viernes, 22 de septiembre de 2017

El desgaste de los años




Me sorprende ver el apego-desapego-dependencia de muchas de las parejas de mayores que se cruzan en mi camino diario. Tienen por necesidad que ir juntos y sin embargo se ignoran, con el gesto, la mirada, la palabra... El sentido de posesión que manifiestan el uno con el otro, innegable. La hartura tras años y años de convivencia, también.

Cuesta imaginarse, al varón cansado que con el desánimo pintado en la cara atraviesa desiertos de soledad compartida, cuando era un mozalbete aguerrido, conquistador, pinturero, recurriendo a mil argucias para derribar el castillo de su resistencia y acceder a los placeres sublimes de la carne.

¿Todo se reduce a eso? -Me pregunto. ¿A seguir el impulso irrefrenable de perpetuar la especie sembrando en la hembra la fértil semilla de sus ardores? ¿A continuar el camino que marca inexorable la naturaleza y una vez concluida la tarea entrar en la etapa de la espera? Espera de la caída del imperio de los sentidos que se adormecen en el dulce lecho del estómago satisfecho y el confort adquirido.

Se acompañan, cofrades de la procesión del silencio ungidos los labios por el descontento. Día a día, hora a hora transgreden, mutilan el mito de la esperanza que se desangra en el río del desconsuelo.

A veces toman conciencia de su decadencia en el atisbo lejano de lo que fueron. Un torbellino de fuego devorando las entrañas que apagaba su sed en el tórrido encuentro de sábanas revueltas, en la búsqueda urgente de los labios, en el regusto del sudor resbalando sobre el pecho, en el tacto extendido en busca del sexo, abierto en flor.

Entonces avientan el pensamiento, mutilan los recuerdos y ocultan su verdad mirando de soslayo hacia su compañero. No sea cosa que se dé cuenta y rompa el hechizo del pacto urdido sin papeles, sin palabras, del: "Somos felices" y, el "Cuánto nos queremos”.

Parejas rancias que pasean por la ciudad de cemento su inercia, su descontento, su hartura. Uno en pos del otro. Tan cerca. Tan lejos. Derriban con sus pliegues de amargura, el final feliz, del cuento.

En contraposición están los otros. 

Los que velan el sueño. Los que tienden la mano para bajar el peldañito de la acera. Los que brindan caricias. Los que miran con embeleso el brillo en los ojos sin ver las arrugas que ha dejado el paso del tiempo. Los que se conducen apoyados en el brazo por el río apresurado de la marea humana. Los que sonríen sin esfuerzo el chiste mil veces escuchado. Los que se dan las buenas noches con la seguridad del encuentro. Los que se bambolean en la misma cadencia ajustando sus pasos en un baile asincrónico de caderas yuxtapuestas. Los que se dicen -¿Estás bien?- y esperan, con el alma en vilo, que les llegue una respuesta afirmativa.

Tienen aún tantas cosas por compartir... No quieren que se acabe la aventura. Todavía no.

Compañeros por décadas de sacrificios,  alegrías,  dedicación, amores  y  penas ; de triunfos compartidos, de metas alcanzadas, de sueños y esperanzas, de confianza plena. 

Años de saberse juntos, años de sentirse cerca, con la infinita tranquilidad que da un “Buenos días” al abrir los ojos, y descubrir que la vida sigue latiendo en las venas. 

Salir a la calle y repartirse la acera en las mañanas de plata, cuando pasean el uno al lado del otro, meciéndose al compás de la dicha que corona una vida de pasión, fidelidad, cariño y entrega, que esta vez, sí,  hace realidad, el final feliz, de los cuentos de la abuela.   


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