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Cortesía de la Red
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Era al finalizar el día cuando los
cinco dejábamos atrás las tareas realizas. Las manos de mi madre, por fin, descansaban
abiertas al mañana tras la ardua tarea de limpiar cocinar restregar amasar…
junto con la más dulce de acariciar nuestras cabezas amortiguar nuestra
preocupación en su pecho o darnos el beso que nos acompañaba durante toda la
jornada escolar.
Me gustaba verla sentada a nuestro
lado más pequeña aún su figura menuda hermanada en las sombras, la expresión
atenta y el índice apoyado sobre sus labios marcándonos silencio.
-Shiss escuchar -nos decía susurrando
con una media sonrisa cómplice.
La lamparita de noche única luz que
se mantenía encendida acentuaba la magia del instante proyectando su tibia luz
sobre los cuerpos arracimados, entrelazados unos con otros sobre la alfombra
verde y roja de espirales concéntricas. Fusionados en la felicidad del
encuentro diario con lo desconocido nos dejábamos caer inquietos en figuras
imposibles contorsionando el cuerpo, enroscando los brazos, simulando, con los
pulgares convertidos en guerreros, luchas imaginarias.
Todo ello nos ayudaba a entretener los
minutos de espera en la minúscula habitación. La ventana asomada al patio
vertía de vez en cuando en nuestros oídos una voz lejana o el sonido
escandaloso de algún cacharro que caía con estrépito sobre la pila de fregar de
la casa vecina.
Apenas se distinguía el Corazón de
Jesús que presidía la cama. Los dibujos azulados de la pared simulaban a mis
ojos personajes de leyenda. Aquí podía reconocer la cabeza de un oso. Más allá
el yelmo de un caballero coronado por un penacho. Otros aparecían como
animalillos pequeños escondidos en la maleza. Ora parecía un conejo saltarín o
la frágil figura de un ciervo retozando en la espesura.
Lo más impresionante de todo eran las
dos enormes y peludas figuras, que cual Yetis atrapados en la madera permanecían
en permanente vigilia con los musculosos brazos caídos a lo largo del cuerpo y
los pequeños ojos profundos y maliciosos observando desde las puertas macizas
del armario todos nuestros movimientos al acecho del descuido que les
permitiera tomar impulso y saltar ávidos sobre nosotros. Yo no podía retirar la
mirada de ellos hipnotizada por los dos huecos blancos y redondos de sus ojos.
Por fin aparecía mi padre, solemne y
magnífico, emboscado en el pequeño bigote recortado que ocultaba la sonrisa. El
padre tenía que ser severo e inspirar respeto a propios y extraños, aunque la
ternura se le muriera entre las manos y atenazara los silencios. El padre imponía
el orden y administraba justicia aun a su pesar.
Pocos momentos le ofrecía la vida
para volver a ser el muchacho simpático y saltarín que se bebía el viento de
las siete revueltas cimbreando el cuerpo sobre su bicicleta a derecha e
izquierda en el baile mágico del descenso, o que subía a las cumbres más altas
de la Sierra del Guadarrama desafiando los elementos. Qué feliz atravesando
canchales, trepando riscos, serpenteando por trochas intrincadas, sorteando
arroyos, libre como un pájaro, feliz en su elemento…
Después muy serio nos imponía
silencio e iniciaba por fin el gran ritual. Se dirigía al pequeño cajón de
madera y giraba la rueda... el pequeño
clic anticipaba la suave luz que aparecía en la ventanita rectangular por donde
se movía la aguja hasta que se ajustaba en el dial seleccionado.
Las ondas musicales tan conocidas del
Parte de Radio Nacional de España inundaban la habitación. Ante el inicio de
protesta de los niños el padre mandaba callar.
-Hay que escuchar las noticias y
saber qué tiempo va a hacer el fin de semana.
No había negociación posible, la
recompensa que venía detrás merecía la pena. Tras lo que a nosotros nos
parecía una eternidad saltaban a las ondas los admirados personajes, que a
través de nuestra imaginación y en la oscuridad, agigantaban su presencia
cobrando vida en el pequeño cuarto en penumbra donde empezamos a tejer nuestros
primeros sueños.