domingo, 28 de julio de 2013

De obras



La casa contagiada de polvo y cemento se vuelve anárquica y en una mueca lasciva deshace el orden calculado, paso a paso transforma su esencia y se entrega juguetona dejando a un lado el adquirido rosario de rutinas, las comidas a su hora, un día para cada cosa, los jueves la plancha, los viernes la aspiradora.



Despierta al cáos zumbón y se revuelca como un niño por el barro, tiembla y se regocija en un desparrame libertario, saltan las ballenas del ajustado corsé, el mórbido cuerpo se expande en una marea de objetos que ocupan en oleadas haciéndose dueña de cada una de las tórridas estancias.

Al comienzo ajena al gran maremágnum una isla subsistía incólume, hoy rendida al zafarrancho ha abierto sus puertas y campan a sus anchas los bultos desbaratados, las moléculas de polvo esparcen su nieve gris por muebles y estantes por paredes y rincones, la ropa diseminada se descuelga en improvisados percheros meciéndose lánguida.

No hay escape, toda ella ha entrado en el juego del barullo delirante, el último reducto ha entregado sus banderas ante el ataque imparable de las huestes de la casa  que disoluta y festiva lanza las piernas al aire.







miércoles, 10 de julio de 2013

Malaquías Melquiades

                                                                                                                    

   Un día descubrió que el mareo continuo no es el estado natural de los seres humanos. No, aquel vértigo permanente, la falta de aire, la sensación de ingravidez que forma parte de su estar en la vida, es pura ansiedad, ansiedad por vivir. Vivir, un esfuerzo continuo que le pone al límite de sus fuerzas.

       No recuerda desde cuando este estado forma parte de él ni en qué momento fue consciente de su incómodo aunque chisposo compañero. Al fin es como si estuviera constantemente embriagado, es decir, que ese cierto mareo semejante a la euforia sin excesos que presta el alcohol él lo tiene permanente y de forma gratuita.

       La sensación de ingravidez que buscan experimentar los osados que se aventuran a paseos siderales, o  el vértigo que se apodera de los que se lanzan penduleando colgados de una goma cientos de metros por encima del suelo rebotando como un yo- yo gigante, él lo disfruta sin riesgos, al menos, si alguna vez cae en una pérdida de conciencia la distancia hasta el suelo es mucho más corta y por lo tanto el porrazo, en teoría, más leve. También disfruta de la semiinconsciencia  aportada por la falta de oxígeno ya que no respira a pleno pulmón como debiera y por lo tanto el cerebro se vuelve perezoso y juguetón, relativizando todo aquello que acontece a su alrededor por muy importante que pudiera parecerle en otro momento más lúcido, en el que los mareos compañeros dejan paso a una clarividencia que raya en lo obsceno.

       Malaquías Melquiades pasa sus días con una media sonrisa aleteando en la cara, angulosa sin exceso, adornada por un par de mofletes casi regorditos que le dan una apariencia beatífica, los ojos de un azul desvaído redondos y asombrados escudriñan mansamente con la peculiar mirada melancólica que le dan sus permanentes vahídos. El pelo ralo y descolorido le cae  sobre el rostro en mechones sin gracia que él mismo trata de recortar con las tijeras  de media punta  guardadas en exclusiva a tal efecto en el cajón del aparador que otrora fuera preciada posesión de su muy amada madre, Dios la tenga en su Gloria.

        A su gran devoción por el profeta debe su primer nombre unido a su procedencia, a punto estuvo de ponerle Patricio, pero el hecho de que ya hubiera muchos en la familia le hizo decantarse por un nombre más original ya que estaba segura de que su hijo era un escogido, el mensajero de Dios, significado del nombre de Malaquías, le iba como anillo al dedo según ella, aunque más que un enviado de Dios Malaquías parece por su corta estatura y su cuerpo blando y rechoncho un duendecillo emigrado de tierras irlandesas, los brazos cortos sujetan las manos regordetas que casi siempre penden de los hombros sin encontrar lugar que le sirvan de acomodo, dejándolas por lo tanto bailar a su aire según el cuerpo se mueve.

       Completa la estampa su extravagante traje de cuadros verde y gris que solamente sustituye el día de su cumpleaños  por el granate con pintas marrones que heredó de su padre, y que guarda cuidadosamente para tal ocasión. ¡Qué mejor manera de celebrar su venida al mundo que portando el traje de su muy añorado padre!

        Sí, Malaquías Melquiades fue un niño muy querido, todavía saborea el tiempo lejano en que le subían a caballito mientras giraban a toda velocidad  en un juego familiar que casi está seguro es el origen de su permanente vértigo en la vida. De ahí su miedo a caer cuando deambula por las calles, sea de noche o de día, tempranito en la mañana cuando sale ligero bamboleando el cuerpo camino de cualquier parte, o en las tardes, ya anochecido, cuando la ciudad se cuaja de luces cual luciérnagas perezosas que despiertan por etapas.

       A pesar de su vida funámbula, por eso de estar siempre como colgado de un alambre, Malaquías es feliz, disfruta enormemente de los acontecimientos que transcurren en su entorno, observador permanente del acontecer del barrio él más que nadie sabe de las historias que desgrana la vida a su alrededor.

       Después de los diez minutos de cabeceo en el sofá necesarios para su puesta en marcha, Malaquías ha salido camino del banco situado estratégicamente frente al parque al resguardo de la brisa serrana que baja de vez en cuando acuchillada por el callejón estrecho que desemboca en la plaza. Éste es el banco de invierno, en verano se resguarda del sol bajo la sombra espesa y fresca que le ofrece el viejo fresno compañero de estares, como él mudo y estático, cimbreando las ramas cuando alguna brisa generosa mueve a la vez hojas y cabello, entonces Malaquías sonríe, levanta la cara y deja que el vientecillo le mande el pelo en la dirección que decida, como un niño chico que se deja acariciar por la mano de su madre.

       En primavera y otoño según resulte el año, escoge indistintamente uno u otro, incluso los alterna en función de lo que escucha en las predicciones del parte meteorológico, curiosamente sólo utiliza esta información para saber qué banco va a ocupar esa tarde porque la ropa no la cambia, salvo la bufanda de rayas amarillas y negras que se enrosca al cuello cuando el frío arrecia.

       Además de esto Malaquías tiene otro gran vicio, leer, lee todo lo que cae en su mano sin discriminación alguna, tan solo está fuera de su alcance aquello que tiene que pagar, no porque sea miserable, sino porque su exigua renta le da escasamente para subsistir, de ahí su permanencia en los bancos callejeros en lugar del cómodo sillón al resguardo de las intempestades del tiempo en la cafetería cercana de la cual y a según qué horas le llega el oloroso tufillo a café y pan tostado. Aun así su buen carácter le hace disfrutar como ya sabemos por ser el guardián de los secretos del barrio, permanente vigía receptor de acontecimientos que atesora en su cabeza junto con las otras historias que absorbe como un secante de las páginas impresas.

       Esta mañana se siente más que feliz, está radiante disfrutando del cálido solecillo retozón que el mes de Marzo le ofrece como un regalo cargado de promesas del buen tiempo que se acerca, completa su dicha el hecho de que hoy, no sabe muy bien por qué razón, su mareo crónico se ha atemperado de tal manera que percibe el mundo que le rodea con una claridad casi diáfana, sin bruma ni bamboleo alguno, por lo que se dispone a comer placenteramente en el restaurante familiar en el cual le sirven un primer plato generoso con su buen vaso de vino y el postre que él prefiera incluido en el menú por 4,50, precio que puede pagar sin menoscabo de su estabilidad monetaria y que junto con las galletas de media tarde y el yogur de la noche rematan su dieta diaria, eso sí, complementado con un buen tazón de leche caliente migada de pan para desayuno.

       Además hoy ha encontrado en los libros que algún donante generoso suele dejar sobre el contenedor de papel o encima de una de las muchas papeleras de las calles por donde pasa todos los días un ejemplar extraordinario, cuando lo ha visto, como ya hemos dicho hoy ve todo mucho más claro, se ha dirigido hacia él lo más rápido que ha podido por miedo a que alguien se le adelante atraído por el original formato que tanto le ha llamado la atención. Cuando está a su alcance coge el libro casi acariciándolo, deleitándose en el tacto peculiar que parece responder a la presión de sus dedos.

       Ciertamente tiene un buen tamaño –se dice.  El color tierra y ocre del dibujo de la portada le hace remontar muy lejos en el tiempo, cuando apenas era un mozalbete que salpicaba de saltos las calles en busca del campo abierto que rodeaba su ciudad, un campo ocre y marrón con reflejos dorados casi idéntico al del libro.

       Con mucho cuidado lo pone debajo de su brazo sujetándolo con firmeza, se dirige al banco y se sienta situándose de espaldas al sol que lame su espinazo dejándole una sensación de caliente cosquilleo sobre los huesos y se queda absorto contemplando su hallazgo, saboreando de antemano lo que sus páginas  puedan ofrecerle. Posa la mano sobre la dura portada deleitándose todavía por el buen recibimiento que el libro le ofrece, una respuesta casi viva y con un movimiento exquisito, lo abre.

       La expresión de Malaquías es todo un poema, si la gente que pasa indiferente hacia uno y otro lado de la acera le prestara un poco de atención, se quedarían asombrados viendo el gesto incrédulo y estupefacto de boca abierta y ojos como platos mientras acerca y aleja el libro en un intento vano por descifrar su contenido. Y tan en vano es la cosa porque la página está absolutamente en blanco y la siguiente y la siguiente y la otra. Cuando Malaquías pasa despacio, despacio, una tras otra las hojas,  para que no se le vuelen las palabras, descubre que ni una sola de ellas tiene tan siquiera un signo de puntuación, un dibujo, algo que le indique el camino a seguir para descifrar el contenido que está completamente seguro, permanece escondido dentro del volumen.

       Con el ceño fruncido gira el libro de uno a otro lado, lo agita cogiéndolo con  cuidado para que no se vaya a desencuadernar, lo pone del derecho y del revés, lo abre y cierra de golpe a ver si de esta manera sorprende a las palabras  y ¡nada! Todo esfuerzo es infructuoso, el libro sigue desafiante mostrando sus hojas en blanco.

       -No quieres eh, pues nada, me doy por vencido, ahí te quedas ingrato –dice depositando el libro sobre el banco.

       A continuación se incorpora con aire digno y marcha decidido hacía el restaurante, tanto ajetreo le ha dado hambre y por una vez excepcionalmente decide cambiar su yogurt espartano por alguno de los platos apetitosos que ofertan en el menú de noche, no sin antes volver varias veces la cabeza para comprobar si todavía continua el libro encima del banco.

       Mientras come observa con ojillos atentos y oreja abierta cuanto sucede a su alrededor sin dejar de pensar en el libro abandonado.

       -Siempre hay una razón para todo hijo, nada ocurre por casualidad.

       Era lo que le repetía su madre hasta la saciedad y Malaquías Melquiades sabe por experiencia propia que su madre tenía razón.

       Cuando termina las patatas guisadas con carne que le han servido escoge para postre arroz con leche su postre favorito, caldosito y dulce como a él le gusta, con su rama de canela y su cascarita de limón naufragando en la pasta blanca.

       Con el estómago lleno y más reconfortado se le enciende la bombilla de golpe.

       –Ya sé por qué no hay nada escrito en tus hojas-   Se dice golpeando con los dedos extendidos la frente y sacudiendo la mano abierta al aire, es tan sencillo que no sabe cómo no se ha dado cuenta antes.

       -Simplemente no es un libro, todavía no. Estaré tonto…

       En la mesa de enfrente la señora del perrito que siempre anda sola agita la mano en el aire en contestación espontánea a lo que ella cree que es un saludo, para inmediatamente mirar hacia el infinito con ademán honorable escondiendo su azoramiento. Malaquías ni se ha percatado del gesto, absorto como está en su descubrimiento, ya sabe el porqué de las páginas en blanco, es una llamada, una oferta del destino, están en blanco para que alguien las escriba.

       Ahora sí que se alborota, paga y echa a andar lo más rápido que puede, que es poco, porque como ya sabemos Malaquías más que andar parece que se desliza con sus pasitos cortos que le asemejarían a una pelota, si no fuera por el cabeceo pendular que ejecuta cuando intenta dar demasiado impulso a su cuerpo.

       -¿Estará todavía en el banco o se lo habrán llevado? –    Se pregunta resoplando por el esfuerzo, menos mal que el mareo continúa sin aparecer y esto le permite dirigirse sin zigzagueos ni inseguridades directo al banco.

       Qué gran alivio experimenta al verlo depositado en el mismo sitio que lo dejó. Dando un gran suspiro extiende sus manos regordetas que hacen presa del libro, de nuevo muestra la media sonrisa que se había esfumado durante el esfuerzo y meneando la cabeza en un gesto de asentimiento abraza su libro y se marcha sin perder un segundo derechito a casa.

       Tiene tanto que contar a estas páginas blancas…
                 


miércoles, 3 de julio de 2013

Tu mantilla

Si supieras que aún conservo la mantilla, aquella que un ocho de Julio de hace muchos años me ofreciste esperanzado envuelta en papel de seda, la cara casi iluminada por una sonrisa tímida, la mano dubitativa, temblorosa, me ofreció el presente comprado con amor, no hay duda, ahora lo veo con claridad, entonces, inconsciente, absurda, cruel desenvolví el paquete entre risas y con un mohín irónico de medio enfado te pregunte -¿Y esto tan largo qué es?- Tú un poco picado me respondiste muy serio -“Una mantilla para llevarte a los toros”-.

Yo todavía me quedé más fuera de juego -¿Una mantilla para ir a los toros? -Sí, el año que viene te regalo la peineta- me dijiste con orgullo y una miajita de vanidad posesiva. Ya no supe qué decir salvo darte las gracias al mismo tiempo que depositaba un beso liviano como el aleteo de una mariposa sobre tu mejilla redonda y sonrosada, tú me sonreíste con ese aire angelical que siempre te acompañaba.



Era mi primera fiesta de cumpleaños sin padres, independiente, con amigos ¡incluidos los chicos! eso sí mis hermanos también estaban en el lote, no sé por qué extraña razón ese hecho tranquilizaba a mis padres, no podían imaginar que mis mayores cómplices y mejores maestros en el arte de la vida en todos los terrenos eran mis supuestos guardianes.

Por primera vez organizaba un guateque estrenando catorce maravillosos años llenos de promesas y esperanzas, el aire caliente del Julio madrileño revolaba sobre las terrazas danzando con las sábanas blancas tendidas al sol, del Retiro llegaba olor a parque y agua, a barquillos y desgana, a paseo y tierra recién regada, de vez en cuando se escuchaba el rugido de un león clamando por su tierra africana que en la caída de la tarde tenía el acento doliente y melancólico de la añoranza, aullido casi llanto  que ponía un escalofrío en la piel.

No sé por qué me has entrado hoy derechito al desliar la mantilla que he conservado a través de años, mudanzas, cambios de casas, más de quince, en las cuales he ido desprendiéndome de prácticamente todo lo prescindible y más, tu mantilla sin embargo la he guardado envuelta en el papel de seda, cuando la veo aun escucho tu queja -Es una mantilla bordada a mano y el año que viene te regalo la peineta para llevarte a los toros- No tuviste la oportunidad, en la fiesta rehuí tu presencia sin darme cuenta, había chicos mayores mucho más interesantes que acapararon mi atención y yo disfrutaba bailando al son de la música con los ojos puestos en las estrellas.

No salí más contigo ni coincidimos en más fiestas, apenas te conocía, eras el amigo del hermano de una amiga, ella de cuando en cuando me decía que le preguntabas por mí y yo te mandaba recuerdos, quizás un día me llamaste y no estaba en casa, o no me dieron el recado o dejaste de hacerlo hasta que tu presencia se fue diluyendo con el tiempo.

Un día de Septiembre en un cineclub del barrio ponían el Acorazado Potenkim, por entonces no me perdía una y el Acorazado mucho menos, la sala estaba atestada, casi no podíamos movernos, me acerqué escurriéndome entre la gente hasta el chaval que controlaba la entrada, le di con seguridad mi carnet de cine-clubista, a pesar de no tener la edad, por mi estatura y expresión pasaba por mayor sin ningún problema, el recinto estaba bastante oscuro, separé con la mano la gruesa cortina de entrada al mismo tiempo que un muchacho rubio alto y fuerte la sujetaba para dejarme pasar, cuando le miré a la cara para darle las gracias te reconocí en la ternura del semblante y en la media sonrisa tímida que me dedicaste junto al –Hola no me recuerdas?- Buceé en tu mirada para hallarte, el resto era tan distinto, el color platino del pelo, la envergadura del cuerpo los ademanes tiernos y femeninos, me diste dos besos, me buscaste uno de los mejores asientos y te alejaste contoneándote por el pasillo hasta perderte en la marejadilla de expectantes cinéfilos. A la salida ya no estabas.

 Hoy envuelta en la mantilla me ha llegado nítida tu memoria, tu amor, tu ternura, nuestro desconcierto, con tu rostro han desfilado ante mí aquellos que me quisieron y yo no quise, aquellos que quizás desprecié o herí sin ser consciente de ello, los que me buscaron sin encontrarme, a los que alenté sin saberlo, fieles amores desgajados del telar de los besos para todos vosotros va hoy mi homenaje y mi recuerdo junto con la súplica de perdón porque no pude, aún a mi pesar, quereros.