viernes, 25 de diciembre de 2015

El vértigo de los años



Si proyectarse en la propia vida da vértigo, al mirar en la distancia de los años los posibles aconteceres, cuánto más, si miramos en las vidas nacientes, ramas del árbol, gajos tempranos que apuntan hacia el horizonte estrenando soles y atardeceres, lunas brillantes en plenitud, nubes teñidas de rojo en lo postrero de la tarde. Alma y corazón abiertos en ojos de esperanza.

Vértigo no es la palabra. La palabra es… miedo. La palabra es… confianza. Cóctel de sentimientos que se amalgama en la mente, constructora de realidades y proyectos.

Es cierto. A veces me dan vértigo los años por vivir, siempre me han parecido demasiados. Una tremenda pereza me posee cuando miro hacia el futuro. En otras ocasiones despierta mi curiosidad. Qué será capaz de hacer el hombre en los años venideros.

A principios del siglo XX poseer una radio de galena era un milagro. El salto que se ha producido en cien años ha sido trepidante. La espiral de conocimientos y nuevas técnicas que se ensancha y abarca todos los campos de la ciencia, no cesa. Quizás es por lo único que me apetecería estar un ratito más transitando los caminos de la vida. Me gustaría conocer de primera mano un tele transportador, más de espacio que de tiempo. Viajar en el tiempo es atrayente, no cabe duda, viajar en el espacio es prácticamente imprescindible. Alguien tiene que inventar el aparato que nos permita acceder en breves instantes al lugar y con las personas que queremos estar.

Os imagináis. Tener la opción de entrar en una cabina semejante a la de un ascensor y pulsar destino. Ir a desayunar con un amigo a seis mil kilómetros y volver a comer a casa. Pasear las calles de Nueva York en la mañana, cuando la ciudad apenas despierta. Internarse en la selva durante un día de aguacero, los sentidos alertas, auscultando el latido de los seres que la habitan. Percibir el olor salitre del lodo y las hojas. Contemplar las cataratas Victoria. Adentrarse en el desierto. Acudir al cumpleaños de un ser querido. Quedar para tomar una copa en la otra punta del mundo o en un pueblito más o menos cercano, tan lejos en distancia de horas, el primero como el segundo. Incluso en la propia ciudad, de barrio a barrio en menos que canta un gallo.

Viajar sin necesidad de aviones, trenes, autobuses, metros, coches. Sin tiempos de espera ni equipaje. Presentarnos por sorpresa en la cena de un amigo, en la presentación de un libro. Acudir a una fiesta en cualquier ciudad distante de la nuestra. Auxiliar a quien lo necesita en los malos momentos y disfrutar de los buenos. Estrechar una mano, dar un abrazo, brindar, acunar, vibrar…

Podríamos hacer algo tan sencillo, pongo por ejemplo, como, después de cocinar un  plato rico, bien hecho, compartirlo a través de un ¿electrodoméstico? más de nuestra casa. Podría parecerse a un microondas o a un montaplatos. Dar el código y mandarlo a cualquier destino.

Acompañar a un enfermo en sus tardes solitarias. Echarse una partida de mus con algún viejo colega. Participar en la brevedad del instante. Saborear la dulce compañía que alborota los pulsos trepidando en las venas.

¡Qué satisfacción! Mandar un libro, un ramo de flores, o la bufanda que se quedó olvidada en el sofá. Algo tan sencillo como estirar la mano y acceder a los seres queridos que nos den entrada en su casa, que se citen con nosotros, coleguitas en la aventura de vivir. Qué bueno sería…

Todo tiene su contra. Está el peligro de que lo utilicen “las fuerzas del mal” para sus negros fines. Los mayores avances se han hecho en tiempos de guerra, fría o caliente, para espiar, dominar, aplastar y derrotar al enemigo. ¿Tendría este invento un origen o uso funesto para la estabilidad del planeta? Es un riesgo que hay que asumir…

Compartir, una de las mejores cosas de la vida. Podemos tener lo más deseado a nuestro alcance. Si se tiene en soledad, pierde todo su valor. Compartir una buena peli, un sueño, un proyecto, una esperanza, la dura realidad, el día a día, la quietud, el silencio.

A veces me dan vértigo los años por vivir… En consecuencia pienso en los que están en el comienzo. Para ellos imploro un tiempo sereno, ni mejor ni peor que el nuestro. Un tiempo donde puedan desarrollar iniciativas, talentos. Donde puedan vivir lo bueno y lo malo, lo finito, la dulce cotidianidad, la exaltación del deseo satisfecho, la borrachera de los sentidos, la quietud, el éxtasis, el esfuerzo recompensado. Donde puedan disfrutar de cada etapa de su vida.  De lo bueno, lo mediano, lo imperfecto. Que este irregular camino de la vida, les lleve al buen puerto de escribir, o pensar, de aquí a unos años, lo que yo escribo en estos momentos.

Será señal de que el viento llevó su nave por buenos derroteros, que sobrevivieron a las tempestades y escaparon del naufragio capitanes de sus sueños.

Tiernas ramas que se mecen en el árbol, descubren estrellas, avientan sonrisas y estrenan luceros, que sueñan mañanas y rompen silencios con su voz de nácar. El futuro es vuestro.


martes, 1 de diciembre de 2015

Elevación nº 11




Puedes ser lo que quieras ser. Tus alas pueden batir tan alto, como, y hacia donde tu impulso te lleve. Nada importa lo que otros digan ni lo que alimente tu febril delirio de muchacho inocente, débil, esclavo del tiempo y las circunstancias.


Excusas torpes para no alcanzar tu meta. Ejemplos a millares llenan las vidrieras de tus ojos. Mírales haciendo lo que un día soñaron.

¿El camino? La voluntad, el trabajo, la entrega, el entusiasmo, la pasión. Herramientas. Aliados. Peldaños de la escalera que te conducen a ser tú mismo, fiel a tu esencia, sin menoscabo ni engaño, sin subterfugios ni trampas que serenen tu cabeza. El poder lo detenta tu alma inquieta, las ganas de soñar y hacer realidad la certeza forjada en las entrañas como una explosión radiante de ondas superpuestas.

Conozco a tantos que lo lograron… y a otros tantos, más, que esconden la cabeza enturbiados por la certeza de masacrar sueños indolente perdidos en la pelea que disputaron contra sus propias ideas, enemigos de ellos mismos, deslizándose por la pendiente inconclusa, labores deshechas en torpes designios de olvido, látigos fustigando las carencias por no haber sido capaces de desarrollar sus quimeras.

Quién o qué designio condena a trepar hasta la cúspide o desfallecer en la senda. Ni culpables ni vencidos, cada cual haciendo lo que mejor entienda. Dueños de sus vidas y sus haciendas. Desplegados en arboladura de viento al impulso de sus velas.

Ni vencedores ni vencidos, supervivientes de la contienda.