jueves, 8 de junio de 2017

Funeral por una camisa


Hoy se despide de la camisa, aquella que Claudio no le regaló y que sin embargo ha formado parte de su historia. En ese rincón del subconsciente donde surgen, desde la bruma infantil, los sueños. Para ella era una quimera que él la introdujera en el ranking de los seres queridos, los de siempre, ésos sobre los que no hay duda de permanencia. Nos pertenecen y les pertenecemos más allá del tiempo y la distancia. 

Claudio se lo dejó muy claro con la exclusión. Leonor no formaba parte de ellos. Y mira que lo intentó con todas sus ganas. Puso la voluntad al servicio del cariño y aunó amor con cordura, pasión con templanza, y sobre todas las cosas, puso la fe. Fe en ellos, fe en su resistencia, en su madurez, en su calidez-calidad de alma y espíritu, de visión común.

Quizás como tantas veces sucede en la vida, él solo era el reflejo de lo que ella quería ver. Cuando amamos, proyectamos en el ser querido la complementariedad de nuestro yo. Claudia no sabe si es un ego maldito lo que le hace plasmar en el otro irrealidades suplementarias. No sabe si es la literatura, la era del romanticismo que encumbró sentimientos inusuales hasta entonces. Solo sabe que debido a lo que desconoce, su alma siente tal y como es, romántica, entrañable, pródiga, generosa, entusiasta y pertinaz en la consecución de sus objetivos.

Con Claudio se equivocó de plano. Al cien por cien. Demasiado crédula, demasiado frágil dentro de su fortaleza. Las armas de él eran otras, pulidas en mil batallas. ¿El atractivo de Leonor? la ingenuidad, el desconocimiento, la vulnerabilidad, la entrega, la falta de artificio. Llegó hasta Claudio como una inmensa bandera blanca tendida al sol, él la recibió como una rendición incondicional.

De ahí que no le naciera regalarle la camisa, de poco valor, no vayan a pensar que su compra deterioraba su estrecha economía. Estaba claro que en los saldos del gran almacén donde buscaban el regalo familiar el gasto no habría excedido el presupuesto, daban tres por dos.

Él no lo consideró, le fue indiferente la mirada rebosando ilusión porque le demostrara que ella pertenecía a su élite. Fue la prueba, otra más de las tantas que necesitó antes de apearse de la burra. Ella no entraba en la ecuación de sus afectos esenciales, estaba claro. Volvió sobre sus pasos y compró, sin descuento, la preciada camisa. Esa camisa que ha sido el vivo recuerdo del desamor, el vivo recuerdo de la supervivencia.

Leonor la ha paseado durante años por el mundo entero como una señal de luz, de capacidad, de autosuficiencia, de entereza, de disfrute y de orgullo por no sucumbir ante el cerco de su desidia. Orgullo por sentirse suya. Orgullo por ser capaz de construir su vida lejos de la manipulación, lejos de la soberbia, lejos de la acidez que machacaba los días.

Hoy dice adiós a la camisa que debió ser prueba de amor y se convirtió en adalid de su independencia. Ha compartido con ella sus mejores años, los que Claudio se ha perdido por no tenerla cerca. 

Consciente de que el camino se elige cada amanecer, consciente de que en un segundo puede decidir el derrotero de su existencia, Leonor está contenta  porque supo ver a tiempo y con tino la mejor de las veredas.

La camisa fue  con ella, enseña, blasón y bandera. Hoy, rinde su último homenaje a la blanca camisa blanca, que ha permanecido a su lado hasta el fin. Blasón, enseña y bandera.


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