martes, 16 de junio de 2015

Carta a una desconocida



Te lo habría dicho de haber tenido la oportunidad. Tú no me habrías creído en tu estado perfecto de mujer enamorada. Si hubiera existido la posibilidad habría hablado contigo para advertirte del futuro que te esperaba. Tan cierto como el sol que sale cada día. Te habría dicho, él te va a abandonar. Partirá sin girar la cabeza cuando la llamada de la sangre entone su canción. Vuestro futuro está sentenciado. Tiene fecha de cierre.

Me habrías mirado con gesto displicente desde tus veinte años menos. Segura desde tu atalaya de hembra vistosa.

-¿Qué sabrás tú? Él me ama. -Y te habrías alejado taconeando tu desprecio a la torpe mujer que no supo retenerle.

Habría tratado de contarte, por solidaridad, que la historia se repite. Ponerte en antecedentes. Decirte que sólo eras el medio para conseguir un fin concreto y elaborado. Tatuado en el mapa de su piel. 

Él nunca ha perdido de vista la meta. Obcecado y constante ha escarbado el túnel que le lleva al otro lado. En su camino ha utilizado todas las armas. Permitidas o no. Con engaños y subterfugios más o menos brillantes. Efectivo y letal. Comediante embaucador. Terco. Tenaz. Que tú eres otro escalón, una playa más donde fondear su barco a refugio de tormentas. Una escala para coger fuerzas, avituallamiento y solaz en espera de la tierra prometida. Aquella en la que le aguardan los que él realmente quiere. Tú no eres nadie.

No habrías sabido entender el mensaje. La complicidad entre iguales. El intento de alertarte, para que jugaras el juego conociendo las reglas. Sin implicar emociones. Que estuvieras preparada para el punto final escrito en el horizonte. 

Lo habría hecho de corazón, como una hermana que avisa a su hermana. Para ahorrarte sufrimiento.

No pudo ser. La vida cerró el círculo del engaño. Enredada en su cuello le viste partir. Fiel a sí mismo. Sin contar los desvelos que deja a sus espaldas, ni los sueños rotos, ni el desconsuelo que abre sus compuertas de llanto y soledad.

Todo ha sucedido como el oráculo predijo, certero, concluyente. No te lo pude decir. No te conocía. Quizás alguien me dijo tu nombre, tu edad, algún rasgo de tu cuerpo, de tu pelo... Tampoco me habrías creído. 

Ya no importa, formamos parte del mismo cortejo y pienso en ti, en esta noche sin sueño, en la que tu rabia se une al dolor de no tenerlo.

Descansa, el dolor y la rabia pasan, la vida prosigue inmutable su camino, huyen las sombras, y mañana, de nuevo, el sol, en parábola de luz, andará por el cielo.