martes, 22 de enero de 2013

La mirada de los espejos



        Buscaba en los espejos su identidad perdida que se desvanecía desteñida resbalando sobre el cristal disparatado y fortuito, sin luz, borroso, extraviada la semejanza en el rostro irreconocible que escruta rebotando desde el azogue azul.

Torpe reflejo que se escurre hurtando el cuerpo a la mirada. La mirada desconocida que atraviesa el espacio donde no está, donde no es.

Quizás, algo lejano en el gesto le recuerde.... apenas un guiño escondido en el danzar de las manos, en el baile del pelo que escapa a lomos del movimiento suspendido un momento en el aire; desvirtuado después por el tono pajizo del cabello.

Se desconoce y se busca, una y otra vez, en el fondo reflejado de los ojos, que, desafiantes, mantienen el reto.

Es consciente del desamparo que se ha instalado a hurtadillas, subrepticiamente; aun así, levanta la barbilla desafiante, yergue el busto y escancia una copa de vino que tiñe de rojo el cristal. Absorta, contempla sin ver el balanceo del líquido que gira suave al compás de su mano. Da un pequeño sorbo y deja que el calor agradable y amigo se deslice por la garganta.

-Así está mejor – Se dice mientras sonríe al silencio.

La tarde ha dejado paso a la noche que enturbia los pensamientos. A pesar de todo, a pesar del tiempo transcurrido, la idea martillea sin descanso el entendimiento.

Un rayo de luz ilumina de golpe la estancia, sólo por un momento, el haz blanquecino se pierde en la oscuridad dejando la iridiscencia de los puntos rojos, que en breve, pasan a ser solo un recuerdo.

Entonces es cuando se da cuenta de que no ha encendido las luces. La estancia se desdibuja envuelta en penumbra,  apenas desvelada por la farola que desparrama su luz amarillenta en un abrazo furtivo sobre la habitación.

En la calle la lluvia arrecia y el ruido de las llantas sobre el pavimento húmedo resuena con más fuerza.

Es hora de partir.

Se sirve otra copa que apura casi de un trago chasquea la lengua y con gesto resuelto se impulsa, coge la maleta y atraviesa la puerta que la conduce irremediablemente a la certeza de lo inevitable; siempre ha sabido que un día dejaría atrás la cansina sensación de vileza que la envuelve, ese musgo viscoso que se ha pegado al paso de las horas y los días convirtiendo su vida en una torpe sucesión de acontecimientos encadenados, repetitivos, molestos, absurdos, hasta ser solamente una sombra, la sombra de su sombra que se alarga blandiendo su rabia en un lamento prisionero.

            De un manotazo aparta el mechón rebelde que le cae sobre la cara, se encaja el sombrero y cruza la calle decidida. Piensa –Ya está! Hecho.

Lo que deja atrás no importa, apenas ocupa un pequeño espacio de su cerebro, atrás quedan las horas turbias de un mal sueño. Frente a ella, la libertad tiende sus hilos al viento, puente de plata. Sus pasos resuenan firmes, los labios canturrean una canción que aletea por su garganta como un suspiro.

Un revuelo de pájaros alborotados atravesando su frente lo confirma, el tiempo de la vida ha llegado. La vida que sube a zarpazos por el pecho y estalla en carcajadas; levanta la cara al cielo y deja que la lluvia empape hasta el más hondo de sus pensamientos.

La figura con los brazos extendidos hacia arriba y las palmas abiertas se recorta contra los faros que rompen la noche. Recoge la maleta y con paso decidido sube al autobús. El rostro se refleja en el cristal, los ojos cómplices, testigos de la victoria sondean… allí está. ¡Ahora sí es ella!