incluido y, sobre todo, y más que nada, sentir su mirada cálida.

Julia no sabe muy bien lo que ha pasado; lo que sí tiene claro es que quiere apurar el tiempo exprimiendo cada segundo, porque cada día puede ser una fiesta por el mero hecho de existir.




viernes, 5 de abril de 2024

Insatisfacción

 


Eva y Adán trataban esa mañana de reiniciar un acercamiento carnal tras el tiempo que habían estado en barbecho. No tanto porque hubieran dejado de desearse, que un poco también, sino porque se habían atravesado en sus ritmos amatorios: resfriados vulgares, obligaciones rutinarias, cansancio otoñal y otras zarandajas.

Tampoco ayudaba que cada noche se quedaran dormidos frente a la gran televisión de setenta y cinco pulgadas viendo sus series favoritas en los canales de pago.

Aunque en realidad, ya hacía tiempo que sus encuentros tenían lugar en las mañanas, cuando era más fácil que el miembro viril cogiera impulso.

Los años no pasan en balde y lo que había sido un mástil enhiesto a la menor provocación, ahora, la mayoría de las veces, yacía lánguido sobre la pierna de su dueño.

A pesar de eso, la verdad es que tanto Eva como Adán disfrutaban juntos del sexo. Suplían carencias con juegos y caricias que incrementaban la pasión y estimulaban su apetencia mutua. A veces un simple roce de la mano de Adán, hacía que Eva se estremeciera de pies a cabeza.

Aquella mañana, sin embargo, habían empezado con mal pie. Adán, mientras detenía la mirada en el cuerpo desnudo de Eva, volvió a elogiar, con palabras enardecidas, por enésima vez, la preciosidad de un frondoso vello cubriendo el pubis de las hembras. Su expresión melancólica y anhelante delataba cuánto lo echaba de menos.

Eva contempló su monte de Venus, casi lampiño, semejante al que lucía la diosa en El nacimiento de Boticceli y pensó, una vez más, en lo difícil que es contentar a los hombres. Insatisfechos por naturaleza admiran el plato ajeno aunque tengan un festín en su mesa.

De ahí que su ánimo decayera y se pusiera a analizar, en una sucesión de imágenes en su cabeza, los vellos púbicos y apéndices aledaños de los hombres que había conocido; por buscar diferencias análogas a las que subyugaban a Adán. Pasó un rato comparando y decidió que lo pasado, pasado estaba. Si Adán nostálgico y melancólico se anclaba en el ayer, era su problema.

Luego de desechar sus pensamientos se puso a la faena con entusiasmo y entrega, no en vano sus artes amatorias habían sido regocijo y deleite de numerosos amantes y del suyo propio. Se centró en la tarea que tenía entre manos y lengua, puso todo su empeño en ello y gozó el tiempo que él dio de sí. Cada vez más corto. Reducido cuasi a un vulgar mete y saca. Tan diferente de los largos prolegómenos del comienzo de sus encuentros.

Los años no pasan en balde, volvió a pensar, y el desgaste de los días hace mella. Quizás por eso Adán, como casi todos los machos de la especie, insatisfecho y cazador necesitaba reivindicar su hombría con la mirada, el pensamiento y la imaginación, aunque no así con los hechos.

No importa que ya no se les levante, ni que casi seguro, supieran qué hacer si tuvieran entre manos al objeto de su codicia. Desde la pubertad a la senectud tienen, como una tara obsesiva en su programación, que reivindicar su masculinidad con miradas, hechos, palabras, pensamientos e intenciones dirigidas a cualquier fémina de buen ver, o no, que aparezca en su radio de visión, para comentarlo más tarde con sus congéneres con mutuo regocijo y estar así a la altura de lo que se espera de ellos...

Insatisfechos permanentes, no dejan de mirar la comida en las vitrinas de los escaparates, aunque su alacena esté a rebosar.

Peor para ellos, se dijo Eva, ese no es mi asunto. Girando el cuerpo tecleó en el móvil: Querido, esta tarde te espero donde siempre, estoy deseando sentirte entre mis piernas.

Adán, ajeno a todo, como otras tantas veces y después de satisfacer su frugal deseo, dormitaba a su lado con un hilillo de baba colgando de la comisura de la boca.

 

  

martes, 5 de marzo de 2024

Zambullida

 


Tomé aire y me sumergí siguiendo las instrucciones del entrenador. Habían pasado meses desde que Alberto me habló de su proyecto. Tenía contratado un paquete vacacional que incluía, además del maravilloso viaje a las islas de ensueño, su bautismo de buceo y varias inmersiones en las mejores zonas.

         Cuando me lo contó me miró con malicia parapetado tras sus gafas rayban. Podía percibir a través de los cristales ahumados la sorna con que me observaba. Mi mirada también debió ser elocuente.

         —¡Caramba! No me mires así—, me dijo Alberto.

         —Sabes que llevo años queriendo hacer ese viaje y que tú me lo has impedido— le contesté.

         —Bueno, lo que se dice impedir… —La sorna volvió a teñir el gesto y las palabras de Alberto.

         —¿Y qué si no? Cada vez que lo tenía organizado me necesitabas para resolver un problema de trabajo o me pedías que cogiera las vacaciones en otra época. Todo eran impedimentos a mi proyecto.

         —Pues ya lo siento. Yo sé que el uno de octubre sale mi avión y yo me voy en él.

         No puedo expresar la rabia que despertaron sus palabras. Tantas veces había querido estar en su lugar… Dirigir la empresa, tener la sartén por el mango, distribuir a mi antojo beneficios y prebendas. Que fueran los demás los que dependieran de mí, no ser yo el que estuviera rogando y teniendo que lamer culos para al fin no obtener nada.

         Aunque siendo fiel a la verdad, el que siempre había hablado de sacarse el curso de submarinismo había sido él. Ese era su sueño y yo me lo había apropiado, como tantos otros anhelos a los que no podía aspirar.

         Una vez más, Alberto iba a conseguir lo que se proponía, pero esta vez yo no estaba dispuesto a que se saliese con la suya. ¿Qué había dicho? ¿Que el uno de octubre salía su avión? Tenía que evitar que tomara ese vuelo. Ya me encargaría yo de encontrar la forma de hacerlo.

         Y… ¿sabéis una cosa? lo logré. Ahora estoy aquí en su lugar. Nadie sospecha que he usurpado su nombre y que la tarde antes del viaje le cité en la obra diciéndole que era imprescindible su presencia. Nadie se imagina que su cuerpo reposa en el fondo del gran foso sobre el que se va a construir el edificio. Me costó. Tuve que asestarle varios golpes y arrastrar su pesado cuerpo hasta el borde de la zanja. Miré como se sumergía en las aguas fangosas que se habían acumulado después de las últimas tormentas. Al día siguiente las hormigoneras comenzaron a hacer su trabajo.

 


lunes, 5 de febrero de 2024

Encuentro

 


Complicidad en la mirada y una conexión implícita. Un bar en un barrio castizo. Algo, más allá de la edad, de la situación, del entorno, establece lazos que no se venden en el mercado de los intereses.

Nada nos une salvo ese guiño cómplice, ese entender la vida de aquella manera. Esa lucha establecida desde la infancia para ser nosotras mismas a pesar de las circunstancias.

Ese discurrir tranquilo, fiel a nuestra condición. Fácil de remontar si la confianza y la seguridad viven dentro de cada una.

Fátima, Lourdes, Nuria, quizás la memoria me engaña, o quizás me es fiel. Estoy cierta, eso sí, de haber sentido esos vínculos; lazos de entendimiento que muestran, más allá de las palabras, el lenguaje común que nos hermana.

Luces y sombras, fuego y artificio, constancia y voluntad. Luchadoras en un mundo indómito, caprichoso, voraz...

Indudables triunfadoras, lo sé. Lo he percibido en vuestras ojos, en vuestras sonrisas y en la clara proyección de vuestra fuerza.

Desde aquí y ahora, os rindo mi homenaje. De mujer, a mujer. De alma, a alma. De cerebro, a cerebro.

La vida nos brinda infinitas oportunidades. Estoy segura de que vosotras, las tres, sabéis exprimir cada segundo de esta oportunidad única e irrepetible que es el día a día.

Quizás, en algún momento, volvamos a coincidir por el barrio. Si no es así, no importa. Lo esencial, ya ha sucedido.


Para vosotras. La Casa de la Tortilla un 27 de enero…


viernes, 5 de enero de 2024

Nicolás

 

Cambio la libertad por la soledad, se dice muchas veces Nicolás mientras deja transcurrir las horas en barbecho, según el punto de vista de cualquiera que no sea él. 

      Para Nicolás, el auténtico desperdicio es no hacer lo que le viene en gana ahora que se lo puede permitir. Y dado como es al reposo en posición horizontal, al buen yantar y al mejor beber, le resulta muy fácil encontrar ocupación en las cortas horas de vigilia que le quedan del día.

     Devorador de libros y películas de acción, sexo y terror, pasa las horas dedicado a sus dos grandes placeres entre cabezadas, más o menos largas, que, le devuelven, en intermitencias intercaladas, con cabeceos y ronquidos a los brazos de Morfeo.

En más de una ocasión ha tenido la oportunidad de compartir vida y hacienda, pero el gran esfuerzo que le suponía renunciar a su forma de vida, no le compensó en lo absoluto.

Al principio consideraba otras opciones distintas a las suyas, incluso, ponía un inicio de voluntad en cambiar sus costumbres, que al final resultaban insuficientes para acoplarse a las de la mayoría de los mortales. Al cabo de algunas semanas, o meses, y a pesar de la colaboración decidida de la otra parte, volvía a sus trece. Es decir, a hacer lo que se le antoja cuando él lo decide.

Incluso, a veces, tiene algún gesto de generosidad, sopesando, eso sí, la contrapartida.

La época más complicada para sobrellevar ese desapego del mundo, es indudablemente la Navidad. Fechas en las cuales por muy sordo que sea, o se haga, a los reclamos sociales, es difícil no escuchar el clamor general. Y ahí se las ve y se las desea para encontrar compañía, pues todos, el que más o el que menos, cuenta con una casa a la que acudir, una familia a la que abrazar y una mesa a la que sentarse en compañía.

Lleva años ejecutando maniobras de acercamiento y dispersión para, sin comprometerse demasiado, cubrir sus necesidades afectivas y la verdad, es que lo ha conseguido con éxito notable. Hasta ahora.

La despedida del año viejo y el comienzo del año nuevo ha sido desalentador. Todas las llamadas que ha realizado han resultado infructuosas. No ha habido manera de encajar con nadie. Los unos porque se iban a pasar las fiestas fuera. Los otros porque les venían parientes que tenían que atender. Algún otro pescó la dichosa Gripe A que está atacando con saña muchos hogares. En alguna que otra casa ha crecido la familia y no tienen el cuerpo para belenes que no sean los suyos propios.

Y en esas está Nicolás. Hoy, cinco de enero, fecha en la que también celebra su cumpleaños, tirado en un sofá contándose milongas para auto convencerse de que su libertad le compensa. Que es feliz de esta manera. Que no está solo y si lo está, es porque quiere y que, además, no le importa.

- Vaya porquería de sociedad ésta en la que me ha tocado vivir. Míralos -Se dice observando a través del cristal a la gente que pasa de un lado para otro ocupando las aceras -No saben más que comprar. ¿Adónde irán con tanto paquete? ¿Es que no tienen otra cosa que hacer? Consumir y consumir. Es lo único que les importa.

A decir verdad, la realidad es que en su fuero interno se pregunta el porqué de su disfunción social. Qué le lleva a rechazar a los otros, a juzgarlos, a desentenderse de compromisos, a bloquear los lazos que por otro lado pretende estrechar…

- Gilipolleces – se dice muy enfadado. -Hoy es un día como otro cualquiera. A mí qué me importa lo que los demás hacen o dejan de hacer. Ya digo yo: Cambio la libertad por la soledad.

Con gesto de hastío se aparta de la ventana, va a la cocina y se sirve una copa generosa de vino.

- A mi salud y por muchos años.

Levanta la copa y la apura de un trago, coge la botella, se la lleva al salón y se sienta en el sofá.  Cuando acaba con la última gota, enciende el televisor y se queda, sin mirar nada, hipnotizado con la luz de la pantalla que centellea reflejada en su cara.

En las calles de todos los barrios, de todos los pueblos, de todas las ciudades, en estos momentos, estalla la alegría en la noche mágica que conmueve corazones, incita a la inocencia y despierta la ilusión. Horas inolvidables que quedan en el recuerdo de sus protagonistas como un tesoro indeleble.