jueves, 28 de agosto de 2014

Líbero


Se acostumbró a dirigir su vida, como a un barco, capitán y grumete, vela y remo, bitácora y resina. Orientando la brújula hacia el Norte puso rumbo hacia su isla y danza al compás del agua cantando su sinfonía. Dueño de todo y de nada, arriba a cualquier orilla, inflama en hogueras la noche y cubre con velos el día.

Come cuando tiene hambre, duerme cuando lo precisa, se detiene cuando está cansado, y si tiene fuerzas no se para a contar las millas. Despojado de relojes marca su propio tiempo que ensortija a su medida, decide cuando entra y sale, si vela o duerme, si muere o germina.

La libertad, compañera de sus noche y sus días, llegó sin mandarle aviso, arrancó los arbustos del miedo, desbrozó cobardías, arrinconó obstáculos y, desprevenida de avisos, hizo un hueco a su lado, marcó el terreno, echó raíces de valor y orgullo, de calma y osadía.

Desde entonces comparten estancias, pensamientos, amaneceres, desidias.

Anclados en la ensenada, contemplan desde el castillo de proa el transcurrir de la vida, dejando que el viento meza en soledad, la libertad compartida. 



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