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Cortesía de la Red |
Me
niego a que se prejuzgue por la edad en esta sociedad donde sólo lo joven
vende, donde el culto al cuerpo es una devoción, donde se aísla a los viejos
porque además de no reconocerles valor alguno se les arrincona y esconde porque
afean y distorsionan el entorno familiar.
Igual
que en esos concursos donde se escucha cantar con los ojos tapados para valorar
sólo la voz sin distracciones ajenas a lo puramente musical, así se nos debería
conocer a todos, sin fechas, sin afeites, sin tiempo.
El
alma no tiene edad, dicho así parece un eufemismo, nada más cierto. Somos el
resultado de nuestros sueños, de nuestras ilusiones, de nuestras esperanzas.
El
trazado de la vida imprime su huella enhebrando aconteceres y experiencias que
a veces suma, otras, resta y en algunas ocasiones ni lo uno ni lo otro en
función de cómo cada cual experimenta sus vivencias.
El
almacén del alma atesora desde el comienzo de la vida lo que somos. Viene con
nosotros la capacidad de asombro, el entusiasmo, la entrega, el coraje, la
voluntad, la fuerza.
Sorprende
encontrar desde la más temprana edad las características complejas de la
personalidad, en la criatura incipiente que apenas aterrizada en el mundo,
muestra su carácter en un sello personal que la acompaña hasta que vuelve a
traspasar la puerta.
Descubrimos complicidades, al margen de los años, cuando estamos despertando al
mundo en personas de avanzada edad, tan similares a nosotros que no se
diferencian de los coetáneos generacionales. A no ser porque en muchos casos
los compañeros de años resultan insulsos y desprovistos del atractivo que se
suponen tendrían que tener por el simple hecho de ser similares en edad.
Y
así acontece a lo largo de la vida. No por pertenecer a la misma banda
generacional estamos hermanados en gustos y ambiciones, apetencias y sincronías.
Resonamos
con aquellos que descubrimos hermanos de sueños, hambrientos de esperanzas. Como
nosotros, huérfanos en una tierra desolada que forzosamente habitamos
orientando la mirada a las estrellas, o como locos camaradas de aventuras y
copas, de juegos y risas, de amaneceres tórridos y blancas noches de satén.
Compinches de aventuras y sueños. De juegos y esperanzas. De desolaciones compartidas. De
fugaces tormentas emocionales. De formas y maneras de encarar la vida. Cada uno
a su manera y en su sitio. Compartiendo todo aquello que les acerca en la
esencia invisible del ser.
No
importan los años que a cada cual le marque el inventado calendario cronológico.
Todo sucede en otro plano, lejos de la realidad tangible y de la envoltura
transitoria.