domingo, 4 de mayo de 2014

Bella Durmiente

Llega el día en que sin saber cómo ni cuándo aunque volvemos la cabeza alrededor y el cerebro gira loco buscando un punto de amarre nada hay salvo nosotros mismos, nadie queda en nuestro entorno al cual acudir en demanda de ayuda, es imposible desempolvar el tiempo gozoso de la lágrima consolada, del pecho acogedor, del abrazo cierto, todo se ha deshecho en un fogonazo cegador agostando los días y las noches de seguridad confiada, de absoluto desconocimiento, de absoluta certidumbre.

Qué dulces los tiempos en que arrullada por tus cantos me mecías entre sueños, me colmabas de besos, me llevabas en tus brazos, nada más seguro que tu calma, tu firmeza, tu permanencia, foco de todas las alegrías consuelo de todas las penas.

Lejos de ti la tempestad arrecia sin cueva donde cobijarme sabiendo con absoluta certeza que ya nunca nadie más me cuidará igual que tú. Nunca nadie antepondrá mi seguridad a la suya, mi felicidad a la propia o escuchará mis quejas con la sonrisa abierta, nadie mamá, nadie me querrá como tú. ¡Qué desperdicio el tiempo malgastado teniéndote cerca! ¡Qué vida absurda que rompe presencias! ¡Maldita! ¡Maldita vida atroz que destierra sonrisas!

Desperté de un mal sueño con el tesoro incombustible de tu alma prendida en mí, tus manos, caricia permanente en los días aciagos, tu existencia creando luz entre tinieblas, tu permanente amor, y otra vez tu entrega....tu entrega, tu generosidad, tu fe en mí.  ¿Dónde está? ¿Dónde se ha ido el tiempo de la seguridad y la fuerza? Muero de angustia entre soles refulgentes, me inunda la congoja ¡por Dios! ¡Qué pena! No tengo a quién contárselo nadie escucha mi queja, rebotan las lágrimas sobre el teclado desnudo, el aire abrasa los pulmones, la oquedad sin fin de la cabeza deshace con hilos torpes la angustia, la aceptación, el dolor...

La verdad es ésta, es así, todo lo demás son ensoñaciones torpes de niña pequeña que busca las faldas de su madre para refugiarse en ellas, que avienta el aire olfateando su olor y busca sus manos para agarrar su esencia. 


Tu calma es mi calma, tu seguridad mi fuerza, tu valentía mi adalid, tu coraje mi bandera. Abro mi pecho a tu espíritu y dejo que me posea, y tú, presta, acudes, entras hasta lo más hondo y acunas mi esencia, aquí estás, en mi mente, en mis manos, en mi cuello, en mi lengua, en mis labios, en mi paciencia, en mi valentía en mi dulzura, en mi resignación en mi fortaleza, ... 

Aquí estás mamá, conmigo, solamente por conocerte ha merecido la pena vivir. ¡Sí mamá, por ser tu hija, vivir, ha merecido la pena!