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Cortesía de la Red |
Cómo se magnifica a los muertos y
cómo se relativiza a los vivos.
Por qué hay que esperar la
desaparición de algo o alguien para darle el valor que tiene. Por qué el tiempo
pasado es el mejor cuando en realidad lo que tiene un mérito tangible es el
presente que algún día será pasado que se apreciará tarde... demasiado tarde.
Es injusto que lo más cercano se
convierta en la costumbre que empuja los días envueltos en la inconsciencia que
desvirtúa la realidad para añorar lo ausente, que en su día fue presente desvalorizado.
Qué hay que hacer entonces,
alejarnos, desaparecer furtivos en el confín difuso, quemar las naves y dirigir
lo que quede de nosotros hacia un horizonte sin meta por el simple hecho de
pasar a formar parte de los añorados.
Si la permanencia la lealtad el apoyo
y la entrega se convierten en torpe continuidad que aburre, que molesta,
llegada es la hora de aprestar las alas y alzar el vuelo donde la vida no tenga
el estigma del cansancio, la inclemencia del desapego, la sinrazón del envite
el vacío, la respuesta desmedida y a destiempo en base a la cercanía que
siembra el desconcierto.
Se muere de a poquito el alma cuando
recibe sin merecerlo la respuesta del ingrato que busca en el horizonte lejano
la pueril sonrisa el cálido abrazo la
pasión paciente la hermandad sincera el apoyo la fuerza la fidelidad la
entrega, que tiene a su lado, al pie de su puerta.
Y cuando al fin en derrota cierta
recoge las velas pliega las alas hace la maleta y parte, se torna la historia y
llora al ausente, se golpea el pecho derrama cenizas sobre la cabeza mesa sus
cabellos vierte lágrimas amargas y pregunta el porqué de su partida.
Al lado tendrá otra cabeza reclinada
sobre el pecho, un corazón alerta, una mano tendida.
Se repetirá la historia, cerrará el
bucle gris de su inclemencia y llorará al ausente despreciando al que abierto
en canal le ofrece su grandeza.