miércoles, 20 de marzo de 2013

La invasión








Una invasión soterrada, latente, avanza imparable atropellando barreras espacios y tiempos. Inunda los sentidos, alborota los pulsos, rellena espacios  desocupados desde el último invierno, en espera del milagro.





Descubrimiento



¡Qué curioso! Resulta que al final del largo camino, tras vueltas y revueltas, estoy dónde cómo y con quién quiero estar, el posible, probable camino quedó atrás, o quizás, tan solo es una percepción unilateral, uniespacial.


Soy consciente de que los ansiados y distintos puntos de arranque son en realidad el mismo entronque expandido, nuestra potencialidad alternativa manejada con destreza buscando el máximo de posibilidades dentro de la estructura permeable del aquí, el quizás, el fue y el será. Envolvente lazo de unión que decidimos extender, atesorando dificultades, esfuerzos, vivencias, ayer y mañana.

Todo converge en el presente continuo, bucle que desarrolla su permanente línea conductora de identidad.

Al fin no existen caminos pre diseñados ni oportunidades únicas, cada segundo es la máxima oportunidad, la máxima potencia, la inmensa plataforma raíz de nuestras decisiones, catapulta de nuestros deseos, soporte único que nos lanza hacia dónde queremos ir.







Al sur de los tambores


En este momento en el que la brisa mece mi pelo y las estrellas titilan casi perdidas sobre el cielo, cuando la luz ilumina con furia el escenario que se recorta colorido contra el negro, en tanto la música resuena en los oídos y los rostros complacidos contemplan absortos, empapándose de las notas percutidas rítmicamente sobre los tambores, ahora y aquí, esto es lo que mis ojos perciben. Esto es todo lo que veo.



Al mismo tiempo soy consciente de que en la trepidante ciudad, en algún lugar, en este preciso instante, alguien muere y alguien alumbra una vida. Tras los muros de ladrillo hacen el amor con frenesí los amantes. En la pared, del otro lado, aquellos otros duermen. Hay madres que acunan y padres que mecen. En el metro y al descuido roban las carteras. Aterrizan y despegan aviones. Las parejas declaran su amor en la penumbra del parque y en  cualquier otro rincón se desatan los lazos del afecto. Alguien consuela al enfermo. Más allá se incineran cadáveres. En el descampado de la soledad los niños esnifan pegamento. Un hombre golpea hasta la muerte y las viejecitas dulces musitan sus rezos.

En los teatros, espectadores de vidas, se deleitan mansamente entre la voz y la risa. Los danzantes de la noche se mecen al son que les tocan. Los niños de los hospitales descansan y el largo día del dolor extiende su huella por las salas insomnes. Algún otro musita palabras de consuelo en el oído del moribundo. En los casinos giran las ruletas. Los traga perras lanzan su musiquilla pegajosa y monocorde al aire y las putas ofrecen su cuerpo con una sonrisa. Hay cantantes en las calles que vierten al aire su música huérfana, amalgama de sonidos que pierde la identidad mezclada entre ruidos. Deambulan grupos de jóvenes con botellas y los mendigos rehacen por una noche su cama trashumante. Cientos de perros tiran de las cadenas olisqueando las calles.

Por los túneles, los largos vagones se entrecruzan cual lombrices de color cargados de  miedo y hastío, vacuidad y angustia, esperanza y anhelos. Sórdidos personajes sombríos atraviesan la noche madrileña.

En un desfile monótono llegan grandes camiones para abastecer la ciudad que bulle como un  enjambre de abejas.

Mientras unos trabajan, otros duermen. Mientras unos viven, otros mueren.

En este preciso instante que vibra la ciudad, al sur de los tambores.




viernes, 8 de marzo de 2013

Paparruchas

       


-El amor…… ¡¡bah!! Paparruchas- Se dice. -Fuego en los ojos y desprecio absoluto hacia ese tonto sentimiento que manifiestan sentir la mayoría de los humanos y que esgrimen, como el mejor arma, henchidos de orgullo-. 

-Tanto hablar del amor ¿para qué? Tantos apelativos para definir única y exclusivamente la necesidad, la dependencia, la utilización del otro: ternura, ambrosía, suave terciopelo caliente, piel de seda, mejillas de nácar.

-El amor-. La palabra sale como un exabrupto de la boca torcida por el gesto de desprecio. 

   Hundido, solo, estático, se recuesta en el banco de madera dejando apenas posar la mirada sobre la vida que resuena en las copas de los árboles, en el murmullo del estanque, en el esplendor de la hierba cuajada de miles de gotas multicolores.

 Desde el fondo de la vereda alguien se acerca, silueta de luz que atesora toda la belleza expandida en armonía

 A su paso, la vida ¡canta!.

 Sobre el banco descansa el libro que ha dejado caer con desgana. Ella posa la mirada sobre el título, él, extiende al desgaire la pierna obstaculizando su paso. Le mira un instante y sortea con pasitos cortos el pie extendido cimbreando el cuerpo menudo con una sonrisa pícara en la cara.

Según se aleja, la luz se va con ella.

-¡¡Diantres!!-Lo único que desea es seguirla, descubrir quién es, estar con ella. El corazón late trastocado, se acerca, extiende la mano y roza su piel de seda.

-¡Dios! si esto es el amor. ¡Cuánta belleza!