miércoles, 18 de junio de 2014

Pilares de arena



No es bueno ser el único soporte o la pieza indispensable que apuntala la estabilidad, sentir como un lastre agónico la dependencia que martillea su constante desamparo, letanía cruel que desata y extiende inmisericorde en su propia debilidad la constante queja, la continua exigencia, catapultando desde el egoísmo la brutal demanda, el chantaje emocional.

La burda y efectiva trama extiende sus redes atrapando a pesar de su torpeza, sostén de la frágil presencia.

No se puede escapar cuando el único punto de apoyo reside en nuestros hombros, aun teniendo la certeza de que todos somos prescindibles, hay un lamento cerrado que aturde, controla y expande en su fragilidad su fuerza, anulando vidas y entornos, aplastando libertades ajenas.

Es un rompecabezas difícil de encajar, la fuerza reside en cada uno de nosotros, aun así necesitamos del contacto y el cariño. 

Somos individuos capaces e independientes, nadie nos puede dar lo que no tenemos.

Nos nutrimos de amor, alimento sustancial para un desarrollo emocional y vital armónico.

La utilización de un ser humano por otro ser humano lleva a la destrucción del individuo.

Somos un todo multiplicado en millones de millones de minúsculas células.

Nadie debería exigirnos más de lo que tenemos, en base a que somos lo único cercano, para poder desarrollar sus neuróticas patologías descargando sobre nuestra cabeza su frustración.

Cada uno de nosotros somos dueños de nuestro destino. 

Acertamos o erramos por nuestras propias decisiones y cada cual en comunión, nunca en imposición, forjamos nuestro camino.







domingo, 1 de junio de 2014

Transporte colectivo



Es éste un mundo hostil, extraño, donde cada cual extiende su coraza en un círculo protector, defensor de su intimidad que aparta proximidades.

La cercanía se impone cuando el espacio se acorta y achica las distancias, sorprende que al despojarnos de los miedos, perdidos los escrúpulos y el olfato, desterrados de la mente el rechazo y la prevención, nos dejamos invadir por el olor del cuerpo nuevo, del aliento ajeno, del calor cercano y amable que palpa con dedos intangibles húmedos y extensos nuestro cuerpo.

No hay posibilidad de huida, el cerco humano nos  abraza gigante de las sombras.

Perdida la identidad nos dejamos zarandear degustando el tiempo febril del delirio, mecidos en el baile asincrónico paladeamos, abiertas las esporas ancestrales, el mundo carnal y espeso que corrompe los sentidos.